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¿Qué nos dejan las campañas?
Marco Levario Turcott
Han corrido ríos de tinta por el cauce del proceso electoral más competido en la historia del país. En el caudal hay una mezcla de prejuicios y distorsiones que impiden mirar diáfano el lugar donde estamos, comprender lo que hemos avanzado y establecer lo que falta todavía. Por eso es pertinente la pregunta: ¿qué nos deja este proceso electoral mexicano? 1. Que la vía para procesar los cambios es la electoral. 2. Que en lo fundamental ya se agotó la sucesiva serie de reformas de leyes, instituciones y procedimientos electorales emprendidas desde 1977 hasta la fecha. En el contexto de un sistema vigoroso de partidos, ahora hay una competencia democrática donde cualquiera puede ganar. Ello no quiere decir que la norma no necesite ajustes, pero el reto de mayor magnitud es el de revisar los contenidos del sistema político. 3. Que, a pesar de la necesidad de esta auténtica labor de Estado, en esta contienda presenciamos la limitación de que (casi) todos los candidatos presidenciales no ofrecieron propuestas con la suficiente precisión y persistencia como para que los ciudadanos podamos llegar a las urnas con una clara delimitación de lo que cada uno representa, más allá de los desplantes o los ataques de ocasión. 4. Que durante las campañas vivimos en el imperio de los sentidos. La propaganda de los partidos fue en lo fundamental una exposición de problemas y un caudal copioso de ataques, como si la sola enumeración de las dificultades y el señalamiento de los causantes (reales y supuestos) fuera condición suficiente para resolverlos. Lo novedoso en este proceso electoral es que la generación de sensaciones que provocan discursos como ésos fueron difundidos fundamentalmente a través de los medios electrónicos cuyas características, principalmente la televisión, alentaron una contienda que en algunos momentos cobró rasgos de espectáculo en lugar de un debate serio como el que habría que esperar. 5. Que esto ya se perfilaba en anteriores procesos electorales, pero que en esta ocasión se afianzó: durante estos meses los medios de comunicación no operaron con el tradicional mecanismo de homogeneidad que antes dirigían en favor del candidato del gobierno. Pero esa ventaja tuvo su contraparte cuando en varias ocasiones vimos un manejo informativo falto de ética y profesionalismo, cuando no llanas distorsiones en las noticias producto de un periodismo de facción. La llave del cambio Tal y como sostienen Ricardo Becerra, José Woldenberg y Pedro Salazar en su más reciente libro, en México "las elecciones se convirtieron en la llave del cambio político".(1) Sabemos que esa característica es inherente a la convivencia democrática y ahora es piedra de toque en la circunstancia del país, porque si algo diáfano nos ha dejado este proceso electoral es, precisamente, el hecho de que el cambio tiene verificativo a través de las urnas. No es casual que en este contexto de intensa competencia, la campaña de los tres principales partidos haya recogido la palabra "cambio" como elemento central para persuadir el voto ("Cambio con rumbo", cambio así llanamente y hasta una alianza en nombre de éste fueron algunos de los parámetros que los candidatos desarrollaron en sus campañas). Entre otras razones por la simpatía que llegó a tener el EZLN entre los actores políticos, ni siquiera en las elecciones de 1994 se asentó tanto como ahora la convicción de que la vía electoral es el cauce para procesar el cambio, incluso aunque en ese entonces se hubiera dado la participación más alta en la historia de las elecciones federales y aun cuando en esos momentos estuviéramos asistiendo al cambio, como consta con la alternancia que ya ha tenido verificativo en varios gobiernos de los estados (el primero fue en 1989 con el triunfo de Acción Nacional en Baja California, hasta alcanzar actualmente 11 entidades que no son gobernadas por el PRI), o como lo muestran los diferentes órdenes de representación donde partidos distintos al tricolor obtuvieron triunfos señalados. Los resultados de las elecciones de 1997 mostraron todo esto: por primera vez el PRI en el Congreso no tenía la mayoría absoluta y, también en una acontecimiento inédito, un candidato opositor ganó en las elecciones que determinaron al jefe de gobierno de la ciudad de México. El mapa plural y heterogéneo en el país se ha configurado en la dinámica electoral mediante la operación de la premisa de que, empleando las palabras de Adam Przeworski, "en una democracia nadie triunfa en forma definitiva: aunque logre el éxito en un momento determinado, de inmediato enfrenta la perspectiva de tener que seguir luchando en el futuro".(2) En todo el país es un hecho la posibilidad de la alternancia, a pesar de que una idea extendida vea ese dato con reserva o desdén hasta que la alternancia ocurra en elecciones presidenciales. La democracia, empero, no puede más que garantizar que esto ocurra si de ese modo lo decide la mayoría de los ciudadanos. Y eso justamente permite el conjunto de instituciones, las reglas electorales y la competencia acendrada que hay entre los partidos: nunca como ahora es posible la alternancia presidencial. Pero la alternancia no es piedra de toque para que por sí misma afiance el sistema democrático en el país, es sólo una variable más dentro del rejuego electoral. La alternancia dada en los gobiernos locales ha traído consigo la demostración de que nadie tiene garantizado el triunfo de antemano, ni aun compitiendo con las ventajas que deja el ejercicio del poder -tengamos presente la elección en Chihuahua donde gana un candidato de oposición y cómo, seis años después, recupera esa instancia de poder el Partido Revolucionario Institucional-. La incertidumbre electoral forma parte de las premisas básicas de la democracia. ¿Quién tiene la combinación? Sin duda, todo esto es resultado de la conjugación de varios procesos complejos. No podría el autor explicarlos con la profundidad que merecen, sólo quiere citar el dinamismo y los resultados de la economía en diversos órdenes (aun con sus sistemáticas etapas de crisis), tener en cuenta la cobertura educativa en sus distintos niveles, subrayar la urbanización acelerada y comprender la propia globalización que trajo consigo una mayor diversificación cultural, para reconocer que la heterogeneidad social es resultado del tránsito del país hacia -y en algunos casos en- la modernidad. Como Becerra, Woldenberg y Salazar advierten, el dinamismo de la sociedad no siempre tuvo correspondencia ni con las formas de sujeción autoritaria establecida por los gobiernos -particularmente en las tres primeras décadas de la segunda mitad de este siglo- ni con las leyes que regían la participación en los comicios (en 1976, por ejemplo, en las elecciones presidenciales hubo un solo candidato). En el actual proceso electoral se concatenaron tres aspectos que lo hacen sustancialmente distinto a los anteriores: a) el reconocimiento de todos los actores, el gobierno incluido, de que el entramado democrático es la vía para procesar la disputa política; b) el establecimiento de un marco normativo que refleja la pluralidad realmente existente, y c) la confiabilidad en los resultados de la contienda. Los dos primeros aspectos no son novedosos en este proceso electoral, pero han sido determinantes para que, por primera vez, tengamos un proceso tranquilo y con todos los eslabones cuidados como para poder esperar que las cifras que arroje el conteo de los sufragios sean transparentes y creíbles y, en consecuencia, reconocidas por los actores de la contienda -las reservas y cuestionamientos mostrados por algunos de los candidatos en la etapa final de las campañas parecen más recurso de propaganda que el resultado de un expediente serio y documentado-. Ni siquiera en las elecciones federales de 1994 y 1997 -cuando podemos decir que los resultados fueron transparentes- pudo diluirse la sospecha del fraude. Sin duda, las proverbiales trampas del gobierno y su partido, la falta de equidad en la cobertura de las campañas y cierto tufo de pragmatismo de la oposición para denunciar trapacerías (casi) en cualquier situación, han tenido buen recodo en la desconfianza ciudadana. En el 2000 observamos clara y operante la concatenación leyes/cambio, porque las sucesivas reformas han dado lugar a modificaciones indudables -tales como el aliento a la existencia de nuevos partidos- del mismo modo que los cambios han exigido nuevas adecuaciones a la ley. Por eso, este proceso tiene el saldo de medidas que necesitan abordarse, como lo es la misma duración de las campañas presidenciales (porque si algo contundente nos ha dejado este proceso es hastío) la votación de los ciudadanos mexicanos en el extranjero, el ordenamiento de la fórmula para las alianzas y coaliciones e incluso, en lo que podría ser una vuelta de tuerca, la revisión sobre si no son demasiadas las facilidades que se le brindan a los partidos para obtener el registro, de tal modo que en algunos casos han originado un dispendio de recursos que no tiene justificación luego de conocer los resultados electorales. Así las cosas, no es difícil asegurar que este proceso comicial nos deja por primera vez la tarea de pensar y tal vez aceptar que, en líneas generales, ha concluido ya la construcción del andamiaje legal -incluso con que se necesiten algunos ajustes- y que ante nosotros se presenta un esfuerzo de reforma de similar magnitud pero de contenido distinto, orientado a la modificación del sistema político enfrentando temas o disyuntivas, tales como la forma de gobierno presidencial/parlamentaria, los mecanismos de gobernabilidad y las adecuaciones al funcionamiento de las otras instancias de representación, señaladamente, el Congreso federal. De alimañas y cosas peores Otra cosa nos ha dejado este proceso electoral. Ahora las instituciones, las normas y las reglas de la competencia democrática están adelante de los reflejos y las convicciones expresadas por los partidos. Estamos refiriéndonos a que, ya establecidos los ingredientes básicos para contiendas electorales claras y equitativas, los principales actores no han podido o no han querido establecer los contenidos que afiancen no sólo la oferta programática que habría entre uno y otro, sino que como consecuencia de ello no han determinado o arribado a temas consustanciales al sistema de gobierno, como lo son los nuevos equilibrios que debería haber en un régimen que ya no tiene la tutela de un solo partido. Cuando el autor escribe esa generalidad piensa en la llevada y traída reforma del Estado, que supone, entre otros asuntos, la reforma del Congreso de la Unión, la reforma del corporativismo, la de los partidos mismos para consolidarse en cuanto tales y hasta la reforma de los medios de comunicación. Como afirma Adam Przeworski: "La democracia constituye una organización del poder político"(3) y eso es lo que nos está haciendo falta.
Pero aun antes de esa agenda, hay asuntos torales y vívidos que cobran forma de reclamo social de amplia magnitud. Nos referimos a los problemas de pobreza y miseria, de seguridad, empleo, vivienda y otros servicios básicos tales como salud y educación. Teniendo reglas a modo para la competencia electoral, los actores políticos, empero, han precisado más expectativas que ideas puntuales para abordar esos problemas. Y es que, como advierte Murray Edelman: "El lenguaje que construye un problema y le proporciona un origen es también una justificación razonada para investir de autoridad a personas que afirman tener algún tipo de competencia. La disposición a suspender el propio juicio crítico en favor de alguien considerado exitoso crea autoridad".(4) Sin embargo, el señalamiento de los problemas a menudo trae consigo la intensificación de los mismos, porque éstos se evaden cuando sólo se señala que existen gracias a la impericia (cuando no a la maldad) de quienes se han ocupado de ellos. No obstante, así se ha construido la expectativa providencial que gira en tres órdenes distintos de creencias: a) tener el supuesto de que señalar los problemas lleva directamente a su resolución; b) considerar que frente a los dificultades hay que establecer el deseo y listo (más empleo y vivienda, mejor seguridad y mayor ampliación de los servicios, por ejemplo), y c) pensar que basta con que la conducción de esas aspiraciones la lleve a cabo un hombre de voluntad. El andamiaje democrático se queda en eso cuando la pluralidad no se expresa en toda su magnitud, en tanto intercambio de ideas y propuestas precisas o alternativas. El autor de estas líneas no quiere que se entienda esa constatación sólo en el orden ético y moral. Busca preguntarse por qué es de ese modo; por qué los candidatos privilegian la frase que impacte o el ataque que "fortalezca" la campaña, en lugar del intercambio razonado de expectativas programáticas. Este proceso electoral o más precisamente las campañas dejan la impresión de que no hay grandes diferencias estratégicas en la conducción de la economía o en el señalamiento de los desafíos. No hay quién discuta o rechace la globalización de la economía ni específicamente el Tratado de Libre Comercio con América del Norte, aunque seguramente hay diferencias de matiz que en materia de ejercicio de gobierno pueden llegar a ser sustanciales (hace unos días, Cuauhtémoc Cárdenas aceptaba los imperativos de la globalización y de la economía de mercado, aunque advertía que éstos deben ser vistos con especial preocupación por los trabajadores). Pero, insistamos, nadie sostiene una visión radicalmente distinta de lo que se ha llevado a cabo en el país. Lo mismo ocurre con otros temas como el de la pobreza y la miseria extrema, la inseguridad y sus variantes -narcotráfico, delincuencia común y organizada-; la salud, el empleo o la vivienda. Independientemente del realce que cada actor político le dedique a cada tema, no hay mayores diferencias entre sus posturas. Así las cosas, esta campaña electoral nos deja lo que a muchos ciudadanos de distintas latitudes que viven en democracia: el detalle o la precisión no importan, los cómo para resolver los problemas tampoco. Y ello es así no sólo por las características que tienen los medios de comunicación y la cultura ciudadana, ahora más proclives a atender la nota sensacionalista. Ello es así porque cualquier resolución de problemas tiene un costo, el que sea y, en consecuencia, también repercute negativamente en los dividendos de quien los enfrenta. La ausencia de propuestas se debe también a que los candidatos no quieren pagar los costos políticos que ello significa, por eso no es casual que diversos analistas y ciudadanos en general se pregunten una y otra vez de dónde saldrían los recursos para impulsar el empleo o aumentar el salario, por ejemplo. Y es que un desafío no se resuelve por decreto, como en abril de este año pretendió hacer creer el entonces candidato del PARM, Porfirio Muñoz Ledo, cuando en el debate entre los candidatos presidenciales dijo que él aumentaría el salario mínimo en casi 100%. Desplantes como ésos los tuvimos en distintos momentos y con particular persistencia. El espectáculo político se construyó a partir de ataques a los (reales y supuestos) causantes de los problemas. De hecho, los tres candidatos principales encontraron en las críticas al ex presidente Carlos Salinas uno de los ejes de su propaganda y de ahí en adelante, en los costados y en todos lados, uno y otro se criticó, incluso rayando en el insulto, como lo fueron los memorables adjetivos empleados por Vicente Fox o el video aquel de corta duración donde la Alianza para el Cambio llamó "mañoso" al candidato del tricolor, mientras ofrecía una imagen donde éste carga al gobernador del Estado de México, Arturo Montiel. En algún momento, incluso, Francisco Labastida llamó "pendejos" a quienes hacían la señal de la V de la victoria, símbolo con que se ha promovido la candidatura del ex gobernador de Guanajuato. El abanderado del PRD no lindó esos extremos pero aprovechó esos desencuentros para afirmar que uno y otro, Labastida y Fox, eran parte de un mismo proyecto (salinista) y para completar la fórmula, afirmó que ellos eran responsables de las dificultades del país. De uno u otro modo, dependiendo de su particular estrategia, los tres han coincidido en presentarse como la expectativa providencial para poder remontar los obstáculos que tiene el país (Cárdenas parece confiar más en su sola presencia y en denunciar a sus adversarios, que en algún desplante específico; Fox dijo que él resolvería Chiapas en 15 minutos y Francisco Labastida que instalaría computadoras y extendería la impartición del idioma inglés en todas las escuelas). Por eso, no fue extraño que entre los dos contendientes con mayor posibilidad de acceder a la Presidencia se haya difundido el voto del miedo: si uno gana sería la catástrofe porque tendremos más de lo mismo, si el otro triunfa viviríamos un enorme retroceso. El imperio de los sentidos En la búsqueda del poder, los políticos miraron al poder de los medios. Lo que no había ocurrido antes, en estas elecciones la plaza pública se desarrolló fundamentalmente en la televisión y la radio. El spot determinó el lenguaje y las actitudes de los contendientes quienes, al simplificar su oferta, buscaron así incidir en el ánimo de la sociedad para persuadir el voto.
La televisión es un extraordinario medio para dirigirse al mayor público posible, pero al ser un instrumento difusor de sensaciones más que de ideas, una oferta donde basta ver para comprender, los ciudadanos vimos en la pantalla el desarrollo de un espectáculo donde los candidatos asistieron a programas de pasatiempo, participaron en sketchs o elaboraron spots donde se redujo el escenario electoral a la exposición de buenos y malos. En el desarrollo de su campaña usaron un discurso que descalificaba a los adversarios, sabiendo que esa era la nota para la transmisión catódica. Dice Ignacio Ramonet: "En el nuevo orden de los media las palabras, o los textos, no valen lo que las imágenes" y en ese contexto "la prensa escrita acepta la imposición de tener que dirigirse no a ciudadanos, sino a telespectadores".(5) Tiene razón el director en París de Le Monde Diplomatique y, particularmente en el caso mexicano, vimos un panorama similar en los periódicos que no pudieron o no quisieron abstraerse de la influencia de la televisión y, por eso, privilegiaron lo secundario sobre lo importante. Por eso, otro saldo de este proceso electoral es que no podemos decir que el periodismo escrito haya sido un remanso en medio del espectáculo, si no que más bien fue otro factor en la transmisión de sensaciones. El tema lo abordamos con toda precisión a lo largo de esta campaña en la columna primera plana. No obstante, ese fenómeno trajo consigo un dato que Gilles Lipovetsky no desestima, y es el hecho de que los media tienen la utilidad de ofrecer al político de carne y hueso en lugar del inalcanzable e inasible ser que se encarga sólo de cosas serias. Por eso, nos guste o no (en particular a quien esto escribe no le gusta), la trivialidad con que los candidatos llegaron a conducirse será un dato situado en el momento de la elección del ciudadano. La imagen que ellos ofrecieron de sí será importante, como sin duda lo fue aquel episodio del martes 23 de mayo, en el cual a través de la televisión muchos vimos los desplantes autoritarios de uno de los candidatos que quería (y no sabía más qué decir) "hoy, hoy, hoy" para situar el día cuando, según él, debería llevarse a cabo el debate entre ellos. Días después, los asesores de propaganda buscaron hacer de la necedad virtud recurriendo a eslogans donde se enfatizaba que el cambio lo querían "hoy, hoy, hoy". El fin de los medios Es inevitable: los medios de comunicación también son protagonistas de la trama política, actores destacados que acotan, modulan o determinan la agenda de la discusión. No son ni actúan como un monolito desde luego, con su versatilidad editorial y sus énfasis periodísticos, también según sus propias limitaciones esas empresas conforman el crisol de las expectativas, las frustraciones y las obsesiones de la sociedad mexicana. Naturalmente, los dueños de esas empresas de información tienen predilecciones y animadversiones que se traducen cotidianamente en el formato noticioso y en su definición editorial. Atienden un mercado, sin duda, dirigiéndose al público más proclive a esas, sus preferencias. Por eso, también, conforman un nicho que les representa ganancias económicas y presencia política. En consecuencia, además de hacer negocio, los medios de comunicación inciden en el debate público, y al revés: en tanto actores que influyen pueden convocar una mayor audiencia o cantidad de lectores. La búsqueda de credibilidad, entonces, no sólo es un imperativo ético, sino también político y financiero. El asunto es más complejo aún porque, a pesar de lo antes dicho, en algunas ocasiones la apuesta por la credibilidad llegó a ser socavada por los vericuetos de la política. En demérito de la credibilidad, tanto los dueños de los medios como sus editores determinan qué puede o no saber su público. Cuando la óptica política es más poderosa que la búsqueda de credibilidad, sucede la difusión de versiones, aunque inverosímiles, donde se afirmó de un acuerdo entre los candidatos opositores donde dimitiría quien más abajo esté en las preferencias electorales captadas por las encuestas. También ocurre que un medio afín a un candidato omita o relegue información que le sea contraria, ya sea porque éste hubiera cometido una pifia discursiva o algún otro dislate. El entendible protagonismo de los medios desvirtúa su propia función cuando en lugar de hacer periodismo hacen política y cuando en aras de hacer política pervierten los valores fundamentales de aquel oficio. La perversión es mayor cuando entran las expectativas del negocio. En el principio de una empresa está el lucro y, particularmente en los medios de comunicación, el esfuerzo de la independencia económica para decidir su estructura editorial. Nada más entendible. Ocurre, sin embargo, que en esa expectativa no pocos profesionales de la noticia hipotecan su trabajo. Si en el mercado hay una amplia cauda de lectores que no asumen la información como un esfuerzo que les implica análisis, comparación y verificación, con otros medios, hay empresas que determinan la nota como una mercancía, haciéndola de tan fácil acceso que la trivializan. La búsqueda del negocio determina que los tabloides intenten trasladar en sus páginas el impacto de la imagen, que deplora también la información que contextualiza un hecho y contribuye no sólo a explicarlo, sino además a entender sus consecuencias probables. Colofón Entre algunos otros aspectos, los señalados son sólo expresión del dinamismo social y político con que se entreteje el sistema democrático mexicano. El 2 de julio es parte de ese proceso y, creemos, no un momento de refundación ni un pase mágico. Es una fecha más dentro del largo, lento y sinuoso camino que hemos emprendido y, por tanto, un eslabón más entre los muchos retos que ahora tenemos
Notas 1 Ricardo Becerra, Pedro Salazar y José Woldenberg, La mecánica del cambio político en México, Cal y arena, 2000. 2 Adam Przeworski, "Algunos problemas en el estudio de la transición hacia la democracia", en Guillermo O`Donnell, Philippe C. Schmitter y Laurence Whitehead (comps.), Transiciones desde un gobierno autoritario. Perspectivas comparadas, Paidós, 1988. 3 Ibid. 4 Murray Edelman, La construcción del espectáculo político, Anagrama, 1997. 5 Ignacio Ramonet, La tiranía de la comunicación, Anagrama.
Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera. Correo: mlevario@etcetera.com.mx |
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