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Los éthos de la política
Trujillo, Marco Aurelio y los otros

Irving Berlín Villafaña

Leonidas Trujillo

Las figuras del poder son objetos de seducción capaces de ilusionar y aglutinar al pueblo. Hay personalidades trágicas que agotan su energía vital en el impulso de sus ideales, ansiados por la muerte, cortados de tajo por la traición, como Carrillo Puerto; heroicos como De Gaulle, perversos e infames como Hitler, melancólicos y tristes, conspiradores de su propia alcoba donde duerme el enemigo, como aquel decaído rey de Dinamarca. También los hay sabios, mesurados y justos como el emperador romano Marco Aurelio.

No pienso que los sistemas políticos sean resultado de sus eventuales líderes o del panteón de semidioses que los rigen, sino que la dialéctica sistema-individuo genera particularidades históricas que pueden observarse desde un lado o del otro, hasta completar el dibujo de un tiempo histórico. Sin pretensión de armar el rompecabezas, la lectura de La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, y de los Pensamientos, de Marco Aurelio, me ha llevado a la comparación ejemplar de políticos opuestos y repetibles en cualquier tiempo y lugar. Aunque debo decir que la novela de Vargas Llosa me parece hija menor de otras como Tirano Banderas, de Valle Inclán, o El Señor Presidente, de Miguel Angel Asturias, la historia del dictador dominicano ayuda a dibujar uno de los temperamentos típicos de un sistema autoritario: el gobernante que se asume como la síntesis de la fuerza del pueblo, heredero del alma nacional y de un poder de trabajo frenético, sobre el cual el pueblo construye sus mitos: Trujillo nunca suda, tiene todas las medallas en el pecho, se convierte en inmortal. Vive y sufre por la patria, mujer idílica por la que se mata, se enriquece, se atormenta y envilece a los demás. Tiene un poder magnético fundamental, una especie de mantra que le da acceso a todos los campos, a todos los espacios, a la misión de llenar con su presencia -o la de sus múltiplos- cuanto vacío social exista. Esta ocupación de cuerpos, mentes o instituciones se fundamenta en un conocimiento intuitivo de los resortes que mueven las viejas pasiones humanas: el miedo, la ambición, el egoísmo, la envidia, la humildad, ebulliciones todas con las que se construye un régimen, como el dominicano, de galeras militares falsas, lealtades que conducen a la muerte, redes de complicidad donde ata igualmente el horror al líder que su amor y bienaventuranza.

La impunidad en el jugueteo del Estado de derecho y la debilidad de las instituciones hace de un sistema político comandado por un general así, una cáscara para amoldar como en cera su retrato. Periodistas, diputados, abogados, jueces, empresarios y hasta el más sencillo de los cortadores de azúcar son incondicionales de la propia grandeza. Viven para él. Trujillo, en Dominicana, según el libro de Vargas Llosa, fue el gran donador, el maná del pueblo que mediante rituales cívicos y empresas aglutinaba la fuerza de trabajo a cambio de un bajo sueldo y una promesa: la ilusión de su amistad y protección. Estaban regados en todo el país sus cientos de ahijados, sus decenas de empresas dando empleo al campesinado pese al quiebre generalizado promovido por el bloqueo estadounidense. El dictador tropical está siempre solo porque ha reducido a los demás al juego de los títeres. Ninguno piensa, reconoce, merece el traslado de la grandeza del poder. Hay capital dinástico pero no hay príncipe. Cuando el caudillo se va, la ausencia de su pesada presencia es un mar abierto de miseria y desolación: seres reducidos, almas con prótesis, políticos inválidos, ancianos con las manos arrugadas sin capacidad de regeneración, instituciones de utilería.

Si el dionisiaco poder de la desmesura seduce, el blanco mármol de la serenidad ilumina. Marco Aurelio, uno de los más importantes emperadores de Roma es la figura opuesta al desenfrenado chivo tropical. Nacido, como todos los césares en las siete colinas de Roma, el filósofo imperial heredó las enseñanzas de los estoicos y la sabiduría de la razón. Utilizó el sano instrumento de las instituciones y de las leyes para crear un coloquio entre los pueblos bárbaros y los cosmopolitas, proyectando los derechos de unos hacia los otros, antes excluidos por la nación romana. No fue esclavo de la libido dominandi ni de nada que se pareciera a la pasión de someter y cumplió los deberes del imperio con austeridad, dignidad y heroísmo en los campos de batalla. Vivió la pesada carga del poder con el estoicismo de Séneca junto a Nerón, aceptando su lugar en el universo. Nada que ver con Trujillo: "Desde la altura a la que ha llegado, el placer y el dolor, el amor de los hombres y su odio son una sola y la misma cosa. La gloria es la última de las ilusiones, pero una ilusión vacía, porque todo es vanidad". Defendió el imperio como parte de su "martirio interior" y no dudó en ofrecer amistad al enemigo y ceder el gobierno sin que nadie desenvaine una espada, si las tropas o el Senado convenían qué era lo mejor para el bien público. Igual que Trujillo, sus hijos no tuvieron la estatura para sucederle en el trono.

Dictadores y sabios son dos caras posibles del poder en cualquier tiempo y lugar. Los dibujos particulares de cada temperamento, las variaciones, los tipos actualizados como los videpolíticos, los mesiánicos o los neomonarcas, se trazan a partir de las circunstancias especiales de cada sistema político. Mirar nuestra historia, los escenarios reales inmediatos y los posiblemente futuros, ver estas figuras, reconocerlas, identificarnos como contraparte que las hace posibles, es un ejercicio no exento de importancia en la construcción de nuestro papel de ciudadanos

Irving Berlín Villafaña es periodista.

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