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Luna azul

Adrián Acosta Silva

Foto: Santiago Salmerón/Contraluz

El clarísimo, contundente triunfo de Vicente Fox y la Alianza por el Cambio terminaron de cimbrar -la larga noche del 2 de julio- el régimen político mexicano. A la mañana siguiente, la peor de las pesadillas posibles del PRI confirmó su negrura: perdieron la Presidencia de la República, la mayoría calificada en Congreso (en ambas cámaras se convierten, por primera vez en 70 años, en segunda fuerza parlamentaria), la gubernatura de un estado (Morelos), y no pudieron recuperar ni el gobierno de Guanajuato ni la capital del país, vamos, ni siquiera una sola de las delegaciones políticas en el DF, según la información disponible en las primeras horas de la mañana del 3 de julio. En cambio, para Fox y sus seguidores la noche se convirtió en un gigantesco escenario nacional codificado en clave azul y blanco, y su triunfo presidencial en una victoria que anticipa que los nuevos tiempos no serán los viejos tiempos, al contrario, de lo que evoca una cantinesca y ya veterana rola de Jaime López. Para el PRD, la jornada electoral tuvo un sabor agridulce, que confirmaron lo que preveían las encuestas: un modesto tercer lugar para su candidato presidencial y la renovación, con todo y angustia durante varias horas, de su triunfo electoral en el D.F. A continuación, varias postales de verano de la postelección presidencial colocadas desordenadamente sobre la mesa, que pueden ser objeto de un análisis posterior sobre algunas de sus relaciones posibles y en curso.

La participación. El largo y carísimo proceso electoral, el lamentable nivel de debate, la reiteración de viejos lugares comunes, las amenazas veladas y abiertas de grupúsculos como el CGH, no impidieron que fluyera generosamente la participación ciudadana en los comicios. Ello confirma, para bien, que la ruta electoral no sólo es y ha sido el eje de la democratización política mexicana, sino que también es su característica de ruta de largo recorrido. Funcionarios de casilla y ciudadanos cumplieron con creces sus responsabilidades, y ello crea un enorme reservorio de confianza ciudadana en la centralidad y eficacia de los procesos electorales, y en la legitimidad de sus resultados en la selección de los liderazgos políticos.

La organización. El árbitro electoral, el IFE -en esa metáfora inventada por Woldenberg- pitó bien, muy bien. Intensa participación ciudadana, magnífica organización de los comicios, eficiente logística, prudencia y sensatez, crearon un ambiente electoral pacífico, concurrido y, a final de cuentas, no impugnado ni por los jugadores y el público. Sólo el persistente problema de las casillas especiales (ya en el 94 y el 97 se repitió el fenómeno) por la insuficiencia de las boletas para ciudadanos en tránsito trajo consigo algún síntoma de molestia entre cientos de ciudadanos que se quedaron sin votar. Pero aun así, el IFE aplicó escupulosamente lo que decía la ley. En todo caso, el problema es de la ley, no del IFE.

El triunfo de Fox. Contra todo pronóstico, la victoria electoral de Fox sobre Labastida (más de ocho puntos porcentuales) significó una arrasadora victoria en los comicios federales, alimentada de última hora por el voto de los indecisos y la conversión de votos de oposición al PRI en votos por Fox. Ello tuvo traducción a escala regional no sólo con el triunfo panista en estados como Morelos, sino en la confirmación de la hegemonía de ese partido en Guanajuato (que gobierna desde 1991) y el repunte, de última hora, de Santiago Creel en el DF que puso en riesgo durante algún tiempo el triunfo de Andrés Manuel López Obrador. Luego de las seis de la tarde, y a partir de los ocho de la noche, la sensación para el foxismo era que "esta noche era la noche" (la frase es, por supuesto, de Neil Young), que crecía y se consolidaba conforme se acercaba la madrugada: triunfaron sin lugar a dudas sobre el PRI, y luego de las declaraciones de Cárdenas, del presidente Zedillo y del propio Labastida, la noche oscura y nublada fue iluminada por una gran luna azul.

El partido fundado en 1939 por don Manuel Gómez Morín cumplió así con el ciclo de oposición-gobierno que ocurre con todo partido político en un contexto de competencia electoral. El triunfo de Fox significa el final de un siglo y de un ciclo, y tiene todo el aspecto de un cambio de época. La amplitud del triunfo electoral, además, significa dotar de legitimidad democrática incuestionable a un gobierno, el foxista, que dispondrá de tiempo y recursos políticos suficientes para emprender los cambios con los cuales se comprometió ante los ciudadanos.

PRI: la paliza. Nadie esperaba lo que ocurrió con el PRI. Ni encuestas ni opiniones previeron la magnitud de la derrota electoral del gran partido histórico del siglo XX mexicano. No sólo por la enorme diferencia con que perdió Labastida con Fox, sino por la pérdida del último bastión priista (el Senado), la confirmación de pasar a ser la segunda fuerza parlamentaria en la Cámara baja, y, además, porque en la escala regional pierde Morelos, y no pudo reconquistar Guanajuato ni el DF. Lo más patético de la derrota es que el otrora orgulloso y soberbio PRI no logró ni siquiera un triunfo en alguna de las 16 delegaciones políticas en el DF, y su representación proporcional en la Asamblea Legislativa será de apenas un puñado de diputados. Pasó de ser un partido único a un partido hegemónico, luego a un partido mayoritario y hoy, en el DF, a quedar convertido en una fuerza política marginal. Tras el 2 de julio, el PRI presenta el inconfundible aspecto de una paliza electoral, una derrota dolorosa y tristísima para sus militantes y dirigentes, una lección de la cual deberán sacar más si no quieren perfilarse como un partido que se encamina inexorablemente a la extinción.

El cambio que vino por la derecha. Las reformas económicas neoliberales de los años 80 y los triunfos político electorales de los 90 vinieron del lado derecho del camino. La izquierda vanguardista y revolucionaria, parte de la que luego se fundió con el nacionalismo revolucionario estatista de linaje priista, y la guerrilla marquista del sur, jamás vieron, o comprendieron, que el adversario del lado derecho venía más rápido y consistente que ellos, que su empuje y fuerza era mayor de la que preveían. Si hubo una trayectoria de cambios económicos y políticos que confirmó el 2 de julio es que las fuerzas del cambio fueron alimentadas desde la derecha ideológica, que pasó de ser una fuerza conservadora a una fuerza real de cambio democrático y económico. Se confirma aquello de que ni el descontón revolucionario ni los delirios milenaristas se traducen en motores del cambio político. El PRD y el EZLN son los grandes perdedores de la contienda electoral, aunque en el caso del sol azteca el triunfo en el DF lo coloca en posibilidades de renovación y sobrevivencia política de cara a las elecciones del 2003 y el 2006. Y una alegría surge entre las ruinas postelectorales del lado izquierdo del camino: la supervivencia del PDS y su apuesta por un futuro abierto, reformista, socialdemócrata para México

Adrián Acosta Silva es sociólogo. Doctor en Ciencias Sociales con especialización en Ciencia Política por la Flacso-México. Profesor investigador del Departamento de Ciencias Sociales y Jurídicas del CUCEA U de G.

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