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elecciones

La noche del naufragio
Tenso, Zedillo admitió el resultado
Elección aclamada en todo el mundo
Concordia y pluralidad, ofreció Fox

Marco Levario Turcott y Raúl Trejo Delarbre

Foto: Antonio Nava/Ave

 

De todas las escenas emblemáticas del día más destacado en la historia mexicana reciente, quizá la más notable fue la comparecencia televisiva del Presidente de la República a las 11.06 de la noche del 2 de julio. Tres horas antes, las dos televisoras habían confirmado la versión que desde el mediodía recorrió las redacciones y se fue trasminando a las calles: el PRI había perdido el gobierno de México. Todas las encuestas de salida de casilla, con márgenes diversos, coincidían en la misma tendencia. Era un hecho. Pero no tendría legitimidad política hasta que fuera reconocido por el adversario.

Ernesto Zedillo entendió, sin duda, la trascendencia de ese anuncio. Implicaría su consagración como el mandatario de tal manera comprometido con la democracia que admitía incluso el triunfo nacional de un candidato de la oposición. Pero además ese mensaje a los mexicanos significaría, de una u otra manera, el acta de defunción del PRI, al menos como hasta ahora lo hemos conocido.

Todos sabíamos el contenido de ese anuncio. Por eso era más esperado. El Presidente de la República lo grabó poco antes y, apenas pasadas las 11, después de la información del presidente del IFE José Woldenberg, Zedillo apareció en el que, posiblemente, haya sido el momento más difícil de su sexenio.

Fueron 27 palabras: "El IFE acaba de anunciar que cuenta con información preliminar, pero suficiente, para asegurar que el próximo Presidente de la República será el licenciado Vicente Fox Quesada". Ese fue el reconocimiento sin el cual tendencias de votación, encuestas en casillas, aproximaciones al cómputo electoral y otros ejercicios demoscópicos y especulativos habrían quedado truncos.

El doctor Zedillo se veía serio, severísimo. Tenía el rostro adusto. Ni por asomo, alguna de las sonrisas que ha esbozado aun en las circunstancias financieras o ante los desastres naturales más delicados en el transcurso de su gobierno. El ceño que mantuvo durante los seis minutos de su mensaje revelaba una tensión inédita, física y política.

Ni una sonrisa, ni siquiera cuando anunció que él mismo encabezaría el proceso para el cambio de gobierno. Ni un solo adjetivo para reconocer el triunfo de quien lo habrá de suceder. Tan adusto como el Juárez retratado en el óleo que tenía a sus espaldas, tan formal como la bandera tricolor que lo flanqueaba, el presidente Zedillo fue todo lo institucional que podía ser en una circunstancia tan dramática.

Por décadas los mexicanos supimos, con aprensión o esperanza, que alguna vez llegaría el día cuando el PRI dejase de gobernarnos. Durante meses sospechamos que, quizá, ese día sería el 2 de julio. Esa posibilidad hizo de estas elecciones las más esperadas, puesto que eran las más competidas en la segunda mitad del siglo que, ahora sí, está concluyendo.

Zedillo no tuvo cortesías con el candidato ganador, pero sí enfáticos elogios para Francisco Labastida Ochoa. "Invariable apego a los valores de la democracia y honda pasión por México", "integridad y enorme e incuestionable dedicación", "admiración", "respeto", "invariable afecto", reconoció el Presidente en el candidato de su partido. Incluso, aunque fueran breves las frases empleadas para reconocer la labor de su partido, Zedillo remarcó los avances que, dijo, gracias al PRI ha tenido nuestro país.

A Fox no le admitió más que el triunfo, pero con eso era suficiente. La historia de México dio un quiebre en el transcurso del domingo 2 de julio y la declaración de ese cambio ocurrió a las 23.06 ante millones de televidentes y radioescuchas.

Una gran elección

Foto: Claudia Hernández Ramírez

Para entonces, todo México y gran parte del mundo sabían que nuestro próximo Presidente no será un priista. Esa fue la noticia. "El retador gana en México, el partido gobernante acepta", titularía The New York Times su primera plana del lunes. "El partido gobernante en México pierde la Presidencia en una elección histórica", sintetizó Los Angeles Times. "Los votantes mexicanos terminan con el reinado de 71 años del PRI", proclamó el Chicago Tribune. "El candidato de oposición gana la elección mexicana", dijo el sobrio The Washington Post. "El PRI perdió en México tras 71 años en el poder", anunció Clarín, de Buenos Aires. "Poder cambia de manos tras 71 años en México", telegrafió La Tercera en Santiago. "Los mexicanos terminan con 71 años de hegemonía del PRI", explicó el parisino Le Monde.

En todos esos diarios, igual que en la televisión internacional, la novedad no era el triunfo panista sino la derrota del partido hasta ahora en el gobierno. El protagonista, en esos encabezados, fue el PRI y no Vicente Fox. El lunes 3 de julio, en los principales rotativos nacionales sucedió lo contrario. Con excepción de La Jornada que cabeceó "Adiós al PRI", los demás diarios colocaron en sus titulares el nombre y/o el apellido del candidato triunfante, subrayando que los ciudadanos habían optado por el cambio.

Pero la hazaña de Fox es comparable a la relevancia que los medios de todo el mundo le dieron al resultado electoral. A estos comicios se les ha comparado con la caída del Muro de Berlín. No es para tanto, aunque en la política mexicana el resultado electoral implique el advenimiento de un nuevo y aún incierto régimen. Es, quizá, como si Vladimir Putin le hubiera ganado unas elecciones al viejo PCUS.

Ya se verán sus dimensiones históricas. Por lo pronto, en la sociedad mexicana hay una mezcla de expectación e incertidumbre. Ese estado de ánimo se advertía desde el domingo en la mañana, cuando los ciudadanos empezaron a llegar a las casillas muy temprano. Había entusiasmo y confianza. Las irregularidades fueron por hechos menores. Gente que no pudo votar porque se acabaron las 750 boletas que podía haber en las 716 casillas especiales, errores en el padrón o equivocaciones de los funcionarios de casilla, en unos cuantos sitios presiones a los votantes pero nada que no pudiera resolver una amonestación a tiempo. A los funcionarios de una casilla en el Estado de México los atacó un enjambre de abejas y tuvieron que ser reemplazados. En el Distrito Federal, una casilla tuvo que ser instalada en un domicilio distinto del previsto porque, cuando llegaron sus funcionarios, los habitantes de esa casa aún no se reponían de una terrible juerga que se pusieron la noche anterior. En el aeropuerto de la ciudad de México varias docenas de indignados ciudadanos persiguieron, hasta hacerlos huir, a los funcionarios de una casilla local donde sólo se podía votar por los candidatos en el DF y no para la elección nacional.

Fue, en toda la extensión del término, una gran elección. A las tres de la tarde el consejero presidente del IFE, José Woldenberg, pudo anunciarle a la nación que habían sido instaladas 99.09% de las poco más de 113 mil casillas en todo el país. La principal irregularidad fue ese anuncio mismo porque, aunque estaba previsto para difundirse a esa hora en cadena nacional, interrumpió la transmisión desde Rotterdam de la final de la Eurocopa de futbol. Hasta en esa involuntaria intromisión, el IFE tuvo buena suerte. Cinco minutos antes del corte para la información electoral, el moreno Sylvaine Wiltford había anotado el gol que le permitió a la escuadra de Francia empatar a un tanto con Italia, lo cual obligó a que se jugase tiempo complementario. Luego vino la información de Woldenberg y apenas un par de minutos más tarde, el francés David Trezeguet, con un disparo impresionante de zurda, metió el gol de la victoria sobre el equipo italiano. El IFE no nos estorbó ninguna jugada relevante.

También la disputa política en México se resolvía prácticamente en tiempos extras y por márgenes que parecían cerrados. Antes de que se conocieran de manera abierta las estimaciones de la elección presidencial fue posible saber las tendencias que, según las encuestas, había en las tres votaciones para gobernadores. En las tres perdió el PRI. En Morelos y Guanajuato los panistas Sergio Estrada y Juan Carlos Romero y en el Distrito Federal el perredista Andrés Manuel López Obrador serán los nuevos responsables de cada uno de esos gobiernos.

Ninguna de esas decisiones fue sorpresiva, pero permitió confirmar la creciente diversidad del mapa político mexicano. Sería preciso aguardar a conocer la conformación del Congreso de la Unión para entender en qué medida tenemos un país cuya representación política se encuentra cada vez más repartida entre dos grandes fuerzas -Acción Nacional y el PRI- y, secundariamente, con el PRD como partido que, en minoría, será capaz de articular alianzas y nuevos equilibrios. (Antes del cómputo distrital, que ocurriría durante todo el miércoles 5, se anticipaba que el PRI tendría aproximadamente 208 de los 500 diputados federales, el PAN, 224 y el PRD, 68.)

En la ciudad de México se esperaba el triunfo de López Obrador. Sin embargo, el margen que obtuvo fue menor al casi 50% que hace tres años recibió Cuauhtémoc Cárdenas en la primera elección para jefe de gobierno de la capital del país. El dato nuevo -que indica un enorme mérito del PAN y constata el efecto que tuvo la candidatura de Vicente Fox- fue el segundo lugar para Santiago Creel. Muy atrás, en un insospechado tercer sitio, el candidato priista, Jesús Silva Herzog, parece haber padecido todas las desventajas que hoy experimenta su partido: los gobiernos de oposición no han decepcionado a los ciudadanos al grado de hacerlos votar de nuevo por el Revolucionario Institucional; ese partido tuvo una campaña titubeante, sin propuestas ni compromisos claros; pareciera que los priistas no se hacían cargo de las nuevas exigencias ciudadanas.

Horas antes, se conocía el resultado

Foto: Octavio Nava/Ave

A las seis de la tarde del domingo, las televisoras anunciaron las tendencias de las tres elecciones locales. La prohibición legal para ofrecer resultados de encuestas aún tenía vigencia por dos horas más y los informadores apenas podían disimular la prisa por superar ese límite. Al menos desde las dos de la tarde, en los partidos y en las redacciones comenzó a saberse el perfil que asumiría la elección presidencial.

A partir de encuestas a la salida de casilla y gracias a la fuerte afluencia de votantes desde las primeras horas de la mañana, los encuestadores les ofrecieron a sus clientes un anuncio que todos, incluso sus beneficiarios, se resistían a creer. Fox iba ganando, pero no por uno o dos puntos como, a lo mucho, se llegó a anticipar. La diferencia podía llegar a los diez puntos, anunció casi a las 14 horas una empresa demoscópica. Son ocho, precisó otra cerca de las cuatro de la tarde. Para entonces, había quienes daban la victoria al candidato de la Alianza por el Cambio con tres puntos, otra empresa decía que cinco, alguna más insistía en que más de seis. A partir de metodologías diversas, todas las empresas contratadas por los partidos y/o por medios de comunicación avisaban que el triunfo sería para Fox.

No había dudas. Pero a las seis de la tarde, cuando en los medios esa noticia parecía firme, el veto legal impedía ofrecérsela al resto de los mexicanos. En las oficinas nacionales del PRI, al menos desde las dos de la tarde se advirtió la que, poco después, sería una insospechada pesadilla para sus dirigentes y militantes: no sólo perdían las elección presidencial sino que eso ocurriría por un margen de siete puntos. La catástrofe.

Los priistas, con disimulo, comenzaron a cancelar los festejos que habían previsto para quien consideraban inminente triunfo de Francisco Labastida. Algunos de sus voceros, que todavía a las 12 del día aseguraban, off the record, que su candidato iba adelante en las estimaciones de votación, a partir de las 14 horas enmudecieron y se hicieron inencontrables. El triunfo suele tener no sólo muchos padrinos sino también muchos voceros. La derrota es huérfana también en exegetas.

El PAN y su candidato fueron prudentes. Ni una palabra triunfalista salió del nuevo búnker blanquiazul al sur de la colonia Del Valle, donde todavía el sábado en la noche trabajaba un ejército de técnicos y obreros para a duras penas dejar todo listo para el día de las elecciones. Hasta allí había llegado Vicente Fox, después del mediodía, luego de votar y desayunar en San Francisco del Rincón, donde le cantaron las mañanitas porque, como hoy todos saben, nació 58 años atrás, un 2 de julio en la ciudad de México. El canto cumpleañero lo escucharía más tarde una y otra vez el candidato de la Alianza por el Cambio.

Fox pasó la tarde en las nuevas instalaciones panistas, cercado por versiones de los resultados primero contradictorias y luego de una unanimidad que no dejaba lugar a dudas. Pero fue cauteloso.

También lo fueron las televisoras. A las ocho en punto -quizá unos segundos antes- Joaquín López-Dóriga anunció en el Canal de las Estrellas los datos de su encuesta. Fox llevaba 44%, Labastida 38% y Cárdenas 16%, según los ciudadanos entrevistados por Consulta/Mitofsky. Unos segundos después, Javier Alatorre anunció cifras similares (38.8%, 30.5% y 15.7%) de la encuesta encargada por Televisión Azteca a la empresa Covarrubias.

Medio minuto después entró al aire la cadena nacional del IFE, donde José Woldenberg agradeció la participación de 443 mil 404 funcionarios que estuvieron a cargo de las casillas y 436 mil 536 representantes de los partidos que las vigilaron. Las urnas ya estaban cerradas. Era hora de contar votos. Pero el cómputo inicial -a partir de entrevistas a la salida de casillas- era suficiente para satisfacer la expectación de los mexicanos.

A las 8.16, en representación de la cámara de radiodifusores, Joaquín Vargas terminó con las dudas, si es que alguien las tenía, sobre la derrota del PRI. A partir de tres conteos rápidos encargados por la CIRT, se confirmaba la tendencia, clarísima, en favor de Vicente Fox.

Media hora después, a las 8:48 de la noche, mesurado y sin anticipar un solo dato, el candidato presidencial del PAN apareció delante de los periodistas que reclaman sus declaraciones. No fue triunfalista y habló de unidad, en un mensaje para sus correligionarios pero también destinado a sus adversarios políticos. Lo mismo repetiría más tarde, flanqueado por sus hijos, en una conversación con López-Dóriga.

Se escuchó el himno, el barco se hundía

Pasarían casi tres horas para que la nueva condición política del país se hiciera oficial. A las 11 de la noche, de nuevo en cadena nacional, el consejero presidente del IFE dio los datos de tres conteos rápidos: Fox alcanzaba entre 39 y 45% de los votos; Labastida entre 35 y 38.9%; Cárdenas entre 15.1 y 18%. Fue hasta entonces que apareció, también en todas las estaciones de televisión y radio del país, el mensaje del presidente Ernesto Zedillo.

Luego, fue el turno de Francisco Labastida. El nerviosismo, la falta de coordinación y la ausencia de previsiones, el desaliento y la tristeza, todo eso, condujeron a que el discurso del candidato del PRI -frente a un auditorio repleto de militantes cuyo rostro, más que de tristeza era de estupefacción- comenzara cuando todavía se estaba transmitiendo la alocución del Presidente de la República. Por eso, los mexicanos no escucharon el segmento inicial, el más definitorio, con las palabras más difíciles de cuantas haya dicho en público ese político sinaloense. Las tendencias, "no favorecen mi candidatura... La ciudadanía tomó una decisión que debemos respetar, yo pondré el ejemplo".

No saludó a su contrincante. No quiso, o no pudo. Todavía a la mañana siguiente, Vicente Fox aseguró que no esperaría las congratulaciones de Francisco Labastida sino que él mismo lo llamaría. Hasta el martes en la tarde, que es cuando se escribe esta crónica, tal cosa no había ocurrido. El 4 de julio hubo, eso sí, un gesto de acercamiento del candidato triunfante cuando informó que había retirado la demanda penal que días antes había entablado en contra de Labastida Ochoa y otros funcionarios priistas por el presunto delito de difamación.

Por lo pronto, a eso de las 11:18 de la noche del 2 de julio, el auditorio Plutarco Elías Calles del PRI era todo silencio, únicamente se escuchaba la voz triste de Labastida asegurando "nuestro partido está vivo, seguirá vivo". Pero no eran de vitalidad, sino de una profunda ausencia las miradas húmedas que se advertían entre quienes lo rodeaban y la estupefacción de otros como el dirigente de los trabajadores, Leonardo Rodríguez Alcaine, que días antes había amenazado con una huelga generalizada si llegara a ganar Vicente Fox y que en esos duros momentos dijo que fue mal entendido, que nunca amenazó con alguna movilización sindical en caso de que ocurriera lo que en esos momentos ya era una, triste y dramática, realidad para los priistas.

Los priistas estaban conmocionados. No era para menos. A alguien se le ocurrió cantar el Himno Nacional y las frases que ahí se escucharon terminaron por configurar el rostro de la derrota que es la amargura. Una hora antes, con un ánimo radicalmente distinto, a Vicente Fox una multitud le había cantado "Las Mañanitas" en el edificio del PAN.

Las televisoras mostraron escenas de la explanada del PRI, donde unas cuantas docenas de abatidos militantes con pancartas, panderos o matraca en mano abandonaban el escenario de tantos triunfos y ahora, de una sombría soledad. En Televisa, Héctor Aguilar Camín apuntó con agudeza: "Hay que reconocerle al PRI que abandona la escena sin explosión, cantando el Himno Nacional que sonó como un réquiem".

Aguilar Camín desarrolló esa metáfora y escribió para la edición del martes 4 de El País, de Madrid: "Han muerto por última vez varios cadáveres ilustres: el dinosaurio ubicuo y la dictadura perfecta, la oposición buena y el Gobierno malo, el soviético partido de Estado y la imbatible mancuerna PRI-gobierno. En un sentido estricto, ha muerto el PRI como quería T. S. Eliot, no con una explosión, sino con un gemido: luego de que el candidato Francisco Labastida reconoció sin tapujos su derrota, los priistas cantaron el himno nacional, solemnes y doloridos, como parados en la proa del Titanic".

Exigencias de panistas a Fox

Quizá se hundía el barco priista, pero la nave nacional tendrá que seguir a flote y tiene nuevo conductor. Vicente Fox, quien a pesar de la extensa jornada que había protagonizado, vigorizado por el triunfo, se dirigió a El Angel, en Reforma, para ser vitoreado por 15 mil o 20 mil panistas que lo esperaban desde varias horas antes.

Foto: Santiago Salmerón/Contraluz

A las 12.55 de la noche o, si se quiere, ya en la madrugada del lunes, Fox escuchó de nuevo cánticos por el cumpleaños que había pasado y presenció un anticipo de las dificultades que tendrá en la coalición que lo apoyó en su campaña. A nombre del Partido Verde, Jorge González Torres apenas atinó a decir unas cuantas y nada originales palabras: "México canta, canta de alegría...", exclamó tomando como pie "Las Mañanitas" que la muchedumbre le había entonado al candidato. No dijo nada más. Luis Felipe Bravo Mena, con sobriedad pero contenido político, aseguró que ahora sí comenzaba el siglo XXI de México y previno: "Esa nueva etapa debe construirse sobre nuestras virtudes cívicas y no sobre nuestras pasiones". Enumeró tres de esas virtudes: generosidad, tolerancia y diálogo político. Sin embargo, la multitud gritaba, enfebrecida: "¡Arriba, abajo, el PRI se va al carajo!".

A la una de la mañana Vicente Fox, algo afónico ya, recordó que en ese sitio, frente al ángel dorado, "aquí estuvo en huelga de hambre Manuel Clouthier, El Maquío". Aquel personaje fue quien, como Fox ha dicho, lo metió a la política. Doce años después, el PAN, que no pudo ganar con Clouthier, llegaba a la Presidencia.

Fox siguió con sus agradecimientos: al IFE, al presidente Zedillo ("quien tuvo la valentía, el compromiso democrático de hacer ese reconocimiento que mucho aporta a que esta transición sea pacífica, rápida y que nos ponga en el camino del desarrollo"). Luego aseguró: "Hoy México entra al siglo XXI con el pie derecho". Lo que es seguro, no será con el izquierdo, si es que las ideologías aún existen.

Cuando Fox se comprometía a encabezar "un gobierno incluyente, un gobierno plural", la muchedumbre comenzó a exigirle: "¡No nos falles, no nos falles, no nos falles!".

Al menos en esos momentos, el candidato de la Alianza por el Cambio dejó en el olvido aquella consideración que hizo el 10 de marzo de 1999: "La política es para los que ganan, los que pierden quedan fuera".

Esta vez, Vicente Fox habló de concordia y se comprometió a configurar un gobierno plural.

"¡No nos falles, no nos falles!", fue el grito, entre festivo y exigente, de las miles de personas que se aglutinaron alrededor del candidato triunfante.

Claro que no, exclamó el candidato un tanto sorprendido. Pero el reclamo allí quedó. Porfirio Muñoz Ledo, que no se había previsto que hablara en ese mitin, se acercó al micrófono. "Orale, Porfirio", concedió Fox. Trató de enmendar la situación: "Vicente no le fallará a la gente, pero nosotros no le fallaremos a él".

En la periferia del Monumento a la Independencia, los reflectores del mitin foxista iluminaban una manta de la campaña del PRI, donde se ve al candidato Labastida con su esposa. "Que el poder sirva a la gente", rezaba la pancarta. Lo mismo le decían sus correligionarios a Vicente Fox.

El sentido democrático

Ese domingo 2 de julio pasadas las seis de la tarde, los mexicanos presenciamos algo a lo que no estamos acostumbrados y es el sentido republicano que yace en una contienda electoral cuando los competidores reconocen triunfos y derrotas. Los señalamientos de fraude anticipado que algunos opositores hicieron unas semanas antes de la elección fueron sustituidos por el reconocimiento unánime de la limpieza de los comicios y, en consecuencia, del resultado electoral. La inminente derrota del PRI, que como ya hemos dicho se avizoró desde las dos de la tarde del domingo, ahora deja para la anécdota los cuestionamientos que antes del mediodía hizo Vicente Fox sobre la jornada electoral. "Todo este proceso ha sido inequitativo... las ilegalidades están a la vista de todos, como la compra y la coacción del voto", comentó el candidato de la Alianza por el Cambio. El sabor de la victoria y la no menos voluntarista asociación de que un proceso electoral limpio significaba la derrota del PRI, fueron suficientes para que los principales actores de la oposición validaran la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas.

Algunos minutos después de las seis de la tarde, Manuel Camacho Solís apareció en las pantallas. El mismo rostro duro de siempre. "Lo de menos ahora", advirtió, es si el Partido del Centro Democrático obtuvo o no el registro. El ex priista dijo que lo importante era la derrota del PRI y enseguida reconoció el triunfo de Vicente Fox. Algunos minutos después, sobrio y sin aspavientos, Gilberto Rincón Gallardo admitió que "México legitimó" al candidato de la Alianza por el Cambio y urgió a la conciliación entre las fuerzas políticas para garantizar la gobernabilidad.

Poco antes de las 11 de la noche, Cuauhtémoc Cárdenas reconoció también el triunfo de Vicente Fox pero se negó a felicitarlo porque, advirtió, "lo que está sucediendo es una desgracia para el país". Rodeado por la dirigencia de su partido y con sonrisas de agradecimiento por los vítores de sus correligionarios, el candidato de la Alianza por México dijo que la lucha de su partido había contribuido decisivamente al "desmantelamiento del régimen de partido de Estado" y pidió que no privara el desaliento, que ahora tendrían que organizarse mejor para ser la oposición más vigorosa del nuevo régimen. Una y otra vez fue interrumpido por los aplausos de los presentes y una y otra vez se escuchó el grito: "Duro, duro, duro". Tal fue el eco de la derrota electoral, pero además el testimonio de que, en efecto, el esfuerzo perredista fue fundamental para el desenlace del 2 de julio.

Antes de que terminara el día volvió a las pantallas el consejero presidente del IFE: José Woldenberg, quien reiteró lo que ya había dicho e invitó a los televidentes y radioescuchas a que, como él lo haría enseguida, nos fueramos a dormir tranquilos. Woldenberg durmió poco, porque desde las siete de la mañana del lunes ya estaba de nuevo informando a los ciudadanos sobre el proceso electoral.

La noche no fue tan larga

Siempre, en verano, el día es más largo que la noche. El domingo 2 de julio asistimos al desenlace de una intensa competencia electoral. No estamos frente a un amanecer que delimite por antonomasia los tiempos mexicanos como un antes y después de esa fecha emblemática. Al día siguiente, el lunes, no hubo gloria ni tragedia: beneplácito sí, porque tuvimos un proceso ejemplar con actores políticos que, al menos ese día, estuvieron a la altura de las circunstancias.

La noche fue tranquila, festiva y bailarina para unos, triste y pasmosa para otros. Constatación para todos, del avance democrático que México ha tenido. Las campañas electorales -con todo y el intercambio de improperios y exhibición de generalidades- fueron más espectaculares que el resultado de los comicios. En aquella jornada también prevaleció la mesura en los medios de comunicación, que hicieron un constatable esfuerzo por ofrecer una cobertura más o menos precisa de los acontecimientos. La exposición de imagen y sonido, la transmisión en vivo y directo, también la letra impresa al día siguiente, reflejaron un entusiasmo inusitado por este hito histórico que ahora está convertido en expectativa y preguntas: ¿qué sigue? ¿Cómo operará el cambio? ¿Cuál será el nuevo rostro del sistema político mexicano, ahora sí, cercano el inicio del próximo milenio?

El encuentro

Foto: Contraluz

Al día siguiente, en Los Pinos, diez minutos después de las seis de la tarde, según los partes periodísticos, se reunieron el presidente Ernesto Zedillo y quien lo relevará en el cargo el próximo 1 de diciembre, cuando Vicente Fox reciba de aquél la banda presidencial. El primer encuentro preparatorio de la transmisión del Poder Ejecutivo duró cerca de 50 minutos. Inició con el saludo relajado del doctor Zedillo: "Pues mira, ya estamos chambeando desde el primer instante", le dijo a quien dentro de cinco meses ocupará la residencia oficial. Y luego, los dos se reunieron en privado.

Más tarde, mediante conferencia de prensa, Vicente Fox afirmó que le quedó "muy clara la voluntad mostrada por el presidente Zedillo" para "asegurar un tránsito verdaderamente armónico, con estabilidad hacia el nuevo gobierno". Ese día, la bolsa cerró con una ganancia de siete mil 373 puntos y el peso en ventanilla a 9.70.

A esa hora se especuló sobre las tensiones que habría en el PRI para definir a una nueva dirigencia nacional, roces que incluso pospusieron la conferencia de prensa a la que el vocero de ese partido había convocado. La discusión siguió el martes con el mismo resultado y, en la tarde de ese día cuando se escribió esta crónica, otra vez fue pospuesta la conferencia de prensa. En ese lapso, por cierto, se hicieron algunas críticas al doctor Zedillo, provenientes de algunos líderes priistas, quienes le cuestionaron el reconocimiento que hizo de la victoria del candidato de la Alianza por el Cambio.

Pese a todo, durante esos días privó un ambiente de civilidad política, de confianza en las leyes, instituciones y procedimientos electorales. Aquel domingo histórico en México es ya el piso donde poder construir lo que sigue y darle contenido al cambio

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