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Víctima de la alternancia
Ahora sí se cayó el sistema

Gustavo Ogarrio

Foto: Santiago Salmerón/Contraluz

Eran poco más de las ocho de la noche del domingo 2 de julio cuando el acumulado antipriismo iniciaba su éxtasis massmediático: televisoras y radiodifusoras ondeaban las cifras de lo que instantáneamente se convertiría en la histórica derrota del PRI. Posteriormente, la asimilación piramidal de los resultados de la elección confirmaba la segunda certeza histórica: el IFE, el presidente Zedillo y hasta el mismo Labastida, pasando por Cárdenas y la CIRT, ratificaban el triunfo de Vicente Fox en la elección presidencial. El misterio de la alternancia había cobrado sus primeras víctimas naturales: Francisco Labastida y el PRI. A su vez, la debacle del tricolor certificaba dos tendencias casi irreversibles en los últimos años: la derechización del país y el multicitado hartazgo ciudadano del PRI. Simbólicamente, la caída del sistema del gobierno priista ganó a pulso la espectacularidad de la noche. Sin embargo, la posibilidad de una inminente y contundente derrota del PRI se había anunciado minutos antes, en los resultados de dos elecciones en el interior del país. En Morelos y Guanajuato, entidades donde también se celebraron elecciones para gobernador, diputados locales y presidencias municipales, el triunfo del PAN y de sus alianzas fomentaba las condiciones psicológicas, emotivas y cuasi religiosas de una victoria panista a nivel federal.

Con una amplia ventaja, que amenaza con transformarse en casi 55% de la votación en cada caso, los triunfos panistas en Morelos y Guanajuato pertenecen a dos procesos políticos distintos, que en la figura de Vicente Fox encontraron un motivo para asegurar y ampliar su ventaja. Hasta que el análisis de las cifras electorales demuestre lo contrario, que las elecciones locales se hayan empatado con las federales, ocasionó que el voto contra el PRI, la fuerza de Fox en la elección presidencial y las bondades electorales de una militancia blanda y eminentemente coyuntural, decantaran en un aventajado triunfo panista en Morelos y Guanajuato. Incluso, esta especial situación, la realización simultánea de elecciones federales y locales, dio a Santiago Creel, candidato de Alianza por el Cambio al gobierno capitalino, un repunte que de tan inesperado despertó la ambición electoral del panista, orillándolo a declarar por unas horas un insostenible empate técnico con López Obrador.

Sin embargo, esta debacle y este ascenso tienen también otra historia. En Morelos, la principal preocupación en la campaña de Juan Salgado Brito, candidato del PRI a la gubernatura, era deshacerse lo más pronto posible de la carga culposa que representaba la imagen del ex gobernador Jorge Carrillo Olea. Tal era la oscura fuerza y los poderes negativos que a nivel político inspiraba el ex mandatario, que hasta el mismo Sergio Estrada, candidato del PAN, en días previos a la elección, negó tener algún vínculo con él. Aún así, la sombra de Carrillo Olea no es más que el emblema de un proceso real de descomposición que experimenta aquella entidad. La corrupción y el crecimiento de la inseguridad pública, aunado a la vinculación entre el poder público, el narcotráfico y la red de secuestradores, configuraron las coordenadas de una reacción previsible también a nivel nacional, la derrota del PRI, y que en el caso de Morelos contaba también con la ventaja de un PRD debilitado en una entidad donde su presencia había crecido notablemente en años anteriores.

En Guanajuato, Juan Carlos Romero Hicks, representante por antonomasia del neopanismo, terminó por sellar las inclinaciones consustanciales al foxismo: la alianza estratégica con los empresarios de aquella entidad. Romero Hicks ganó la elección a gobernador con amplia ventaja sobre su más cercano contendiente, el priista Juan Ignacio Torres Landa, lo que atestigua no sólo la hegemonía de la derecha en el estado, sino también que de tan evidente se ha convertido en emblema: la creciente debilidad del PRI en el interior del país. En Guanajuato, el resquebrajamiento del tricolor comenzó en 1991, cuando el "iniciado político" de Manuel Clouthier, Vicente Fox, compitió por la gubernatura contra Ramón Aguirre Velázquez del PRI, y Porfirio Muñoz Ledo del PRD. La turbulencia arrancó al impugnar la oposición el supuesto triunfo del priista, lo que llevó a la famosa concertacesión con Carlos Salinas de Gortari, en la que el panista Carlos Medina Plascencia asumió el interinato. El PRI no sólo perdió en aquella ocasión la gubernatura, también demostró que ya no poseía la "energía" como para sostener abiertamente un fraude o un triunfo dudoso. Finalmente, Fox llegó al gobierno de Guanajuato en 1995 para desde ahí desplegar la retórica empresarial y redencionista que actualmente posee, así como para naturalizar políticamente la estrategia de la contradicción permanente e inmunizarse contra el virus de la crítica.

Guanajuato se ha convertido en centro de operaciones del neopanismo, lo que explica la razón de un triunfo que, además de haber obtenido mayoría en el Congreso y romper la mayoría absoluta priista en el Senado, confirman el inmenso avance de la derecha en el país, con todo lo que ideológicamente puede significar esto: la hora política de la derecha llegó justo cuando el PRI se hallaba terminalmente extraviado en la modernidad política.

Interrogatorio al pie de la alternancia

Es evidente que la demanda ciudadana de alternancia, la misma que ha llevado a Fox a derrotar al PRI en la elección por la Presidencia de la República, tiene un origen múltiple y heterogéneo. Ya lo señaló y defendió Cárdenas al aceptar las tendencias de la elección: la izquierda es parte fundamental de la causa de la alternancia, lo que orilla a pensar que la modernización y actualización de los proyectos políticos de los partidos tendrá que ser también múltiple.

A manera de interrogatorio y colofón ciudadano: ¿podrá el panismo comprender que su orgánica inclinación conservadora, aunado al sentido empresarial, liberal-redencionista y escenográfico que le ha imprimido el foxismo, pueden representar el cuño de nuevos autoritarismos? ¿Mudaremos de mitos en materia de cultura política, o sólo reeditaremos algunos de los que el PRI había sido incapaz de renovar, como el que ahora representará la orfandad dionosáurica de Leonardo Rodríguez Alcaine, líder cetemista? ¿Servirán las elecciones para que los partidos y el poder público fijen su atención en una ciudadanía que ya no se conforma con votar, sino que además exige la extensión de sus derechos políticos? ¿Podrá la tan cacareada democracia política servir como plataforma para una democracia ampliada, económica y radical, que pase por una equitativa distribución del ingreso? ¿Seguirá siendo el proyecto económico del país monopolio del Ejecutivo? ¿Tendrá nuestra democracia formal la posibilidad de crear tensiones productivas entre los distintos poderes públicos? ¿Terminará por fin el sometimiento de los gobiernos estatales a las políticas del Ejecutivo? ¿Le alcanzará al PRD el lugar que le han asignado los votos para iniciar su autocrítica, reforma y actualización política? ¿Se inclinará Fox por su lado redencionista, autoritario y fundamentalista? ¿Servirán las elecciones para consolidar una ciudadanía crítica y demandante? ¿Se abrirá por fin un profundo debate sobre el papel de los medios en la conformación de la cultura política de nuestra heterogénea sociedad? ¿Encontraremos una alternancia con suficiente contenido como para enfrentar pendientes como la creciente pobreza, Chiapas, la UNAM, o lo que falta de la reforma política?

Gustavo Ogarrio es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM.

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