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Fox tendió la mano
Tendrá que gobernar con los demás

Pablo Hiriart

Las elecciones del domingo nos dejaron la sensación de que al PRI no le funcionó nada, que estaba más atrofiado de lo que suponíamos. Esta vez no le sirvieron al PRI los controles de antaño. Sus capacidades de coacción, de manipulación y hasta de persuasión, se vieron nulificadas en una jornada cívica que ya tiene lugar en la historia del país.

Foto: Araceli Herrera

La primera reacción ante la ventaja de Fox fue de incredulidad. A las cinco de la tarde del domingo, comentamos en la junta de redacción de Crónica que la votación venía favorable a Fox y que esa noche terminaríamos temprano porque iba a ser un resultado con amplia ventaja para el candidato azul. Casi nadie lo creyó, especialmente quienes ese día habían votado por el abanderado de Alianza por el Cambio. Les parecía increíble que las cosas fueran así de sencillas, luego de una extenuante campaña cuyo desenlace todos veían demasiado cerrado como para tragarse de buenas a primeras un resultado contundente.

Pero así fue. Al PRI le habían fallado todos sus mecanismos de control, e incluso los que no lo son en apariencia. Las encuestas fracasaron rotundamente en la gran mayoría de los casos. Las que se aproximaron con mayor precisión al resultado fueron aquellas que no se publicaron. Lo mismo ocurrió en el caso del linchamiento que se orquestó contra Vicente Fox en las últimas tres semanas de la contienda.

Medios impresos y electrónicos desataron una ofensiva ruidosa en contra del candidato de Alianza por el Cambio, con la intención de hacerlo aparecer como un "apátrida" y un "delincuente".

La población no se dejó impresionar por la cargada mediática y tuvo una reacción adversa ante el intento de manipulación. Por cada cheque que exhibía el PRI como prueba de la "corrupción" de la campaña de Fox, la mayoría de los medios soltaban salvas de escándalo que la ciudadanía no creyó. El uso intensivo de los medios masivos, especialmente la televisión, le resultó contraproducente al PRI y a los propios medios, que perdieron credibilidad o pudieron comprobar que ya no la tenían.

Pero además del asombro por el derrumbe del gigante, las elecciones dejaron también sentimientos encontrados.

Por un lado quedó la sensación de que hubo una competencia real, intensa, y que no sabíamos quién iba a ganar. Gilberto Rincón Gallardo la definió con precisión al momento de sufragar: hay certeza en el proceso e incertidumbre en los resultados.

Si lo que nos faltaba para creernos a nosotros mismos que vivimos en una democracia era una elección presidencial en la que perdiera el PRI, ya la tuvimos.

Antes de la elección se dijo que la prueba de nuestra democracia eran precisamente los pronósticos de un resultado cerrado e incierto. Los resultados apretados, en efecto, son parte de la normalidad democrática, tanto como los resultados por amplio margen de ventaja.

En Chile, Ricardo Lagos ganó por dos y medio puntos sobre Lavín, y en España el partido gobernante derrotó al PSOE por más de diez puntos de ventaja: España y Chile son igualmente democráticos.

Vicente Fox se impuso por una diferencia que podría ser de ocho puntos porcentuales, y es tan democrática como si Labastida hubiese triunfado por dos puntos o uno.

Otro sentimiento que nos dejó el proceso electoral, es que fue demasiado largo. Completamos un año en campañas presidenciales, internas de los partidos y luego entre ellos, que resultaron desgastantes para el país.

El Congreso dejó de legislar cuestiones importantes por la sombra de las elecciones. La reforma fiscal y la reforma eléctrica son dos imperativos para el país, que no se discutieron por el temor de los partidos a perder clientela electoral con temas tan espinosos. La justicia se politizó por el tema electoral. Como es el caso de Paola Durante, hay gente inocente que está en la cárcel porque si saliera en libertad podrían causarle daño electoral a determinado partido.

A partir de ahora, el principal desafío sería que los ganadores acepten con humildad su victoria y que la nueva era no altere la vida normal del país, en aquellos terrenos donde existe estabilidad.

Vicente Fox tuvo la grandeza de tender la mano a los derrotados. Ojalá sea una actitud de a deveras, permanente, y que no se olvide al primer arranque de coraje contra los que dejan el poder.

Lo peor que nos puede pasar es prolongar este clima de encono más allá de las elecciones. Fox va a tener que gobernar con los demás. Es indispensable el diálogo, llegar a acuerdos para destrabar los asuntos del país, para gobernar, y ya no para la destrucción del adversario.

La modernización del país no puede detenerse, necesitamos una segunda generación de reformas, y no podemos seguir atados de por vida a nuestro litigio electoral, que por lo demás la población lo resolvió de manera clara y contundente en la jornada del 2 de julio

Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica.

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