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Fox, en medio de algodones
Maribel Ramírez Coronel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los límites del presidente Fox

Ricardo Becerra

Foto: Contraluz

Vicente Fox es el presidente electo de México. No será cualquier presidente, y no sólo porque es el primero que no proviene de la familia revolucionaria. Es también el primero que emerge y triunfa en un proceso incuestionablemente democrático -sin impugnación de ninguno de sus contendientes-, pero, sobre todo, es el primero que gobernará en condiciones democráticas, es decir, en un contexto de reparto y división efectiva del poder.

Vicente Fox será un presidente acotado: cuando tome posesión gobernará con 22 gobernadores de partidos distintos al PAN; contará con 223 diputados de su alianza, pero eso no alcanzará para ejercer una mayoría en la Cámara baja. Si todos los partidos chicos emigraran hacia Fox, ni aun así alcanzaría para forjar la mayoría absoluta. La Cámara de Senadores no será para él una válvula de seguridad: 77 escaños pertenecen a la oposición priista y perredista, contra 51 de PAN y PVEM (Zedillo tuvo en el Senado una herramienta de contención que Fox ya no tendrá).

El país que gobernará Fox no es el de un tronco mayoritario, sino el de mayorías minoritarias, es decir, mayorías superables por alianzas o bloques de la oposición. La suma de los votos y de los legisladores de la oposición es una mayoría absoluta sobre el gobierno triunfante. Por si fuera poco, el gobierno de Fox se las tendrá que ver con otro poder en expansión, consolidado y no regulado: la prensa y los medios electrónicos. No importa lo que haga Vicente Fox: envueltos en su propia lógica de mercado y de prestigio, los medios necesitan criticar; necesitan posicionarse frente al poder; necesitan no parecer aliados sino alertas difusores de los errores gubernamentales.

Pero hay más: el nuevo Presidente tendrá que convivir con una Junta de Gobierno del Banco de México, proveniente de otra era política, y que sólo podrá cambiar de manera escalonada. Las políticas del banco central, la monetaria y el combate a la inflación, se definirán al margen de las intenciones de Fox. La Comisión Federal de Competencia Económica interpondrá un límite a la política del nuevo Presidente. Todavía más: Fox no podrá cambiar radicalmente las políticas de comercio exterior, pues en lo fundamental ellas están regidas por acuerdos internacionales. El TLC, el acuerdo con la Comunidad Europea, los tratados con Chile, centro y algunos países de Sudamérica. Si quiere modificarlos no sólo tendrá que negociar con esos países sino que tendrá que pedir ratificación al Congreso dominado por la oposición. La Suprema Corte de Justicia es también un poder independiente, un poder de facto, con posibilidades de corregir al Presidente.

Y lo que es más: el FMI seguirá de cerca la gestión y el manejo de las finanzas públicas del presidente Fox y tampoco podrá variar la política de precios petroleros, dado el contexto internacional y los acuerdos tomados con anterioridad por el gobierno del PRI.

En suma: hay toda una serie de restricciones de muy diferente naturaleza que van a poner límites a lo que puede hacer el presidente Fox. ¿Es eso bueno o es malo? No lo sabemos a ciencia cierta, depende del contenido concreto de las políticas de Fox; pero tal y como se encuentran diseñadas nuestras reglas institucionales, los partidos políticos derrotados no tienen otros incentivos más que dañar al contrincante y complicar su gobierno. Es un problema clásico de las democracias incipientes. El año pasado toda la agenda parlamentaria giró en torno al Fobaproa, dejando a un lado asuntos de enorme importancia como la ley de quiebras, la reforma tributaria, la ley laboral, el propio funcionamiento del Congreso, ya no digamos las iniciativas sobre seguridad pública.

Por primera vez, un partido distinto al PRI tomará el control del Ejecutivo; conducirá una nave presidencial totalmente nueva, remodelada, más compacta y acotada. Y no sabemos si esa nave permitirá ser y hacer eficaz al nuevo gobierno del presidente Fox

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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