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textos Por una auténtica cultura del acuerdo
Rolando Cordera Campos
Este martes 27 de junio Gilberto Rincón Gallardo y Democracia Social cierran su campaña nacional por la Presidencia de la República. Si algo puede adelantarse de esta difícil segunda etapa en la vida del partido es que sirvió para confirmarnos la convicción y las hipótesis maestras que inspiraron los empeños iniciales por lograr el registro electoral. Esta campaña puso por delante de todos nosotros nuevos y estimulantes desafíos. Formar un partido nuevo, superar la cerca mezquina que los partidos preestablecidos erigieron para sentirse dueños del club electoral, fue arduo. Más lo ha sido romper los diques de la incomprensión y la inequidad que caracterizan al sistema político actual, a pesar de lo que dicen una y otra vez el gobierno y sus corifeos de ocasión o profesión. Hoy, a sólo cinco días de la cita electoral más importante del México contemporáneo, sin duda la más libre y competida que hayamos vivido, tenemos que insistir que en materia política electoral no hay estaciones terminales, que nada es definitivo y si algo requiere el país con urgencia es que la reforma electoral se inscriba pronto y con claridad en la reforma mayor del Estado y sus instituciones, que los partidos y el gobierno actual, presas de una lucha por el poder descarnada y sin consideración alguna por la historia y el futuro del país dejaron irresponsablemente a un lado. En todo caso, cada uno la volvió oferta electoral particular sin asumir que, como pocas, ésta es una tarea que tiene que involucrarnos a todos, a las fuerzas políticas y sociales, grandes y chicas, viejas y nuevas; a las organizaciones cívicas, a las universidades y los medios de comunicación. La democracia tenue de esta hora, al olvidar los temas cruciales del Estado y de la conformación del poder, olvida también el reto vital que tiene México de erigir cuanto antes un orden democrático. Al olvidar todo esto se han pospuesto peligrosamente tareas y reflexiones fundamentales y se ha puesto a la democracia misma en peligro de volverse, aquí sí que sin transición, una democracia epidérmica, siempre vulnerable ante los poderes de hecho y los especuladores de toda laya, sometida al azar de un mercado político salvaje y sin mayores vínculos con la sociedad real, cuyos sueños, carencias y angustias deben dar siempre sustento y propósito a la política, para que ésta no se vuelva ejercicio estéril y sin sentido. Estos han sido el contexto y la perspectiva de nuestra empresa política, que se quiere y piensa renovadora y que para serlo tiene que ser independiente, con transparencia y celo, de los poderes y los intereses enfeudados de la sociedad. Votamos por y nos comprometemos con la democracia, pero rechazamos tajantemente que la democracia deba reducirse a una confrontación pueril entre contrincantes que se niegan a reconocer que las reglas democráticas poco tienen que ver con la lucha cuerpo a cuerpo o con la mercadotecnia, y sí mucho que ver con la búsqueda permanente de una civilidad nueva, sólida y convertida en empeño civilizatorio y renovador de la cultura, las costumbres, la tradición. Es con esta visión que Democracia Social ha hecho de la diversidad la fuente mayor de su aliento e inspiración discursiva. Sabemos ya, y lo hemos confirmado y descubierto una y otra vez en estos meses de campaña, que proponer lo diverso como el camino mejor para el México de mañana, implica admitir la necesidad de crear y recrear prácticas y conductas solidarias, convertir la solidaridad en un valor moderno y entenderla como el factor principal para asegurar una cohesión social y nacional que esté a la altura del enorme reto que le plantean la democracia política y la complejidad social, sin abrir la puerta a las tentaciones autoritarias que, agazapadas, viven a la espera del menor pretexto, para presentarse de nuevo como las salvadoras de la patria. Democracia Social puede contribuir ahora a la oxigenación de un sistema político que no acierta a consolidarse como un ejercicio permanente de confrontación de proyectos, a la vez que de construcción de acuerdos. Más bien, el sistema en estreno se ve acosado por la ocurrencia individual, la ambición o la nostalgia caudillista, el arrebato de grupos sin nombre que se disputan sin cuartel un poder que, en realidad, sigue en otro lado. Construir la democracia y volverla esencia de la vida pública, política y social, supone un compromiso claro y firme con sus reglas y criterios. Nosotros estamos en ello y son esas reglas y criterios los que definen los límites de nuestra acción. No hay aquí lugar para subterfugios tácticos o convenencieros, como los que sirvieron para justificar alianzas impresentables, si es que el código y las claves de la democracia han de servir para juzgar algo. Sin embargo, la democracia no puede avanzar sin renovación permanente de la cultura, sin la inclusión y el cultivo del debate y las ideas como prácticas insustituibles de la política moderna. Sin cultura activa, sin ideas que se atrevan a ir más allá del lugar común o la reacción rápida a que obliga la lucha política, la comunidad se aleja de quienes pujan por el poder y su ejercicio y la política se torna vicio solitario, destructivo de los tejidos elementales de la vida en común, siempre hostil a la innovación y a la renovación de la convivencia y la búsqueda de la buena sociedad. Este es el peligro mayor de nuestra flamante cuanto incipiente democracia. Alejarse de la cultura y alejar a quienes la hacen posible del quehacer político; encapsular la lucha por el poder entre grupos cerrados y autoconsagrados como los representantes de la ciudadanía; dejar a la deriva lo que es en verdad la vida pública, que es la que hacen posible e inventan a diario los ciudadanos comunes y corrientes; en fin, imponerle a la vida democrática una razón de ser elemental e instrumental, despojada de cualquier posibilidad de arriesgarse a lograr metas grandes, mejores, de auténtica significación histórica. Nos acercamos a un gran momento de decisión, pero embargados por una magna confusión de fines y medios, conceptos y discurso. Marchar a través de esta maraña, creada por la inmadurez de los actores políticos principales, así como por la avidez de los grupos de poder, que quieren más o conservar a como dé lugar privilegios y prebendas, será imposible si no acertamos a definir compromisos en los que quepan los más y encuentren aliento y confianza los que hoy sufren con agudeza la carencia de libertad y de los satisfactores elementales que hacen posible y creíble la ambición de ser efectivamente libres.
Hablar de libertad y ciudadanía no puede servir de pretexto para soslayar el terrible panorama de inequidad y pobreza masiva que hoy define a México. Por eso nosotros afirmamos que el compromiso democrático queda trunco y puede servir para nuevas simulaciones, si no se ve acompañado por el reconocimiento intenso, angustiado, de que la cuestión social mexicana sigue cargada de injusticia y miseria, desaliento y dolor para grandes grupos de la nación, entre los que sobresalen los niños, los jóvenes y las mujeres. Sin poner en el centro de la deliberación democrática el tema de la igualdad, que es inseparable hoy del de la superación pronta de la pobreza extrema, el compromiso renovador con el gobierno de leyes y el Estado de derecho que todos decimos estar dispuestos a firmar, quedará en entredicho a la espera de nuevas y aviesas incursiones providencialistas que todo lo echan a perder. Rincón Gallardo ha dedicado tiempo y esfuerzo a convencer de la necesidad y la conveniencia de una política racional para la izquierda. Sólo a partir de ella, el país y quienes buscan su mejoría y fortalecimiento podrán salir al paso de los peligros de disgregación que ya asoman en el sistema político plural de México. Este no ha sido un ejercicio artificial de Rincón Gallardo y Democracia Social dictado por la arrogancia intelectual, la moda o la conveniencia publicitaria, sino el reconocimiento profundo de una necesidad que nuestra democracia, por sí sola, no parece estar en condiciones de satisfacer plena y oportunamente. De aquí la necesidad de actuar pronto y poner en marcha una auténtica cultura del acuerdo, que no tema al diálogo que quiere construir convenios y miradas comunes, voces amplias y diversas que den curso a una lealtad social y nacional que hoy ha sido puesta en cuestión una y otra vez. Con Rincón Gallardo, Democracia Social se empeña en una revisión sin concesiones de prácticas y rutinas, modos de razonar y conceptos empolvados, cuya ineficacia política e histórica se hizo evidente con la caída del Muro de Berlín en 1989. Sin pensar por un momento en que haya que ceder un ápice en las convicciones fundadoras de la cultura y la visión política que inspira nuestra posición de izquierda, buscamos ir más allá de las ruinas de una utopía desastrosa como fue la del comunismo soviético, sin aceptar que el único camino para hacerlo sea la celebración resignada, una forma más de rendición intelectual, de las ideas que hoy se piensan a sí mismas como las únicas verdaderas y eficaces para gobernar y organizar la supervivencia y hasta la vida buena del mundo moderno. Los nuevos loros parlantes de un liberalismo mal aprendido y peor traducido, nos proponen una visión reducida a su mínima expresión del ciudadano y la ciudadanía. Que el ciudadano vote, consuma y si puede lucre, parece ser la fórmula preferida de quienes en otro tiempo hubiesen dicho: ¡Qué coman pasteles! y hoy reaccionan irritados ante la crítica que hacemos a su democracia con un arrogante: ¿qué más quieren? Nuestra propuesta es otra, como es otra la vía que buscamos desplegar para que la ciudadanía sea el lugar donde se teja una sociedad en verdad habitable, que no avergüence ni asuste a nadie. Veamos en rápido resumen lo que queremos compartir de aquí en adelante. Reivindicar para la izquierda una política democrática y racional, de aliento histórico, que no renuncie a los compromisos profundos del socialismo con la libertad y la igualdad. Enriquecer, desde la izquierda, el pluralismo y la diversidad, para darle a los nuevos temas y problemas nacionales una impronta transformadora y una visión de largo plazo. Hacer del debate y la deliberación pública un ámbito respetuoso de construcción cívica, sin por ello hacer a un lado el obligado rigor en la crítica y la propuesta. Esto último, vale la pena reiterarlo, es una condición irrenunciable para que la democracia pueda ofrecer un gobierno eficaz del Estado, la sociedad y de la economía, en medio del vuelco fulgurante e ineludible del mundo de la globalización. He aquí, amigas y amigos, compañeras y compañeros de Democracia Social, algunos de los temas con que Rincón Gallardo y nuestro partido recorrieron México y alertaron y alentaron a una ciudadanía viva y paciente, que tiene derecho ya a una política responsable, firme a la vez que tranquila y serena, como la que hoy compromete a nuestros candidatos en todo México. Se nos ha querido embaucar con el mito del voto útil, pero nosotros decimos que en la democracia todos los votos son útiles Rolando Cordera Campos es presidente de la Fundación Carlos Pereyra del Partido Democracia Social y fue candidato a diputado federal en la elección del domingo pasado. |
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