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¿Y la brújula del PRI?

Mauricio López V.

Foto: Claudia Hernández Ramírez

La jornada electoral del 2 de julio trajo consigo la caída de varios mitos. Sobre todo aquel que afirmaba que nuestro cambio de sistema político no pasaba por la tranquilidad y civilidad de los votos y las urnas.

Con la alternancia se exorciza el fantasma del miedo al cambio de gobierno. Con la alternancia terminó, también, nuestra transición en lo que respecta a la asignatura procidemental de la democracia electoral.

La victoria de la oposición y la derrota del PRI es una conmoción aún no comprendida en toda su magnitud. Los meses por venir serán para todos los partidos, sociedad y actores económicos, un proceso de adaptación y cambio que haga de la alternancia y su "novedad" un camino viable hacia una gobernabilidad democrática plena.

El PRI debería realizar un ejercicio de reflexión sereno de las causas de su derrota, un diagnóstico que le dé líneas de lo que debe ser como partido en el futuro.

Cuando el Revolucionario Institucional se insertó en la democratización del país no vislumbró, por lo menos de manera plena, todos los riesgos que estas acciones conllevaban. Ello queda demostrado cuando no puso a tiempo su discurso y organización para afrontar el nuevo escenario de alta competencia política y perdió la capacidad de previsión ante escenarios como el que hoy pasman a su dirigencia y militancia.

El PRI pasó a la oposición, no a la desaparición (Aguilar Camín, Proceso, 10/VII/2000), es la segunda fuerza política del país y gobierna 21 de 32 entidades federativas. Con sus 13 millones de votos obtuvo 209 diputados, 56 senadores y aún administra más de mil 500 municipios en el país. Justamente por este poder que conserva y porque será actor central en los años por venir, su futuro es esencial para la gobernabilidad.

Después de la jornada electoral las cosas se movieron rápido y alarmantemente en Insurgentes Norte. Si bien la noche del domingo 2 el PRI dio muestras de su alto compromiso con la nación, al reconocer con responsabilidad que los resultados le eran adversos, pocas horas después comenzó la lucha en su seno.

No hay brújula ni timón en el PRI. La batalla por la herencia del intestado aún no comienza. Los peligrosos rounds de sombra que hemos visto llaman no sólo a la preocupación sino a la acción en favor de un proceso rápido de redefinición del PRI. Su centralidad y disciplina ha sido destruida por la pérdida del gobierno y del Presidente, quien era su dirigente de facto.

Por más compleja que parezca la coyuntura, no podemos negar que ésta es también una gran oportunidad para reconstruirse y renacer como un verdadero partido, como una opción atractiva que ocupe el vacío que existe en la centro-izquierda mexicana. El PRI se encuentra en una situación similar a la de 1929 y debe pasar rápido del partido cuya razón es mantener el poder a uno que luche por conquistarlo democráticamente; de un partido con caudillo sexenal y discurso acomodaticio, a la coherencia de ideas y propuestas con una nueva organización interna ágil y flexible, ajena a cacicazgos regionales o estatales.

Rescatar los aciertos y corregir sus errores deberá ser labor rápida del PRI, pero deberá hacerlo de cara a la ciudadanía y con plena comprensión del perfil del electorado y del país que tiene delante.

Antes que luchar por el poder en su seno, los militantes y grupos políticos priistas deberían realizar un parte de guerra y ver los saldos de la batalla. Ver cuáles son sus deudas y deudos, así como los cimientos que quedaron para reedificar algo nuevo.

El problema es que no hay muchas alternativas, en términos de figuras, que puedan cumplir con el perfil para cohesionar al partido. Un acuerdo de gobernabilidad interna del PRI pasa por reconocer sus errores y evitar cobros de facturas, pasa por la tolerancia y la discusión de ideas y propuestas de futuro, pasa por la construcción de un nuevo partido

Mauricio López V. es presidente del ICADEP (Instituto de Capacitación y Desarrollo Político, A.C.) en el Distrito Federal.

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