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textos Exabruptos de la identidad
Edgardo Bermejo Mora
Singapur. Una confrontación violenta entre dos tribus aborígenes en las montañas de Papua del Oeste, que para matarse entre sí utilizan las viejas técnicas del arco y la cerbatana con dardos envenenados, y cuyos rituales bélicos no excluyen la antropofagia; un conflicto sangriento y silencioso en un rincón casi inaccesible del orbe se cobra más de100 muertes en el transcurso del año sin que el mundo, u Occidente, o las Naciones Unidas, le tomen demasiada importancia al hecho. A mediados de los 70 Noam Chomsky denunció el silencio y la indiferencia del mundo, principalmente de Washington, ante el drama de la ex colonia portuguesa de Timor Oriental invadida por las tropas genocidas de Indonesia. En ese entonces, la agenda trepidante de la guerra fría condenó a los timorenses a la indefensión y el olvido. Un cuarto de siglo después, ya sin guerra fría de por medio y en el pináculo de la aldea mediática global, persisten zonas alejadas de la mirada del mundo y condenadas a la indiferencia. Ocurre que los aldeanos de Wampe odian desde hace años a sus vecinos de Bilanga en la región selvática de Punka Jaya, en el centro de la porción indonesia de Nueva Guinea. A la enemistad recíproca la documentan un abultado historial de secuestros, violaciones, asesinatos, sabotajes, incendios, envenenamiento del agua y una buena dosis de conjuros y maleficios. Literalmente se están destruyendo sin que a nadie importe, menos aun al gobierno de Yakarta cruzado por el múltiple fuego de los conflictos autonómicos que brotan por todas partes y por los estragos de la crisis económica. Como éste, explotan todos los días en muchos países asiáticos conflictos territoriales, étnicos y religiosos que aparecen invariablemente acompañados del recurso de la violencia y el terrorismo. Ello nos pone de golpe ante dos certezas perturbadoras: el XXI no será un siglo pacífico, por más que la globalización nos obnubile y prometa; y la segunda certeza aparece más bien como una condena: somos sociedades irremediablemente seducidas por el demonio de la intolerancia y el apetito de la destrucción, depredadores incorregibles de nosotros mismos. El deseo de aniquilar al otro que no es igual a mismo aflora en la naturaleza humana con la misma contundencia que el instinto de sobrevivir o el miedo a la muerte. El ejercicio de la razón civilizada, los alcances de la modernidad y la democracia podrán en todo caso contener pero no remediar ese instinto. Aun quedan muchos millones en el mundo dispuestos a matar o sacrificarse en nombre de una nacionalidad, de un territorio, de un dios, de una raza, o de un simple odio tribal, como el caso de los aborígenes de Nueva Guinea. La guadaña del fanatismo pende sobre centenares de miles que morirán en los próximos años a causa de toda suerte de odios guerreros, en nombre de identidades que sólo se confirman en la destrucción y el estropicio. La estadística es perturbadora: más de cuatro millones de muertes violentas desde 1989, cuando se anunció con profunda ceguera el "fin de la historia", hasta ahora. De ellos, en 90% de los casos se trató de población civil, blanco preferido de por lo menos 47 guerras civiles y 39 escaladas bélicas de alcance internacional de acuerdo con reportes del Banco Mundial. Al menos en el sudeste asiático, la disputa genocida de las identidades exaltadas se explica en parte como la resaca que aún se padece a consecuencia de la gran borrachera colonialista que se prolongó, por lo menos durante dos siglos y que no terminará de repararse en los próximos 100 años. En su afán colonialista, Occidente inventó países donde no los había, dividió a otros que sí existieron; desplazó grupos étnicos o simplemente los aniquiló, y produjo desplazamientos masivos como si se tratase de piezas en un tablero, sin comprender la sensibilidad epidérmica de algunas culturas insulares como abundan en el Pacífico Sur; exportó religiones que tarde o temprano se confrontaron con las creencias locales o, lo que es peor, impuso la fe con todo y sus antagonismos ancestrales: cristianos versus musulmanes, católicos versus protestantes. Dos siglos de colonialismo alteraron el mapa ecológico, geográfico y cultural de las sociedades en el sudeste asiático que ahora traducen la confusión al lenguaje de las balas y de la sangre a un lado de la moneda, el contrario al del desarrollo expansivo y la riqueza prometedora de países como Singapur o Corea del Sur. Expondré un solo ejemplo para documentar mi desilusión. Aun en sitios tan remotos y tan fuera de nuestro alcance como las islas Fidji, vemos reaparecer el mismo tumor post-colonial y el mismo desenlace revestido de violencia. Ahí, a principios de este siglo, los ingleses llevaron en calidad de mano de obra para sustituir a la población nativa que no hablaba inglés ni daba señas de "civilidad", a miles de indios (esto es, de India) que a la vuelta de un siglo se convirtieron en la mitad de la población de las islas. Una reforma a la Constitución, a finales de los 90, permitió al grupo étnico indio acceder a puestos de representación popular, toda vez que desde mucho antes se convirtieron en el grupo económicamente poderoso, y finalmente conquistar el poder político en 1997. La otra mitad de la población, es decir, el grupo étnico nativo de origen polinesio -o al menos sus líderes más fanatizados- no aceptaron este principio aparentemente democrático y ahora han dado un violento golpe de Estado que suma ya 30 muertos y en el cual exigen la vuelta a la Constitución de 1990 que reserva para su etnia los puestos de gobierno. ¿Etnocentrismo, xenofobia, racismo invertido, o el natural reclamo de justicia tras la explotación y la marginación secular? Y de ser así entonces se puede uno preguntar: ¿hay "justicia" en la intolerancia? La realidad y las preguntas se van retorciendo conforme nos adentramos en las dos claves ya citadas: la identidad exaltada de los fanatismos y los destrozos históricos del colonialismo en la era en la cual celebramos a la "globalización". No hay que arroparse en la boba disyuntiva de globalofóbicos vs. globalofílicos (ambos al fin tentados por el mismo demonio fundamentalista) para aceptar estas paradojas que trae consigo la celebración febril de un mundo aparentemente volcado hacia el paraíso del progreso por obra y gracia de la tecnología y las comunicaciones. En 1989, tras la caída del Muro y el derrumbe de las burocracias comunistas, algunos, menos por voracidad que por impaciencia, se adelantaron al banquete, 11 años después la miopía persiste Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. Actualmente reside en Singapur. Correo: edbeme@prodigy.net.mx |
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