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Ideología y voto
Nicolás Loza Otero
En este artículo intentaré responder por qué en 1997 individuos autoubicados ideológicamente en el centro, la centro derecha y la derecha representaron la mitad de los votantes de Cuauhtémoc Cárdenas, candidato a jefe de gobierno del DF del PRD, identificado por los propios electores como de izquierda. Con base en las proposiciones teóricas de Anthony Downs, las generalizaciones empíricas de Domínguez y datos preelectorales de la contienda local en el DF de 1997, trataré de entender el papel de la ideología, el eje gobierno/oposiciones y el cálculo estratégico en la formación de las preferencias políticas de los votantes. Voto ideológico y estratégico En la propuesta de Downs, los individuos deciden su voto con base en los beneficios que esperan recibir de los gobernantes, en tanto que los partidos ganan electores convenciéndolos del bienestar que son capaces de generar. En su decisión de voto, los individuos realizan comparaciones intertemporales entre los beneficios que han recibido en el pasado del partido gobernante, y los que esperan recibir del futuro partido gobernante. En esta lógica, "los partidos formulan políticas para ganar elecciones, no ganan elecciones para formular políticas".(1) Sin embargo, las funciones de bienestar de cada individuo no son idénticas. Como los electores son individuos racionales sólo se informarán de aquellos asuntos que les afectan, llevando sus preferencias en esas temáticas al conjunto de temas involucrados en la elección. Este procedimiento de extrapolación constituye un atajo informativo. Los atajos informativos articulan el desinterés con la sobreinformación políticas. También son atajos informativos, entre otros, votar como en el pasado, formar la opinión propia con base en los juicios de líderes locales o públicos de opinión o tomar una decisión individual de voto conforme a la preferencia mayoritaria. El atajo de la ideología implica un razonamiento del tipo si el partido x tiene la mejor propuesta para p1 también la tendrá para pn. La ideología articula en ejes continuos las propuestas a dilemas del diseño institucional y la política pública derivados de oposiciones como Estado/mercado u orden/democracia, entre otras, cuyos extremos simbólicos son derecha e izquierda. Simplificando: para un individuo c1 identificado con la izquierda, el partido x producirá las mejores soluciones porque es de izquierda; para c2 identificado con el centro el partido y tendrá las mejores ofertas porque es de centro, y para c3 identificado en la derecha el partido z será superior pues es de derecha. Pero la ideología no es la única señal que utilizan los votantes. En determinadas circunstancias, las posiciones en torno a un tema particular pueden constituir un sistema de señalización más útil que la ideología. En un sistema bipartidista con información perfecta los partidos identificarán los temas y preferencias en que se apila la mayoría del electorado, por lo que tenderán a correrse a esos puntos del continuo ideológico. Pero cuando el electorado se agrupe en dos, tres o más puntos de ese continuo, existirán nichos ideológicos del mercado electoral que podrán conquistar distintas ofertas partidarias, alentándose así el multipartidismo. En un sistema multipartidario, las ofertas se dirigirán a los distintos nichos del mercado, pero aquél que involucre más electores atraerá más ofertas. En un sistema bipartidista el incentivo ideológico del elector se traducirá a la decisión entre votar o no hacerlo, y después a la elección entre dos ofertas partidarias que ideológicamente son muy parecidas. Si la información de que disponen los electores es perfecta, las dos ofertas en competencia son idénticas, o el partido preferido tiene asegurado el triunfo o la derrota, lo racional es no votar. Si por el contrario, la información es imperfecta, la elección es o parece competida y existe una clara preferencia, lo único racional es votar por el partido preferido. En un régimen multipartidista el incentivo ideológico se traduce en más estrategias individuales, algunas de ellas indirectas, pues además de la alternativa entre votar o no hacerlo, el elector debe decidir si vota por su partido preferido o en contra del menos preferido. Desde el punto de vista ideológico es racional que un elector de izquierda que estima imposible el triunfo de su partido, vote por una opción de centro para impedir la victoria de una oferta de derecha. Además del atajo ideológico, el elector puede utilizar otras señales simplificadoras, como la concentración en un tema o las consideraciones estratégicas. Si los electores de un régimen multipartidista señalizan la elección en el eje pro/anti x partido sería racional que el elector de una opción sin posibilidades de victoria conceda su voto a otra que pueda ganar y comparta las propuestas anti x partido. El elector capitalino En 1997, las identidades ideológicas del electorado del DF se apilaban en tres espacios del continuo derecha-izquierda (ver gráfica 1).(2) El nicho más grande estuvo integrado por 27.4% de electores autosituados en la derecha, al que habría que añadir 21.1% de quienes se colocaron en el centro derecha. Es decir, del centro derecha a la derecha se colocó la mitad del electorado capitalino. La segunda zona se integró por 25.2% de quienes se identificaron como de izquierda. Y el tercero y más pequeño nicho, que sin embargo podría tener continuidad con el primero, estuvo constituido por 19.8% de electores que se situaron en el centro. En esta distribución, el espacio más ancho fue el centro derecha, que de acuerdo con la percepción de los propios capitalinos estaba ocupado primero por el PAN y después por el PRI. En el argumento de Downs, un electorado ideológico con estas características obligaría a los partidos de izquierda con vocación de poder a proponer políticas hacia el centro, pues de lo contrario su nicho les proporcionaría una cuarta parte del voto total, proporción sólo útil en un sistema de partidos muy fragmentado.
Si exploramos las identidades de sus propios electores, el PRI contó con el mayor número de votantes de derecha; el PRI y el PAN compartieron casi por igual individuos de centro derecha y el PRD ganó casi en su totalidad a las personas de izquierda. De cada diez votantes del PAN seis fueron de la derecha al centro derecha y suman más de siete si añadimos a los de centro. Por su parte, de cada diez votantes del PRI, ocho fueron de la derecha al centro derecha y menos de uno se situó del centro izquierda a la izquierda. Por el contrario, si bien el PRD contó con cerca de 50% de electores de izquierda, el otro 50% fue del centro a la derecha.(3) ¿Qué atajo emplearon estos electores de derecha, centro derecha y centro para preferir al PRD a pesar de sus discordantes identidades ideológicas? Al asociar en un modelo de regresión logística las preferencias electorales y la ideología de los individuos pronosticamos correctamente poco más de 50% de la intención de voto PRD.(4) El elector de derecha tiene una probabilidad de votar PRD de 23%, que casi se duplicó entre los electores de centro y alcanzó 69% entre los de izquierda (ver gráfica 2). En el caso del PAN, también existió una relación entre la probabilidad de elegirlo y la ideología del votante. Sin embargo, un modelo que sólo contenga la dimensión ideológica no pronostica correctamente su voto. Por su parte, al recorrer el continuo ideológico de izquierda a derecha, el PRI acusaba una relación inversa y casi lineal en su probabilidad de voto, pues mientras una persona de izquierda tuvo alrededor de 5% de probabilidad de elegirlo, una de derecha superó 25%. No obstante, como en el caso del PAN, un modelo que sólo incluyera lo ideológico no permitiría pronóstico alguno. Estas son, finalmente, las limitantes analíticas de la ideología. En la relación bidimensional entre preferencia electoral e ideología un elector de derecha tuvo una probabilidad de votar PRD muy cercana a la del PRI e incluso superior a la del PAN. ¿Por qué? Jorge Domínguez sugiere que los electores mexicanos forman su preferencia electoral en dos pasos sucesivos: primero deciden si votan por el PRI o por la oposición. En esta fase intervienen principalmente la evaluación retrospectiva del desempeño gubernamental y la expectativa del bienestar futuro del país con un gobierno de oposición. Si el ciudadano considera que los beneficios que le reportaría votar por alguna oposición superan los que ha recibido de los gobiernos del PRI, preferirá oposición, y sólo hasta entonces, decidirá qué oposición selecciona. Si el votante se decide por la oposición, entonces lo ideológico se introduce y lo estratégico puede entrar en juego. En una elección con dos o más oposiciones efectivas o sin que ninguna de ellas tenga probabilidades de ganar, el elemento principal es el ideológico, pero si sólo una de las oposiciones puede ganar interviene una consideración estratégica.(5)
Existen diversos indicios de que muchos electores del DF concentran la distinción gobierno/oposiciones en su actitud frente al PRI. Para 1997, 55% de los citadinos habrían dicho que bajo ninguna circunstancia estarían dispuestos a votar por ese partido, negándole la posibilidad de ser una opción legítima. Las actitudes ciudadanas hacia el PRI resultaban más adversas que las existentes hacia la Presidencia, el sistema como un todo y algunas otras de sus piezas, como el gobierno del DF o la Cámara de Diputados. Por sí sola, la contraintención de voto PRI permitió pronosticar 72% de las preferencias PRD, pero no produjo buenos resultados ni para el PRI ni para el PAN. De cualquier manera, en el caso del PRD resultó más explicativa que la autoubicación ideológica de las personas. En la lógica de Downs una alta contraintención de voto para el partido en el gobierno implicaría que en la comparación de beneficios recibidos de los gobiernos del PRI y los beneficios esperados de un gobierno de oposición, los segundos superaban al primero, por lo que tomando en cuenta que para junio de 1997 el PRD era el partido de oposición con mayores probabilidades de ganar según los propios electores, la decisión de votar por Cárdenas fue plenamente racional. En esta comparación intertemporal de beneficios, el factor ideológico podía bloquear la coordinación del voto opositor y eliminar las consecuencias del eje PRI/oposiciones. Al asociar legitimidad del PRI e ideología, encontramos que entre los individuos de derecha que concedían legitimidad al PRI, la probabilidad de votar PRD cayó a 15% e incluso entre los de izquierda apenas alcanzó 50%, inferior a la de una persona de centro que negara legitimidad al PRI. En consecuencia, puede afirmarse que para explicar el voto PRD fue más importante el eje PRI/oposiciones que las identidades ideológicas (ver gráfica 3). Sin embargo, la probabilidad de votar PRD de los individuos que se identificaron con la derecha y a su vez percibieron un PRI ilegítimo, fue apenas de 30%, lo que significa que en la legitimidad del PRI, o si se quiere en la comparación de beneficios recibidos y beneficios esperados, no descansaron las motivaciones principales de los individuos de derecha que votaron PRD.
Si ahora probamos la relación entre el eje ideológico y el cálculo estratégico acerca de quién ganaría la elección local, nuestra interrogante inicial comienza a resolverse. Los electores de derecha que pensaban que el PRD ganaría la elección de jefe de gobierno del DF tuvieron una probabilidad de votar PRD de 52% (ver gráfica 4). Paradójicamente, la probabilidad de votar PRD entre lo s votantes de derecha que suponían que el PAN ganaría apenas fue un poco más baja. Y si la percepción del posible ganador favorecía al PRI, la probabilidad de preferir PRD bajó a 18%. En consecuencia, parecería que la percepción de que el partido de oposición circunstancialmente más fuerte puede ganar, efectivamente beneficia a éste, pero la idea de que puede ganar otro partido de oposición no le perjudica tanto como la percepción de que el PRI es el partido con más oportunidades de ganar la contienda. Si por último concentramos nuestra atención en los electores que negaban legitimidad al PRI, el problema queda resuelto. Los votantes de derecha que además pensaban que el PRD ganaría la elección tuvieron 62% de probabilidad de votar por este partido, los de centro 78% y los de izquierda 89% (ver gráfica 5), mientras que entre los que concedían legitimidad al PRI únicamente los de centro e izquierda tuvieron una probabilidad de votar PRD superior a 50% siempre y cuando supusieran que Cárdenas ganaría la elección. En suma, los votantes de todas las identidades ideológicas que negaron legitimidad al PRI y pensaron que el PRD podía ganar la elección, acusaron una propensión positiva a votar PRD, mientras que sólo los electores de centro e izquierda que concedían legitimidad al PRI y pensaban que el PRD ganaría la elección tuvieron una probabilidad superior a 50% de votar por Cárdenas. El cálculo estratégico, concluiríamos, flexibilizó las consecuencias electorales de la identidad ideológica y puso en el centro de la coordinación de voto la comparación intertemporal de beneficios. En el caso del PRD, mientras cada desplazamiento de la derecha hacia la izquierda en un rango de tres valores multiplicó por 2.2 la probabilidad de elegirlo, la expectativa de que Cárdenas ganara la elección la multiplicó por 30 en relación con quienes pensaban que el PAN lo haría. Por su parte, la percepción de un PRI legítimo sólo disminuyó 60% la probabilidad de elegir PRD. Con estas variables pronosticamos correctamente 82% del voto PRD, para quien la variable decisiva en la integración de su electorado fue de orden estratégico, seguida en su peso más no necesariamente de forma cronológica por la ideología y la disposición a negar legitimidad al PRI. Para el PAN, en consistencia con lo ocurrido al PRD, la variable que más estragos causó en la integración de su electorado fue la percepción de que Cárdenas podría ganar la elección, pues quienes así pensaban tenían 97% menos probabilidad de votar PAN que quienes creían que éste ganaría la contienda. Por su parte, cada desplazamiento de la derecha al centro y de éste a la izquierda implicó una disminución de 35% en la probabilidad de votar PAN. Por último, conceder legitimidad al PRI redujo 40% la probabilidad de votar PAN. En suma, la variable más importante en la formación de la preferencia PAN fue la percepción de que el PRD ganaría la elección, seguida de la legitimidad del PRI y por último de los factores ideológicos. Estas tres variables sólo pronosticaron correctamente 44% del voto PAN.
Para el caso del PRI, percibirlo legítimo multiplicó por diez la probabilidad de elegirlo. La siguiente variable en importancia fue la percepción de que podría ganar la elección, que multiplicó por ocho su probabilidad de selección. Y por último, la ideología del votante resultó el factor menos influyente, pues cada desplazamiento de la derecha a la izquierda disminuyó 62% la probabilidad de elegirlo. En su conjunto, la intención de voto PRI pronosticada adecuadamente por estas variables fue de 62%.(6) Así, mientras en el caso del partido opositor mejor colocado días antes de la elección, es decir, el PRD, el factor decisivo en su favor fue de naturaleza estratégica, para el PRI lo fueron sus propios problemas de legitimidad. Y el PAN, el segundo partido opositor en importancia que sin embargo días antes de la elección se situaba lejos del puntero, resintió la extendida percepción social de que el PRD ganaría. Dicho de otro modo y como propuesta de generalización, mientras para la oposición ganar o perder en una elección involucra un componente estratégico, para el PRI supone problemas asociados a sus niveles de legitimidad. Ideología y voto en el 2000: una reflexión final ¿Podemos extender esta conclusión a los procesos electorales pasados y futuros en México? La elección federal del 2000 representará un excelente test a la interrogante. De acuerdo con la evolución de las intenciones de voto que se conocieron a lo largo de la contienda, tan sólo en el DF la hipótesis del elector estratégico implicaría la ocurrencia casi generalizada del voto diferenciado: de personas que votan por un partido para la elección presidencial y por otro para la elección local, pues mientras en la primera los candidatos mejor colocados son del PRI y del PAN, en la local del DF es casi en solitario el del PRD. A nivel nacional, la distribución ideológica del electorado dibuja tres nichos electorales: la izquierda, el centro y la derecha, pero las posiciones del centro a la derecha suman más de 70% de electores (ver gráfica 6), por lo que la lógica de maximización de apoyo implicaría partidos disputándose este último espacio. Entre los electores el PRI es el partido ubicado más a la derecha del continuo ideológico, mientras que normalmente el PAN se sitúa en el centro derecha y el PRD en la izquierda. Estos serían los nichos ideológicos naturales de cada partido a nivel nacional, y podrían o no reflejarse en sus niveles de votación. A su vez, esta distribución es muy parecida a la de 1997, y es de suponerse que también a la del 2000 en el DF. En consecuencia podríamos presenciar que una misma distribución ideológica del electorado se asociara a resultados políticos diferentes dependiendo del tipo de elección, lo que podría explicarse desde la distinción gobierno/oposiciones y por los cálculos estratégicos de los votantes o; por la intervención de nuevos factores. Finalmente, las grandes interrogantes serían si el efecto de flexibilización de los cálculos estratégicos sobre las consecuencias electorales de la ideología se producen por igual en elecciones locales que federales o si ocurren en toda elección donde sólo una oposición tiene oportunidades reales de ganar la elección.
Los retos al modelo provienen de algunas propiedades de la vida social en general y de algunas peculiaridades de cualquier elección en particular. Entre las primeras no debe perderse de vista la naturaleza reflexiva de la acción social: si los votantes hacen el resultado y éstos cuentan con algún nivel de comprensión de las consecuencias de su conducta, pueden cambiarla conforme a sus nuevas preferencias. Algunas de las peculiaridades de la elección federal del 2000 inciden sobre lo ideológico y sobre lo estratégico. Entre los primeros efectos, por ejemplo, si bien los electores sitúan al PRI más a la derecha que al PAN, el propio PRI y en buena medida el PRD introdujeron temáticas del eje ideológico, como la propiedad de Pemex, donde el PAN es desplazado simbólicamente a la extrema derecha. A su vez, nuevas agrupaciones como Democracia Social o el Partido del Centro Democrático podrían disputar espacios decisivos para el resultado electoral en la franja del centro izquierda al centro derecha del continuo ideológico. En el plano estratégico, los problemas de legitimidad del PRI son menos severos a nivel nacional que en el DF, por lo que el peso de este elemento en la producción de un fenómeno de coordinación de voto podría disminuir. En cuanto a las expectativas de partido ganador, a nivel nacional sólo el supuesto de información perfecta o casi perfecta entre los votantes favorecería a la oposición más fuerte, pero en medio de un menor antipriismo esta combinación podría no ser tan letal como lo fue en el DF en 1997, y poner en juego un mayor peso de lo ideológico. En el DF, al contrario, la visible ventaja de un partido podría generar, por un lado, electores que se suben al carro del ganador y, por el otro, votantes estratégicos que dan su voto a partidos sin posibilidades de victoria pensando en un horizonte temporal de largo plazo. A nivel nacional los electores estratégicos operarían desde horizontes temporales diferentes: quienes fuera del nicho ideológico de la principal oposición al PRI decidan estratégicamente su voto en el mediano y largo plazo podrían votar por uno de los nuevos partidos, procurándoles así su registro y su presencia en elecciones futuras. Por el contrario, quienes decidan su voto estratégico en un horizonte temporal más reducido podrían favorecer a la oposición más fuerte. Pero si el elector estratégico actúa con base en señales ideológicas y en el corto plazo, podría optar por partidos extremos, al menos en la elección de diputados, que produzcan un Congreso más equilibrado
Notas 1 Anthony Downs, An Economic Theory of Democracy, USA, Harper Collins, 1957, p. 28. 2 Con base en los datos de la encuesta de junio de 1997 de Servicios de Imagen y Publicidad en el DF. El tamaño de muestra fue de mil 247 individuos, seleccionados mediante un diseño polietápico de modalidad aleatoria sistemática. La autoubicación ideológica de los electores se indagó con la pregunta: "¿Usted se considera de derecha, de centro, o de izquierda?". Las opciones de respuesta fueron: izquierda, centro izquierda, centro, centro derecha, derecha, ninguna y no supo o no contestó. Para los cálculos aquí presentados se excluyó a quienes no supieron, no contestaron o dijeron no tener ninguna identidad partidaria, quedando una base efectiva de cálculo de 954 casos. 3 Esta distribución ideológica del electorado del DF es semejante, aunque un poco más orientada al centro derecha a las reportadas para todo el país en 1990 y 1997. Cf. Alejandro Moreno, "Ideología y voto: dimensiones de competencia política en el México de los noventa", Política y Gobierno, vol. VI, núm. 1, primer semestre de 1999, pp. 45-81. 4 Las proporciones de pronóstico correcto y las probabilidades de votar por un partido refieren los resultados de tres modelos de regresión logística con la intención de voto como variable dependiente dicotómica (PRD/otros, PRI/otros, PAN/otros) y la autoubicación ideológica de los individuos como variable independiente categórica. Todos las cifras presentadas fueron significativas a 99% de confianza. Datos de Sip para el DF, junio de 1997. 5 Cf. Jorge I. Domínguez y James A. McCann, "Shaping Mexico`s Electoral Arena: The Construction of Partisan Cleavages in the 1988 and 1991 National Elections", en American Political Science Review, vol. 89, núm. 1, march 1995, pp. 34-48. 6 El modelo PRD tuvo una pseudo r2 de 64% y una c2 de 388 con cuatro grados de libertad. El modelo PRI tuvo una pseudo r2 de 60% y una c2 de 298 con cuatro grados de libertad. El modelo PAN tuvo un pseudo r2 de 53% y una c2 de 177 con cuatro grados de libertad. Todos los estadísticos fueron significativos a 99% de confianza.
Nicolás Loza Otero es investigador del área Sociedad y territorialidad del Departamento de Relaciones Sociales de la UAM-X. Correo: nloza@cueyatl.uam.mx |
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