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Un inmenso cambio cultural
No todos supieron entenderlo

Ricardo Becerra

Foto: Miguel A. Navarrete

1. Las nueve de la mañana: los partidos políticos representados en el Consejo General, la Alianza por el Cambio y la Alianza por México, pronuncian discursos lúgubres acerca de la "profunda inequidad" de la contienda electoral; acerca de las "casillas Progresa", de la enorme operación de "compra y coacción" del voto, de la forma facciosa como se ha conducido el presidente Zedillo. Mientras el PRI porta un discurso optimista, Alianza por el Cambio parece derrotado. Hasta un consejero electoral de inteligencia desmayada se permite expresar sus muchas dudas: no puede confiar ni siquiera en el trabajo del que ha participado durante casi cuatro años.

2. Diez horas: Cuauhtémoc Cárdenas declara, advierte "sus preocupaciones" por que ve al "régimen" echando todo su poder por delante para torcer la voluntad popular y arrebatarle su triunfo, el que de otra manera estaría asegurado.

3. A las 11 de la mañana, los periodistas, aquellos que vienen de los medios más críticos e influyentes dicen: "Está cabrón el acarreo", la manipulación, la tremenda "maquinaria del Estado" ha sido puesta en acción; medio en broma y mitad veras me dicen: "ya paren ese fraude"; es una elección como las otras, "los mismos vicios, fraudes y sesgos: Alianza Cívica se encargará de documentarlos".

4. Ninguno de los actores sabía o reconocía lo que en realidad ya había pasado en la sociedad mexicana: un inmenso cambio cultural, un cambio de actitud, que ha elegido al voto como su instrumento privilegiado. Ninguno de los políticos profesionales que declaraban ese día, candidatos, dirigentes, militantes, había captado la dimensión de una transformación que ya estaba ahí, y que se cuenta por millones.

5. Ocho de la noche y un minuto: las primeras encuestas de salida sorprenden por partida triple: por el candidato ganador, por el amplio margen de su triunfo y porque las encuestas más fiables nunca lo previeron: Vicente Fox con más de 42%.

6. El conteo y los datos del IFE confirmarían los resultados. La sorpresa es generalizada incluso en el bando de los ganadores. La actitud y los discursos cambian: ahora Zedillo es un hombre de Estado, un demócrata, símbolo y garantía de la transición democrática. De repente la jornada electoral se vuelve ejemplar, un proceso impecable, sin mácula.

7. Pero el proceso electoral era confiable desde que inicio. Por la manera como se organizan las elecciones, por las garantías materiales de ley y por las garantías adicionales que el IFE de José Woldenberg construyó. No podía haber un fraude, además, porque había ocurrido un cambio masivo en el electorado mismo. Pero la clase política no podía creerlo, lo que es más, no le convenía aceptarlo. ¿Hubieran sido menos limpias, menos confiables las mismas elecciones de ganar el señor Labastida? No. El cambio, las seguridades eran las mismas y funcionan independientemente del sentido de los votos. El fraude era imposible desde el principio. La democracia ya estaba entre nosotros.

8. Luego ocurrió lo que ocurrió: largas filas en las casillas, una jornada con indicadores récord, con descomunal eficacia, cero incidentes, triunfos espectaculares de la Alianza por el Cambio en las elecciones estatales, cifras rápidas que confirmaban esos triunfos. La maleza ideológica era apartada como tela de araña: habíamos vivido en efecto una elección limpia e incuestionable, esa que tantas veces había dicho Woldenberg que sería.

9. Nunca, como el 2 de julio, confirmé en carne propia, que el electorado, los ciudadanos mexicanos, son un contingente extraordinariamente complejo en sus opciones; que tenemos una ciudadanía que sigue estando, al final, por encima de los reflejos y la cultura de los políticos profesionales y del grueso de los periodistas, de esos que forjan a la opinión pública.

Esa compleja y plural ciudadanía es, en realidad, una desconocida: el voto del 2 de julio fue un acto de reflexión silenciosa, que se negó incluso a confesarse ante los sondeos y las encuestas, y esperó el día de la jornada electoral, la soledad de la mampara y de la urna, para manifestarse con claridad y contundencia. Ni siquiera los beneficiarios de esta decisión colectiva -empezando por Vicente Fox- lo sabían: ni el PAN ni el PRI ni el PRD, ni muchos ideólogos malhumorados supieron la calidad ciudadana sobre la que trabajaron durante meses. Desde hace años tenemos enfrente otro México, otra vida electoral y otra sensibilidad ciudadana, incluso en las vilipendiadas áreas rurales. Los prejuicios, las inercias y las conveniencias no nos lo dejaban ver. El 2 de julio las vino a eliminar y sacudir, ¡salud!

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM .

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