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Las huellas de Fox
Rodolfo Soriano Núñez
Atacaban a El Supremo como a una sola persona sin tomarse el trabajo de distinguir entre Persona-corpórea/Figura-impersonal. La una puede envejecer, finar. La otra es incesante, sin término. Emanación, imanación de la soberanía del pueblo, maestro de cien edades. Augusto Roa Bastos, Yo, El Supremo Con poco más de 20 millones de votos, Vicente Fox Quesada ha logrado convertirse en el septuagésimo primer presidente de México, el primero que gobernará en el siglo XXI, el primero postulado por el Partido Acción Nacional y, en este sentido, el primero de un partido distinto al Revolucionario Institucional en 60 años y el primero nacido en Guanajuato en más de 140 años. Qué podrá hacer este hombre que recién ha cumplido 58 años, justo el día de la elección, es algo que ahora se plantea como la gran pregunta, la que todos deseamos formular y la que pocos, muy pocos, podrían responder cabalmente. No por indisposición o incapacidad, sí -en cambio- porque el futuro es incertidumbre. Lo que es posible, en cambio, es tratar de observar en la historia, en los hechos y los dichos de este singular personaje pistas sobre su posible desempeño futuro y sobre el posible derrotero que habrá de seguir el país o, por lo menos, la administración pública en los próximos seis años, ahora que ha logrado su sueño personal de sacar al PRI de Los Pinos. De entre los muchos rasgos de personalidad que Fox ha desplegado a lo largo de la campaña e incluso antes de que ésta iniciara formalmente, el más notorio ha sido el de la impaciencia, la prisa por conseguir sus objetivos. Le sigue en notoriedad el desprecio de ciertas formas de la política nacional, no sólo la priista, sino incluso la panista que se ha traducido -en más de una ocasión- en excesos verbales y exabruptos que es claro que, en la evaluación final de los electores, no fueron determinantes para tomar su decisión. Sería necesario agregar como otro rasgo de personalidad (que también ha terminado por quebrar las tradiciones del panismo al que se debe pero con el cual no se identifica) el de la marcada voluntad de poder, la disposición a hacerse del poder casi a cualquier costo. Finalmente, y sin que este recuento pretenda ser exhaustivo, sería necesario considerar el rasgo de su disposición a dialogar y a negociar con los adversarios. Fox, el meteoro Con sólo 12 años de militancia en el Partido Acción Nacional y, de manera más general, en la política, la suya es la historia de un ascenso meteórico, marcado apenas por una pausa, una suerte de penitencia autoimpuesta entre 1991 y 1993 en la que hizo una suerte de huelga de militancia, menospreciada por la dirigencia nacional panista y, sin embargo, le sirvió para evidenciar el anquilosamiento de las estructuras de reclutamiento y formación de cuadros del panismo. Fox rebasó a esa estructura construyendo una red, un entramado de apoyos, los Amigos de Fox, que no sería difícil que ahora, una vez ungido Presidente de la República, terminara por convertirse en una estructura de movilización popular paralela al PAN (que no ha logrado modificar su condición de partido de cuadros), pero -sobre todo- paralela a las estructuras de la administración pública. Este rasgo de personalidad se complementa, por cierto y como se verá más adelante, con el del olvido de las formas y termina por hacer del antipriismo radical de Fox una suerte de paradoja. Ello en tanto lo acerca a la pragmática del poder de su némesis: Carlos Salinas de Gortari. Una paradoja que seguramente resultará muy difícil de reconocer y aceptar para el personaje que ganó su primera notoriedad, allá en el verano de 1988, cuando utilizó dos boletas, de esas que supuestamente habían servido para consumar el fraude que, en la argumentación de las oposiciones, habría servido para imponer a Carlos Salinas, para ponérselas como orejeras y hacer escarnio de lo que para Fox y muchos panistas de la época era motivo de burla: ¡barbas sí, orejas no! Rezaba uno de los lemas extraoficiales de la campaña de hace 12 años en referencia a las barbas de Manuel Clouthier y las orejas de Carlos Salinas. Así, si Salinas creó apenas instalado en el poder (algunos dicen que ya desde antes con los programas sociales financiados por las secretarías de Programación y Presupuesto y de Desarrollo Urbano y Ecología) una estructura de apoyo distinta a las que tradicionalmente distinguieron al régimen del partido hegemónico (el Programa Nacional de Solidaridad), ya oficialmente muerto, Fox creó, por fuera del PAN, a los Amigos de Fox. Solidaridad le permitió a Salinas contar con una base de apoyo popular a su programa de reformas que era claro que el viejo partido de la revolución institucionalizada no estaba en condiciones ni en disposición de ofrecerle. Fox, por su parte, ha dicho que el 3 de julio marcaría el día de la muerte de los Amigos de Fox, pero no es claro que esto efectivamente pudiera ocurrir de manera súbita y es que más allá de lo que esa nueva y nebulosa estructura pudiera representar, es claro que para cumplir su empeño, Fox, pragmático y ajeno a los rigores (y las rigideces) de la formación ideológica (no olvidemos que en alguna ocasión a principios de los 90 le pedía al PAN enviar a la doctrina "de vacaciones"), articuló una serie de pactos con grupos disímbolos, incluso encontrados entre sí, que reclamarán cuotas por el apoyo brindado. Cuotas de poder que no es claro cómo se expresarán, qué pedirán y, sobre todo, qué estarán en condiciones de lograr en un escenario de río revuelto que resulta en ganancia de pescadores. Cuotas de poder que, por otra parte, pueden ser también cuotas de gobernabilidad para un gobierno que, por la impaciencia del meteoro Fox, no sería difícil que intentara impulsar varios cambios a un mismo tiempo, lo que inevitablemente generará un conjunto de presiones y tensiones que no es claro cómo podrán resolverse. Pensemos, por ejemplo, que uno de los problemas que Fox deberá enfrentar de manera inevitable es esclarecer el alcance de los compromisos que asumió como candidato al recibir recursos triangulados por medio de cuentas bancarias radicadas en el extranjero. Es cierto, de acuerdo con el principio de definitividad que regula el funcionamiento del sistema electoral mexicano, lo que no se hubiera impugnado hasta antes del 2 de julio no podrá ser utilizado después de la jornada comicial para impugnar la elección, pero -a pesar de ello- habrá grupos y personas interesadas en esclarecer el origen del financiamiento y, sobre todo, las consecuencias prácticas que tendrá en términos -por ejemplo- de la asignación de contratos de obra pública, de compra de bienes o de prestación de servicios del gobierno federal, todo lo cual se traducirá en críticas al desempeño de la administración Fox que sólo podrán ser confrontadas por esta estructura de apoyo sobre la que, a diferencia del PAN, sí ejerce un control pleno, absoluto. La misma impaciencia es la que lo ha llevado a señalar que más de un asunto nacional, como el conflicto en Chiapas, podría resolverse en 15 minutos; no sólo eso, el conjunto de su oferta política parece ser una autorrespuesta a esa impaciencia, a esa prisa, acaso a esa ira que ha constituido el fundamento de su campaña, su propaganda y oferta electorales que no sería difícil que terminara por revertirse en su contra, por lo que, para contrapesar y controlar los ánimos, resultaría necesario contar con esa estructura de apoyo. Fox y las formas
No es de sorprender que, marcado por la urgencia en logro de sus objetivos, la carrera política de Fox haya estado marcada en más de una ocasión por el desprecio por las formas de la política y, de manera más general, por el desprecio por las formas de la convivencia pública. Habría que preguntarse, más allá del código de vestido (el uso o no de las corbatas o los sacos) si este desprecio por las formas irá más lejos y se instalará en el terreno de las relaciones interinstitucionales, al estilo de Alberto Fujimori o Hugo Chávez, quienes enfrentados a las rigideces de los mecanismos institucionales de sus respectivos países decidieron tomar el atajo del desconocimiento de esos mecanismos, deponiendo a legisladores y jueces en una suerte de sucesivos golpes de Estado incruentos. Es claro que de hacerlo Fox contaría con un núcleo de simpatizantes dispuestos a cobrárselas al viejo régimen, quedando pendiente conocer qué clase de excesos podrían cometerse en un escenario de ese tipo, siendo ése propicio para que otros dos rasgos de personalidad de Fox se manifestaran. Por una parte, el de su voluntad de poder, la misma que le permitió comerle el mandado a la estructura de control del panismo, la misma que le llevó a construir Amigos de Fox, la misma que le permitió superar el tropiezo de la elección de gobernador de 1991. Instalado en la máxima posición de poder del país a partir del 1 de diciembre próximo, habrá que preguntarse hasta dónde estará dispuesto a llegar Fox en lo que hace al uso del poder del que estará investido y, sobre todo, qué hará para mantenerse y evitar las consecuencias del natural e inevitable desgaste que genera el ejercicio del poder, ¿qué tipo de movilizaciones de apoyo buscaría ejercer? ¿Qué mecanismos de respaldo a sus decisiones utilizaría? Fox, ¿conciliador? El otro rasgo de personalidad que habrá que observar cómo se despliega en un escenario de este tipo es el de su disposición a dialogar y negociar. Es interesante observar, en este sentido, que luego de la elección de 1997 y el ingreso de México en el escenario del "gobierno dividido", con el Ejecutivo en manos de un partido y el Legislativo en manos de otro, Fox tomó la delantera al PAN (una vez más) en 1997 y 1998 para favorecer la negociación con el PRI y evitar así una situación de cierre de gobierno. Claro está, Fox es hombre de contrastes. Es por ello que toda la disposición al diálogo y la negociación que mostró en esa coyuntura se convirtió en la decisión de encabezar un virtual linchamiento público de Francisco José Paoli Bolio, el presidente de la Cámara de Diputados que decidió no votar con su grupo parlamentario en el tema del financiamiento de los recursos para la operación del Instituto de Protección al Ahorro Bancario. De Paoli, un hombre honesto, insinuó -de acuerdo con las mitologías del panismo más recalcitrante- que la decisión de abstenerse y permitir así el paso de la propuesta de financiamiento del IPAB estaba motivada por el hecho que el legislador yucateco se había vendido. La reacción no se hizo esperar en las filas del PAN y, sobre todo, en las de los Amigos de Fox, quienes se sumaron presurosos al linchamiento verbal de Paoli. Ello hace inevitable preguntarse cómo lidiará Fox, el Presidente impaciente, con la oposición a su régimen, especialmente si -como todo parece indicar- se enfrentará a un Congreso de mayoría opositora. Es cierto, fue una situación que vivió a todo lo largo de su gestión como gobernador y ahí no cometió excesos, pero es cierto también que la escala del poder entre una gubernatura y el tipo de presidencia imperial propia de México y otros países latinoamericanos obliga a voltear la vista, una vez más, a Lima y Caracas y preguntarse si no viviremos aquí situaciones similares a las experimentadas en Perú y Venezuela. Esto es más relevante cuando se considera el hecho que de muchos de los males de México ha responsabilizado al PRI, haciendo de los gobiernos de este partido el sinónimo de todo lo malo en el mundo, ¿cómo reaccionará el PRI? ¿Negociará con Fox asumiendo la posición de oposición leal? ¿Les ofrecerá Fox a priistas posiciones en el gabinete? Rodolfo Soriano Núñez es autor de En el nombre de Dios. Religión y democracia en México, México, Instituto Mora-IMDOSOC, 1999. |
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