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textos El nuevo funcionario
Rubén Mújica Vélez
La transformación era radical. Siempre locuaz, seguro de sí mismo, enfático. Ahora tartajeaba, tartamudeaba. La inseguridad le había inundado como río desbordado y casi adivinaba que al transmitirle su inseguridad le pedía que la compartiera. Todo lo que se comparte pesa menos, en ocasiones hasta el mal de amores. Pero ahora era la preocupación por una designación, su designación que le hacía acudir a su amigo y sus vivencias rurales. Le acababan de informar que le habían nombrado al frente de un importante fideicomiso donde habría de confrontar cotidianamente a un grupo con una clase social de la que él estaba tan distante como el cielo de la tierra. El, atildado, siempre acicalado y vestido a la moda y con ropa, zapatos, camisas, ¡hasta calzones! de firma, tenía que dirigir un fideicomiso que debía apoyar financieramente a los ejidatarios cañeros. Así, el asiduo visitante de lo más pipirisnice de la Zona Rosa, antes que subiera de tono y se convirtiera en lo que es, iba a dirigir importantes programas en un medio rijoso, difícil, broncudo. Era una gran oportunidad en el mundo burocrático que soñaba escalar, pero sentía difícil, tortuoso, sin un poderoso padrino que le respaldara. ¡Y ahora le había respaldado! Así que la toma de posesión se realizó entre nubes de ilusión y un numeroso grupo de burócratas que le quemaban incienso y otro, un círculo menor de amigos que no sólo incienso sino perfumes orientales para convencerle que el nombramiento estaba plenamente justificado gracias a su gran inteligencia y a esa enorme capacidad de diálogo que sería una garantía cotidiana con los campesinos, además de las altas cualidades que le adornaban, de su indiscutible seguridad en la toma de decisiones y bla, bla, bla... En su fuero interno él dudaba, pero se regodeaba con ese ambiente. Imperceptiblemente, aun los mejores amigos fueron cambiando y su actitud expectante, solícita hasta la zalamería, le rodearon, envolvieron, conquistándolo. ¡Ahora resultaba que sus notorias adiposidades eran producto de pequeños excesos que le adornaban, en lugar de afearle como es común! Ahora ya no era el gordo, sino ¡el gordito! y sus más trillados chistes eran festejados con exageradas carcajadas que hacían temblar el amplio ventanal de su cómoda oficina. Naturalmente, todo ese grupo pugnaba por estar en la nómina del fideicomiso y él era el jefe de jefes e indudablemente el chirindongo. Pero ese equipo de adulones amigos que el tiempo depuraría, eran como él, auténticos "zonarroseros". Pero ahora se le planteaba un dilema. Tenía que acudir a la primera reunión con ejidatarios cañeros michoacanos y enfrentar un mundo desconocido, maloliente, procaz, acostumbrado al paternalismo gubernamental que rayaba en la complicidad, en el despilfarro de recursos del país. Por eso tuvo que acudir a otro de sus amigos que desenfadado, claridoso y nada cortesano pese a su modesta posición económica, conocía ampliamente el mundo rural y se desenvolvía entre campesinos como pez en el agua. Tal vez lo incorporara a su equipo aunque no era del mismo corte, pero seguramente en honor a su amistad le ayudaría más que algunos de los "perfumaditos" que le rodeaban. Por eso le invitó, casi le hizo "manita de puerco" para que en la primera confrontación con ejidatarios le echara la mano, orientándolo en su trato. Obviamente el invitado sabía que lo necesitaba, pero ni modo ¡era su amigazo del alma y frustrado prospecto de compadre! Así se apersonó en su casa, para trasladarse y abordar un avión oficial que, en vuelo privado (¡of course!), les llevaría hasta las proximidades de los ingenios. La sorpresa fue grande cuando lo vio: elegantísimo conjunto color gris de alto costo, camisa que parecía de vaquero hollywoodense y botines que más que campiranos parecían remedo insultante de los que usan algunos campesinos ricos: -¿Cómo me veo? -La verdad, de la chingada. Pareces ni más ni menos que "jotito" de la Zonaja. -Ya no hay tiempo de cambiarme. Iremos en el avión que lleva a la señora del secretario y otras damas, aunque obviamente con diferente destino al nuestro. En el vuelo me irás pasando tips para cuando me tope con los ejidatarios cañeros. El vuelo estuvo salpicado de detalles simpáticos y entonces tuvo oportunidad de conocer a una dama que se comportaba de manera natural, sin afectaciones ni desplantes vanidosos y que ganó su simpatía. A los pocos minutos de despegar, ellos estaban en un rincón departiendo alegremente y contando chistes. Fueron interrumpidos por la dama en cuestión. -Prefiero estar con ustedes porque se ve que tienen muy buen ambiente. Figúrense que en el lugar donde me senté, a cada tirón de este aparato, el capitán se desvive porque no me suceda nada. Tuve que decirle sin más ni más: ¡mire capitán, si este pajarraco se cae, nos va a llevar la chingada a todos. Así que deje de cuidarme tanto que no soy de porcelana! Aterrizaron y en lugar de una práctica pick up, les esperaba un apantallante Grand Marquis. Llegaron al ingenio y un numeroso grupo de ejidatarios les rodeó del todo. En el viaje había prevenido puntualmente al nuevo funcionario: -Los ejidatarios cañeros no son precisamente los que trabajan la tierra. En esta industria los sufridos, los explotados, son los cortadores de caña, "los negros" y los trabajadores de fábrica. Los cortadores sufren los altibajos del precio del dulce y los trabajadores de la industria cotidianamente corren graves riesgos. Ya hubo el caso de un trabajador que se durmió y cayó junto con la caña: fue molido con ellas y apenas unos grumos rojizos denotaban que con el azúcar se revolvió la humanidad de un pobre. -Naturalmente, tiraron el azúcar contaminada... -¿Tiraron? ¿Crees que los dueños del ingenio van a perder el dinero de varias toneladas porque ahí quedó molido un jodido? El azúcar se vendió y a lo mejor te tragaste un pedazo de cristiano con tu cafecito en el restaurant zonarrosero que frecuentas. Volviendo a los ejidatarios: son duros de pelar, rasposos, respondones y en ocasiones groseros. Si te apendejas te comen vivo y se te montan y una vez dado el primer palo, estarías en sus manos. Muy abusado, de cuando en cuando échales una leperada y respóndeles firme, seguro de lo que dices y con la línea de trabajo que te dieron: el crédito es recuperable, tienen que pagarlo y no es a fondo perdido, como se acostumbraba antes. Así que no te me arrugues, porque con una vez que te midan, ya estás bien pelado. Tuvo que reconocer que pese a su bisoñez y natural nerviosismo, su amigo tenía empaque, tenía "patas para gallo" y además debía responder puntual y cabalmente a la confianza en el viejo político que lo había designado y que en una reunión sin mayores ambages le instruyó: -Mire bigotón. Tiene que ponerle mucho en este fideicomiso. Tiene que ser como el General Popo: ¡Mucha leche y muchos güevos! Acuérdese que usted no me va a salir con el domingo siete que no se pudo. Agénciese un buen grupo de trabajo y chicotéelo para que saquen el buey de la barranca. Con esa consigna y con los tips de su cuate, supuestamente esclarecido el pensamiento, el nuevo funcionario hizo acopio de seguridad y les endilgó a los cañeros un enjundioso "rollo". -Miren, compañeros. Me han encargado la responsabilidad de este fideicomiso y voy a cumplirla. Pero necesito que ustedes comprendan claramente cuáles son los criterios del gobierno federal. En primer lugar, quiero informarles que el tiempo que el crédito se regalaba se acabó. Ya no hay crédito a fondo perdido. Peso que se autorice como crédito, peso que debe pagarse. Ya se acabó la ubre de la vaca que no se agota. Le gustó el discurso del nuevo funcionario, aunque advirtió que a los cañeros no les hizo ninguna gracia, especialmente a Magañita, el líder que con su indispensable "chompa" al hombro parecía indefenso, intrascendente. Parecía incapaz de matar una mosca. Los rostros de los campesinos denotaban sorpresa porque indudablemente el gobierno federal les había cambiado "la pichada" de manera radical. El discurso siguió fluyendo congruente, didáctico. Pero de repente se aceleró y también la actitud de los campesinos. -¡Porque yo sé que ustedes luego se hacen tarugos. No pagan y esto ya no se va a permitir. Son chingaderas y ustedes son unos hijos de la chingada! Sintió que el piso se movía y que una frialdad de hielo había caído en el antes festivo ambiente. Miró alrededor y las caras de los campesinos se habían endurecido al máximo. En algunos advirtió un rasgo de contrariedad que en esa región no era signo tranquilizador. Magañita se atusaba el bigotillo nerviosamente y sus seguidores le veían con ojos de plato. Las dos personas que les habían recibido se miraban nerviosamente, ante un ambiente que se respiraba hostil. Comprendió que había que atenuar el "ramalazo". Le susurró al oído: -Bájale, bájale pinche "Bigotón" o estos cabrones nos van a poner pintos. Desde el grupo, anónima, una voz seca se escuchó: -¡T`a cabrón el licenciado! -mientras se generalizaba un gesto rabioso. Los bigotes tupidos se reblandecieron al comprender su metida de pata. ¡Se había ido hasta la cocina! Sin duda había sacudido negativamente a los ejidatarios. Ligeramente pálido vio en los ojos de su "manager" el mensaje de una acentuada inquietud. Estaban en la boca del lobo y el reto había cobrado carácter de insulto. El nuevo funcionario retomó el discurso y aludiendo a su franqueza espontánea trató de corregir. Las aguas parecieron tomar su cauce. Pero quedó un mal sabor de boca. El tiempo ratificaría las sospechas: Magaña era un "dedo fácil" y sin alterar su rostro mataba a quien se le pusiera enfrente. Las muescas de su pistola mostraban las almas que había mandado al cielo y para fortuna del joven funcionario, se hizo su amigo. Pero tuvo que reconocer que en cada ingenio topaba con grupos que aparentemente "alineados" con la política gubernamental tenían más vueltas y revueltas que un río joven y todos estaban prestos para usar el machete y no precisamente para cortar caña. Con el tiempo fue cobrando autoridad ante los cañeros y su franqueza le fue ganando bonos, pero no todo era fácil ante un grupo social acostumbrado a manejos extraños y relaciones torcidas. Tuvo que aprender bastante del viejo político que, matrero y sinuoso, le enseñó los gajes de un oficio, el de funcionario que no tiene libro dónde aprender ni botica donde surtir la receta. Recibió patadas en la espinilla, en el bofe y en los hígados y tuvo que reconocer que no era "un gordito", sino un gordo más que perdía figura como cualquier hijo de vecina en situaciones complicadas y que necesitaba, para salir adelante en su encargo, de sensatez más que de aduladores, de críticos más que de cortesanos y que con el tiempo pudo constatar que la cauda de amiguitas, aplaudidores y hombres-alfombra, eran y son, sin duda, una "fauna de acompañamiento" de todo funcionario al que queman incienso sin pensar que terminan, como al ídolo, por tiznarlo y que solamente reaccionan con signos de admiración, amistad (¡ !) y cortesanía, "por supuesto" Rubén Mújica Vélez fue delegado de la Procuraduría Agraria en varios estados de la República. |
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