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Alternancia... y después
Aprensión e incertidumbre

Antonella Attili

Foto: Antonio Nava/Ave

La tan deseada y a la vez temida alternancia ha llegado a México para hacer del 2000 un año simbólicamente contundente y finalizador de la política mexicana de gran parte del siglo XX.

Este 2 de julio del 2000 se derrumbó el escenario de la inamovibilidad del Partido Revolucionario Institucional en la Presidencia del país. El amplio margen del triunfo panista, con Vicente Fox como su candidato a la Presidencia, viene a sacudir la historia de la transición mexicana y a empujar a esta joven democracia a las aguas frías del entusiasmo de la alternancia.

Con ello cayeron las últimas reservas a la constatación de la salud institucional y procedimental de la democracia mexicana. La ejemplaridad de la jornada electoral ha dejado amplia satisfacción institucional y ciudadana en el procedimiento democrático, transparente, ordenado y pacífico, para elección del gobierno. La modalidad más igualitaria y competida de estas elecciones deja una nueva percepción de la vida política plural y democrática en México; claramente democrática, aun con la conciencia de las limitaciones perceptibles y de lo todavía pendiente en la labor de mejoramiento y consolidación de la democracia mexicana.

También el riesgo de reversibilidad de las grandes transformaciones democratizadoras, que hicieron posible la alternancia, se ve minimizado por este hecho que sin duda sella el definido perfil democrático y la solidez de sus principales instituciones. La misma respuesta tanto de candidatos perdedores, del PRD así como del PRI, del candidato ganador panista de la Presidencia han estado a la altura de la responsabilidad política necesaria ante tal gran evento.

Ahora la expectativa importante se condensa sin duda ante la capacidad y el modo en los que se dé el ajuste/reajuste a los que dará lugar el nuevo régimen: de ello dependen los contenidos concretos que asumirán la construcción de nuevas relaciones de poder en la alternancia, la aceptación del escenario político inédito y (democráticamente) revolucionario acompañado por nuevos equilibrios de poder nacional y locales, la recomposición del tejido político-social para la gobernabilidad en esta nueva fase de la democracia mexicana y, no por último, la producción de estabilidad en los mercados político y económico del país.

También la actitud que asumirá el nuevo Presidente electo genera expectativas sensibles: será decisiva su capacidad de dejar a un lado las peculiaridades de una personalidad polémica -por decir poco- y polarizadora, asumida con éxito en esta larga campaña electoral, por una necesaria y deseable disposición política a la sensatez y prudencia de gobierno nacional, que esté a la altura de la responsabilidad de Estado que se le confirió.

Es de todo lo anterior que resultará el compromiso con la legalidad que México y su nuevo gobierno podrán afirmar en el avance en la asignatura siempre pendiente de construcción de un Estado de derecho eficaz y satisfactorio, que sepa enfrentar adecuadamente los retos de la desigualdad social, de la inseguridad pública, de la insatisfacción social, de la situación en Chiapas, del rezago educativo, etcétera.

Es por todo lo anterior que el entusiasmo por la alternancia democrática se ve acompañado por la sensación de aprensión ante la incertidumbre de los posibles escenarios a venir.

La otra parte de las especulaciones más importantes interesan a la (también) nueva oposición que tendrá el país. El PRI estrena nueva posición y requerirá de grandes dosis de fuerza de adaptación y renovación política para hacer frente a la perentoria pérdida de poder; una incógnita que levanta grandes preocupaciones a nivel local (partidista y sectorial). En la nueva oposición también el PRD deberá dar lugar a la autocrítica y análisis de su inmutado desempeño electoral: su clara presencia como tercera fuerza política le obliga políticamente a la ponderación (quizá ahora) sosegada y más comprometida con un rediseño más audaz de la izquierda que representa, capaz de conducir a ese partido a representar una opción de izquierda moderna, liberada de pesos caudillista y populista.

La gran novedad de la oposición que estrena hoy el país es producto del importante trabajo político, serio y novedoso, realizado por Democracia Social y los seguidores de Gilberto Rincón Gallardo. La bandera de una nueva izquierda, reformista y plural, que incorpora en más de un sentido la diversidad y ha encauzado las energías en búsqueda de la alternativa partidista en la misma oposición, es un elemento más (con registro o sin él) que será decisivo en catalizar los desarrollos futuros de la oposición y en particular en la opción de izquierdas.

La alternancia es resultado de recientes condiciones de igualdad en la competencia democrática por el poder y ella misma deberá hacerse cargo de reproducir y aumentar la igualdad de condiciones democráticas. Será de esta manera que la alternancia en el gobierno podrá ser la vía para la consolidación de la transición a la democracia en México, que culmine -esperamos- en una cultura y una conciencia política democráticas sin ambages

Antonella Attili es profesora de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Coordinadora de Proyectos e Investigación en el Instituto de Estudios para la Transición Democrática, A.C.

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