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por los caminos de sancho

La sociedad estaba harta
Zedillo ha sido jefe de Estado, antes que priista

Renward García Medrano

Yo, señores, siento que me voy
muriendo a toda prisa: déjense burlas aparte,
y tráiganme un confesor que me confiese y
un escribano que haga mi testamento.

"El presidente tenía mayor
simpatía por Labastida"
Foto: Octavio Nava/Ave

Yo hubiera querido que Francisco Labastida hubiese ganado la elección presidencial o, para ser más preciso, que no fuera Vicente Fox el triunfador. Pero debo decirle, licenciado Emilio Gamboa, que no creo que el país haya perdido con la derrota -que también ocurrió- del equipo de campaña del priista. Un grupo que, hasta donde se puede apreciar desde la óptica de un simple ciudadano, se enfrascó desde el primer día en una guerra interna de exterminio por un pastel que nunca existió. Creo que es un final justo para una de las partes más negativas de la alta burocracia política, de la que usted es miembro conspicuo.

Supongo que con un equipo de campaña menos ambicioso y más profesional y con un partido menos desgastado, Labastida habría tenido más votos y quizá hasta hubiera triunfado. Pero no creo que su derrota, que marca el final de lo que fue el priismo desde 1929, haya obedecido en lo fundamental a los errores de ustedes -como esa falacia del "viejo" y el "nuevo" PRI, que acabó siendo un harakiri-, a la personalidad del candidato, a las deficiencias del aparato ni a la "sana distancia" del Presidente.

La derrota, hoy lo sabemos con absoluta certeza, obedeció al hartazgo de la sociedad con una clase política decadente, soberbia y onanista, que nunca formó un auténtico partido. Muy pronto dejó de ser "revolucionaria" y fue más escaladora y ambiciosa que "institucional".

El presidente Ernesto Zedillo fue muy congruente con su proyecto democrático al reconocer el triunfo de Vicente Fox y expresar su mejor disposición para que la transmisión de la administración pública y del poder sea ordenada, fluida y civilizada. El no engañó al PRI con la "sana distancia" y su posición fue muy clara en el proceso de negociación para la reforma electoral. Nada de esto le gustó a la mayoría de los priistas y no son pocos quienes hoy le atribuyen la derrota. Pero Zedillo fue jefe de Estado y de gobierno antes que priista, no sólo porque así se lo ordena la Constitución, sino porque era necesario para que arraigara su proyecto democrático.

No creo que para usted sea doloroso, pero para la mayor parte de sus compañeros de partido es trágico el cambio operado en los últimos años y que está culminando con la crisis del PRI. Ellos, los priistas, han perdido el eje que le dio congruencia a su organización desde que la creó Plutarco Elías Calles hasta el 1 de julio: la disciplina, o quizá deba decir, la obediencia, a la voluntad del Presidente de la República.

Ellos ahora no saben qué hacer, pues se extinguió abruptamente la fuente de la cual emanaba su unidad y su seguridad. Si usted no ha leído La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, le recomiendo que lo haga ahora que tendrá mucho tiempo libre, pues encontrará una espléndida radiografía del masoquismo extremo al que llega el hombre sometido; de su necesidad de abyección, de su dependencia perruna del poder, más aún si es autoritario. Si algo le reprochan los priistas al Presidente es que haya tratado de darles libertad, quizá limitada y a lo mejor selectiva, pero alguna libertad al menos.

En la elección interna del candidato presidencial, licenciado, los priistas que votaron por Labastida lo hicieron, en su mayor parte, porque creyeron que él era el candidato del Presidente y que la elección no era más que una cobertura para el "dedazo". Creo también que de los cuatro precandidatos, el Presidente tenía mayor simpatía por Labastida, pero eso no reducía el riesgo de la elección interna. Creo también que la maquinaria priista operó en favor de Labastida, no sé si por disciplina o por intuición, pero eso tampoco abatía el riesgo.

Las fuerzas que apoyaron a Madrazo, por su parte, no lo hicieron por vocación democrática sino porque vieron en él al candidato de los grupos tradicionales de poder dentro del PRI, al que de llegar a Presidente, cerraría la "sana distancia" y volvería a los buenos viejos tiempos de la "línea".

Ni unos ni otros aprovecharon la oportunidad de la democracia, y creo que no lo hicieron porque no está en su naturaleza; porque como organización política el PRI no fue creado para eso sino para la reproducción del poder y su traslado pacífico.

La crisis de la derrota le da a lo que queda del PRI la oportunidad de renacer o nacer. Lo conseguirá si logra discernir la forma de conciliar la globalización con los principios de justicia social y soberanía nacional, y traducir eso a un proyecto político en el cual no pretenda que quepan todos, sino una parte, la parte que le dará sentido y vitalidad al partido.

Si en vez de eso el PRI se recompone con la suma de fuerzas de 20 gobernadores y sin más proyecto que volver por sus fueros, creo que acabará por desintegrarse. Veremos

Renward García Medrano es periodista.

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