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Una oportunidad irrepetible
La transición ya había terminado

Ludolfo Paramio

Los reporteros de TV saben bien que la expresión de su rostro debe adaptarse a las circunstancias de la noticia sobre la cual informan. Al enumerar los desastres de una inundación deben expresar seriedad y una emoción contenida; ante el triunfo del equipo nacional, en cambio, lo adecuado es una rotunda aunque mesurada alegría. Las elecciones, en este sentido, plantean ciertos problemas: entre la audiencia puede haber tanto ganadores como perdedores, y resulta adecuada, por tanto, una expresión de profesionalidad y respeto ante la sagrada voluntad del pueblo, sin dejar que los propios sentimientos trasluzcan.

Foto: Luis H./Silva

Sin embargo, la reportera mexicana que informaba de los resultados de las elecciones del 2 de julio para el canal español de una cadena internacional de noticias (la cadena internacional de noticias por antonomasia) no podía impedir que le inundara el rostro una felicidad casi indecorosa. Se podía pensar en un primer momento que dejaba que la dominaran sus sentimientos personales más allá de toda consideración profesional, pero había una explicación aun más simple: estaba hablando para el exterior y daba por descontado que fuera de México todo el mundo esperaba con ansia la derrota del PRI. Y la frase con la que cerraba su intervención iba por ahí: al fin se había dado el último paso planteado por los analistas internacionales para decir que en México existía una nueva democracia.

¿Por qué nueva? Misterios del mundo de la comunicación. Lo que ella quería transmitir es que, ahora sí, ya México va a ser un país normal, dejando de ser el único ejemplo en el mundo, tras la caída del PCUS, en que un mismo partido llevaba gobernando desde hacía 71 años. Hasta el 2 de julio de 2000 esta singularidad pesaba insoportablemente sobre cualquier debate, familiar o académico, en torno a la política mexicana. No se le puede convencer a nadie de que en un país existe democracia cuando el gobierno no ha cambiado de manos durante más de 70 años. Y, sin embargo, lo que estas elecciones han venido a demostrar es que en México ya existía la democracia.

Cuando el gobierno cambia de manos por la simple fuerza de los votos, y su presidente y el candidato del mismo partido aceptan la derrota como unos caballeros -anunciando además que la transición se hará de forma transparente y ordenada-, lo menos que se puede decir es que la democracia como mecanismo de selección y renovación de los gobernantes está funcionando. Eso significa que esta transición entre el PRI y el PAN no representa la transición a la democracia, aunque, siendo el mundo como es, no sería nada sorprendente que este 2000 se tomara en el futuro tal proceso como fecha de cierre. Pero la alternancia no constituye una condición para la existencia de democracia: simplemente demuestra su existencia.

En este sentido, la existencia de democracia y la posibilidad de alternancia son méritos del gobierno anterior, y en particular del presidente Zedillo. Ciertamente, la normalización de los procesos electorales en México no representa una graciosa concesión de la presidencia, sino que es el resultado de una demanda social cada vez más extendida, e impulsada -a veces con un alto costo personal- por personas que se han enfrentado al autoritarismo más o menos filantrópico del régimen priista. Pero es indudable que el sexenio que ahora concluye ha sido decisivo para la consolidación de reglas e instituciones -especialmente el IFE- que han permitido convertir en norma la fiabilidad y la transparencia de las elecciones en México, y que esto no se habría logrado sin el acuerdo y el impulso del Presidente.

Los problemas del PRI

¿Cómo ha podido ser tan rotunda la derrota del PRI? En estos casos se suele señalar la necesidad de un análisis más detallado de los resultados electorales, pero de este análisis sólo puede obtenerse un mejor conocimiento de cómo y cuánto han pensado los distintos factores que trabajaban en contra del PRI. El primero, y muy obvio, son sus 71 años en la presidencia. En un país abierto al mundo, crecientemente globalizado en el plano cultural y con un enorme peso de la juventud, la continuidad del PRI resultaba cada vez más una anomalía para muchos mexicanos. Este es un factor que puede parecer superficial, que nada tiene ver con la valoración racional de la actuación de un gobierno o de las propuestas de un candidato. Y sin embargo pesa, y pesa mucho, especialmente en las clases medias.

Un segundo factor son las expectativas repetidamente frustradas. La crisis de 1994-95 fue una nueva versión de un drama ya repetido demasiadas veces, y la arrolladora victoria del PRD en el DF, en 1997, demostró a las claras que existía una voluntad muy extendida de ajustar cuentas con el PRI. Los estrategas de Fox parecen haber comprendido muy bien que los electores buscaban la mejor posibilidad de castigar al partido del gobierno por las siempre repetidas crisis, por los retrocesos cada vez más duros tanto en términos absolutos como relativos -frente a las expectativas creadas-, y pospusieron el contenido de sus propuestas políticas respecto a la capacidad de atraer a los electores. El mensaje de Fox, en último término, ha sido: si me votas tu voto contará, da lo mismo lo que haga luego, soy el único que les puede causar daño, que puede traer el cambio. Y ha funcionado.

El tercer factor ha sido la incapacidad del PRI para ofrecer una imagen de renovación y la vez capitalizar los logros del sexenio que ahora se cierra, o los avances históricos del país en estos 71 demonizados años. Es fácil criticar los giros en la campaña de Labastida, su recurso al viejo PRI en la recta final, pero no es tan claro que existieran alternativas mejores, ni es sencillo imaginar la forma en que se podría haber completado la renovación del partido sin que éste sufriera daños graves en sus apoyos electorales. En estos casos cualquier observador puede describir los objetivos que debía proponerse alcanzar la campaña de Labastida, pero sólo un observador muy ingenuo -o novato en el oficio- puede creer que identificar los objetivos es condición suficiente para alcanzarlos.

Tanto la división de las élites priistas como la heterogeneidad de sus bases sociales son datos indiscutibles, consecuencia a su vez del proceso vertiginoso de cambio económico y social de los últimos 20 años. Conciliar esa heterogenidad en un mismo proyecto político, aunar la renovación y la tradición priista era cada vez más difícil, y ya debe considerarse toda una proeza la realización con éxito de las elecciones primarias en las que resultó elegido Labastida como candidato. Quizá ese éxito hace más dura la aceptación de la derrota final, pero aun así no conviene simplificar. La campaña priista puede haber tenido torpezas, puede no haber logrado enlazar con el electorado, pero la tarea, desde luego, no era nada fácil.

Mérito y oportunidad de Fox

El principal mérito de Fox, como se señalaba antes, es haber hecho pensar que el voto opositor contaría si era un voto para su candidatura. Lo ha logrado en dos sentidos: primero, en perjuicio del PRD -aunque en este punto contara con cierta colaboración del propio PRD-, concentrando el voto opositor; segundo, logrando un incremento de la participación con la idea de que el voto sería efectivo. Para un electorado de clase media urbana, sin adscripción ideológica previa, un factor decisivo para la participación electoral puede ser el deseo de demostrar la efectividad política del voto propio. La campaña de Fox, por muy ambigua o contradictoria que pudiera ser en el plano ideológico y programático, logró plenamente el objetivo de convencer a los electores de que el voto a Fox sería un voto efectivo.

Su segundo y muy importante mérito ha sido asumir un impecable tono de estadista tras su victoria. Y este tono es el que le puede permitir aprovechar la irrepetible oportunidad ante la que se encuentra. El punto de partida, sin duda, es la legitimidad casi fundacional que le da el irse a convertir en el primer Presidente del México moderno que llega a este cargo derrotando al PRI en las urnas. Pero esta legitimidad se ve reforzada, además, por la claridad de esta victoria, acompañada por los resultados en las dos cámaras. Lo previsible es que su mandato comience en estado de gracia, dejándole en buena medida las manos libres para tratar de resolver problemas que han llegado a parecer insolubles en la vida política mexicana.

Un ejemplo obvio es el conflicto de Chiapas. No es probable que lo pueda resolver en 15 minutos, como afirmara en uno de sus característicos exabruptos de campaña, pero ciertamente su victoria crea una situación suficientemente nueva como para que Marcos deba replantearse su propia estrategia: una actitud de inmovilismo, de esperar y ver, resultaría cada vez menos comprensible por parte de la opinión pública, especialmente si Fox intenta relanzar la negociación. El EZLN no puede negarse a negociar remitiéndose a los incumplimientos del gobierno anterior, pero además no puede invocar la supuesta falta de legitimidad democrática del nuevo gobierno. Deberá moverse por tanto en el terreno de las diferencias políticas, y esto le obliga en principio a una nueva estrategia (también comunicativa).

Pero hay muchos más ejemplos. El hincapié que ha hecho Fox en la necesidad de erradicar la corrupción es un fuerte compromiso. Puede que muchos de sus seguidores crean que el simple cambio de gobierno puede bastar para terminar con la discrecionalidad y la venalidad de las autoridades y los funcionarios, pero es bastante evidente que éste no es el caso. Sin embargo, una de las condiciones fundamentales para imponer un cambio en las reglas no escritas de una administración es la credibilidad de quien afirma la necesidad de ese cambio. El mero hecho de que el gobierno federal pertenezca ahora a otro partido otorgará una fuerte credibilidad inicial a sus proclamas o amenazas de sanción contra los funcionarios corruptos.

Contando con esa ventaja, ya es mucho lo que se puede hacer si se plantea no como una simple campaña de declaraciones sino como una política de Estado. La reforma de la policía, de la administración de justicia y de la administración en su conjunto son tareas que sólo pueden abordarse como políticas de Estado, planeadas para contar con un plazo de maduración. No basta con depurar o sancionar, sino que es preciso seleccionar nuevo personal, formarlo y promocionarlo. Una profesionalización en serio de la policía y de la administración no se va a completar en un sexenio, aunque en este plazo se puedan realizar avances sustanciales. Lo que es peor: una reforma a profundidad, en esta línea, puede suponer inicialmente un empeoramiento de la situación: cuando se depura a un policía corrupto lo previsible es que se incorpore, libre de todo control, a la delincuencia profesional. Tanto la mejora como el éxito exigen actuaciones planeadas y prolongadas en el tiempo.

Esto significa que, para muchas de las soluciones que sus votantes esperan de Fox, el nuevo gobierno debe ser capaz de lograr un amplio consenso en la Cámara, que garantice la continuidad de las políticas más allá de su sexenio e independientemente del oportunismo electoral. La promesa de Fox de gobernar con todos y para todos debería tomar cuerpo en una nueva relación en San Lázaro entre el gobierno y la oposición, más que en la composición del propio gabinete. El cambio fundamental que podrían percibir los ciudadanos en el próximo sexenio sería que las diferencias partidarias no trabaran las medidas imprescindibles para resolver los problemas de su vida diaria.

Y en este punto también Fox va a tener una oportunidad irrepetible. Más allá de que el PRI pueda quedar privado de iniciativa por la crisis que bien podría abrirse tras la derrota electoral, Fox no va a tener a la hora de negociar con la oposición priista el problema que el PRI tenía al tratar de comprometer al PAN en la definición de las políticas de Estado. La permanente acusación de complicidad con el PRI a la que sometía el PRD al PAN deja de funcionar automáticamente una vez que el PAN ha ganado las elecciones y está en el gobierno, y en principio el PRI no debería ser demasiado susceptible a las críticas del PRD en este sentido.

Ciertamente se abren muchas incógnitas sobre las posibles crisis del PRD y del PRI, y las posibles transferencias de votos y cuadros entre ellos. Pero, independientemente de estas elucubraciones, lo obvio es que Fox va a tener inicialmente condiciones inmejorables para definir las políticas de Estado necesarias para resolver los grandes problemas mexicanos. De que las aproveche o no dependerá finalmente su valoración como presidente, más allá de los excesos, contradicciones y ruidos ambiguos que acompañaron su (triunfal) campaña electoral

Ludolfo Paramio es analista político, autor, entre otros libros, de Tras el diluvio (Siglo XXI)

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