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reseña Disfrute de un mito
Salvador Quiauhtlazollin
Arquetipo universal, ejemplo de una espartana autodisciplina; héroe que se juega el pellejo dentro del ámbito de lo humano, demiurgo de tremenda culpabilidad y soberbia que se ha erigido como anatema contra el Mal, eso es Batman, el Hombre Murciélago, el héroe del siglo XX, según una votación de especialistas y lectores de cómics. El señor de la noche nació del pincel de Bob Kane y la pluma de Bill Finger y se ha definido como el detective científico que se asume dentro de la gran heroicidad gracias a un férreo entrenamiento físico y un desarrollo sin paralelo de la mente analítica. La admiración que se puede sentir hacia él es infinita, tan inacabable como es el amor por el hombre mismo, porque Batman no es más que el non plus ultra de los estándares humanos. Muchos pierden de vista al Caballero Oscuro de los cómics, al icono de la perfección, y se dedican a atacar al monigote desganado y rodeado de imbéciles en el que las últimas dos cintas han convertido al Batman cinematográfico. Craso error, pues se han perdido al personaje, a un héroe singular que en los últimos 14 años ha visto morir a Robin y a su Ciudad Gótica, mientras los psicópatas más variados le roban horas de existencia perpetuando la Malignidad, con mayúscula, que se enseñorea sobre nuestras ciudades en este fin de siglo. Este Batman de historieta ha desenterrado cadáveres después de un intenso cataclismo y ha sufrido el quiebre de sus vértebras y su inmovilidad en una silla de ruedas. La oscuridad ha salido de su corazón y es parte ahora de su uniforme y sus argumentos. Además, este adalid, a diferencia de Superman, no ha cometido el error de parodiarse a sí mismo. Si lo anterior lo ha entusiasmado lo suficiente como para regresar al cómic y a Batman con la urgencia del humilde que vuelve al vicio perdido; deténgase antes en la magnífica obra de Carlos D. Maroto y Luis F. Alboreca, Batman, de Bob Kane a Joel Schumacher; una excelente disección del Caballero Nocturno que puede presumir de más exactitud que la otra obra hispana sobre el tema, La noche del murciélago, de Trajano Bermúdez. Maroto y Alboreca aman al personaje con la obsesión de quien busca su aparición hasta en las olvidables versiones de los Super Amigos de los 70. Los autores aportan las fichas completas de todo el material consultado o recomendado, y reconocen con toda precisión que las traducciones mexicanas de las aventuras de Batman superan con creces las españolas. La lectura de Batman, de Bob Kane a Joel Schumacher contribuye a la recreación y disfrute del mito batmaniano y al conocimiento de nuestra profunda psicología, pues pese a nuestro embotamiento corporal y nuestra pasividad cerebral, en el fondo todos somos Batman Carlos D. Maroto y Luis F. Alboreca, Batman, de Bob Kane a Joel Schumacher, Madrid, Nuer Ediciones, 223 pp. Salvador Quiauhtlazollin estudió Derecho, es periodista free-lance. |
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