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teatro Después la muerte
Lorena Camacho
La muerte, así con mayúsculas, es la pauta y el fin de muchas historias individuales y colectivas. Quien intenta develar su sentido puede construir su propia muerte. Así lo hace escénicamente Vivian, mujer que a través de la vida murió entre las madejas de los versos de un poeta al que consideró excepcional. Muerte, concepto inconmesurable, se apropió de ella con sus metáforas, rimas y ritmos, y le arrebató cualquier posibilidad distante de las páginas de un poemario. Vivian, poseída por el demonio de la creación artística, dio vueltas en una sola dirección. Inició y concluyó en el mismo lugar. El distanciamiento de sí misma, la negación del yo como entidad humana y asumir la vida como un proceso dialéctico explicable solamente por medio de definiciones filosóficas, sustrajeron de ella el hálito de la vida que permite reír, fracasar, sufrir, disentir; todo lo que significa concesión y complacencia. Nadie fue juez tan severa como ella. Feroz consigo misma, se exigió la pulcra perfección. Sin embargo, la muerte la sitúa en estratos en los que la única verdad es contundente, "a partir de este momento, la nada". Entonces la vida sucumbe ante el poderío de la autodestrucción impulsada por el cáncer, término fácil de definir -diccionarios y médicos lo explican bien-, excepto cuando se vuelve realidad con vigencia personal, como le sucede a Vivian. Así, cobijada por la manta de la cama del hospital y protegida por un intelecto superior que apenas si advierte lejanamente el final futuro, la enferma deambula física y mentalmente entre recintos clínicos y va y viene entre discursos médicos, tratamientos y hasta experimentos científicos. Pero ninguna ciencia ni ninguna metáfora, por más exacta que sea, alcanza a definir la derrota anímica en la que Vivian se mantuvo aún con vida y el final físico que comienza a complementarse con esa muerte previa. Pausas, signos de interrogación, puntos suspensivos, punto y coma, preceden a la idea de la muerte, pero ésta sólo es un punto definitivo. Un punto y aparte. Un punto y nada. La negación de la vida devora y consume, se aproxima, acecha a la presa quien a su vez simboliza el encono médico que con fórmulas químicas, expedientes inagotables, exámenes y revisiones exhaustivas, trata de alejar al fantasma -éste sí, demasiado vivo- de la muerte. Fantasma que se materializa y adquiere rostro en médicos, otros pacientes, enfermeras y hasta en una maestra ideal que habla sobre el error de no haberse permitido vivir fuera de los cubículos y las aulas académicas, lejos de la poesía precisa de uno, mil o infinitos genios literarios. Fantasma que deja de serlo para adueñarse del cuerpo y del alma de esta mujer, quien progresivamente es desnudada hasta hacer evidente la impotencia por lo perdido o por lo que nunca tuvo, a pesar de la gran estatura intelectual alcanzada. Estamos ante la obra Punto y coma, cuyo fundamento dramatúrgico está adecuadamente cimentado. Prueba de ello es el premio Pulitzer que ganó como mejor obra en 1998. Versión mexicana la que nos toca ver, protagonizada y dirigida por Susana Alexander, Punto y coma transmite cabal y eficazmente un mensaje universal con el estilo y la forma elegidos por una escritora talentosa, exenta de la tendencia a la manipulación sensible elegida con frecuencia cuando se aborda esta clase de temas. Conmovedor, de inmediato vinculable con la realidad próxima de cada espectador y, por tanto, más duro en contenido y forma, este montaje cumple con todos los requisitos del teatro de calidad, prescindiendo de cualquier ornamento y centrándose en lo sustancial sin accesorios literarios o recursos físicos que pretendan fortalecerlo. Sobre todo, puesta en escena de las que uno puede llevarse de tarea para toda la vida, o simplemente para hacer una pausa y meditar temporalmente sobre la muerte y la vida que subyace en toda persona, en todo discurso y en cada acto realizado o no por quienes procuran descifrarse a sí mismos en un proceso continuo e inagotable Punto y coma, de Margaret Edson. Ac tuación y dirección: Susana Alexander. Con: Enrique Becker, Aracelia Chavira, Amara Villafuerte, Alma R. González, José Luis Vargas, Ernesto Godoy y Miguel Tapia. Teatro Ramiro Jiménez, Coyoacán. Funciones: viernes, 8:30 pm; sábados, 6:00 y 8:30 pm; domingos, 6:00 pm. Lorena Camacho estudió en la Sogem. |
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