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Animo en alto
Lenia Batres Guadarrama
El PRD participa por segunda ocasión en una campaña presidencial. En realidad sería la tercera, si sumamos la del 88, cuando integramos el Frente Democrático Nacional. En las tres hemos llevado a Cuauhtémoc Cárdenas como candidato. Tal vez por eso, podemos ver nítidamente las diferencias de las tres contiendas. Esta campaña podría diferenciarse del resto por circunstancias internas y externas. Frente a nuestras campañas presidenciales anteriores podríamos anotar, en primer lugar, que nos encontramos en un ambiente totalmente distinto. A la campaña de 1988 la rodeó una estructura del régimen cerrada y autoritaria en su totalidad. Recordemos: no había prensa dispuesta a disentir con el gobierno y sus candidatos. Simplemente, la oposición no existía más allá de la percepción que la gente podía crearse con el contacto directo. Fue la primera vez que los mexicanos percibimos la posibilidad real de alternancia política. La campaña de Cuauhtémoc la hicimos con base en una creciente movilización en todo el país. Fue una campaña de movilización donde imperó el símbolo de la ruptura y suma de la izquierda, grupos y personalidades a una lucha un tanto incierta. El resto de la historia lo conocemos: Cuauhtémoc Cárdenas ganó la elección, pero se cayó el sistema... Esas fueron las circunstancias: una campaña no de medios sino de movilización. De adhesiones de grupos, partidos y personajes. De cerrazón gubernamental. De fraude anterior y durante la elección. De medios entregados a la colaboración con el régimen. De hostigamiento. No había recursos para la contratación de propaganda en medios electrónicos, así que tuvimos que apostar a la lucha por el voto mediante el activismo. Ya para la campaña del 94 varias circunstancias habían cambiado. Estrenamos Instituto Federal Electoral ciudadanizado. Teníamos, ya como PRD, una infraestructura organizativa. Sin embargo, nos enfrentamos a factores entre los que reinó una enorme incertidumbre política, la más grande que, al menos a mi generación, nos había tocado vivir: el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y los crímenes de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu. El PRD ya contaba con tiempo electoral en los medios de comunicación masiva. Sin embargo, la movilización no fue tan fuerte como en el 88. Terminábamos un sexenio entero de asedio de un régimen que ubicó como enemigo principal a Cuauhtémoc y su partido. Aquella famosa frase de Carlos Salinas de "ni los oigo ni los veo" fue, justamente, un comentario al final de su último Informe de gobierno dedicado al PRD, cuando nuestros legisladores interpelaron desde sus curules al Presidente. Al igual que en el 88, el fraude electoral seguía siendo una poderosa sombra sobre cualquier posible resultado. Terminábamos también un sexenio entero de protestas postelectorales en contra de los mil y un fraudes por toda la República. Aquella campaña estuvo marcada por el miedo que vivía la población ante la posibilidad de que se despertara la violencia, una nueva revolución de los excluidos y, para el PRD, por el hostigamiento que vivimos en aquel sexenio salinista en el que se asesinaron a más de 300 de nuestros militantes. Sin duda, esta campaña se ha desarrollado en medio de circunstancias, muchas, análogas a las dos anteriores. Ya tenemos un IFE probado. Le tenemos confianza. Las técnicas de fraude electoral de antaño, queremos creer, quedarán para los siguientes capítulos de La ley de Herodes. Tamales, carruseles, tacos... un día de éstos ya no serán más que la referencia obligada de la pretransición a la democracia. Después de varias reformas electorales fallidas, logramos acceder a condiciones más cercanas a la equidad. Tenemos acceso a tiempo en radio y televisión y financiamiento para contratarlo. El PRD logró remontar aquella imagen con la que se tildó a la movilización social convirtiéndola en sinónimo de violencia. Llegamos con 276 municipios gobernados por nuestro partido; 125 diputados federales, 16 senadores, y el primer órgano legislativo en el que somos absoluta mayoría. Concretamos, además, una política de alianzas con la que hemos logrado gobernar ya cinco entidades federativas. A pesar de los catastróficos pronósticos, la ciudad de México no se cayó con el gobierno del PRD. Lejos de ello, se logró dar un nuevo rumbo a la capital, incorporando políticas para el desarrollo sustentable; racionalizando el crecimiento e inversión del Metro y transporte público y concesionado; aplicando programas hacia mujeres, niños y jóvenes; limpiando la ciudad de mafias y mafias inherentes a la única ley que se respetaba, la del más fuerte; transparentando el ejercicio del gobierno local más vigilado que se haya visto. Pudimos, en los tres años anteriores a esta campaña, enfrentar la adversidad política con elementos institucionales, desde la propia obra de gobierno, por primera vez. Se lograron remontar los momentos difíciles como los recortes presupuestales para la ciudad de 1999 y 2000. (Nada más del 99, se redujo más de 15% el presupuesto neto para el DF, como nunca lo ha enfrentado el Ejecutivo Federal.) Ciertamente, y sobre todo para el PRD, Zedillo no es Salinas. A pesar de que estamos muy lejos de poder afirmar que el Presidente de la República haya abandonado -como se ha pretendido- sus facultades metaconstitucionales, entre las que se encuentra encabezar al propio partido oficial, el titular del Poder Ejecutivo no encabezó una feroz lucha contra nuestro partido como el anterior. Después de 11 años de existencia, el PRD llegó a la campaña como un partido estructurado. Tampoco el país es el mismo. Estos años de pluralidad de facto e institucional han servido intensivamente para la formación de una conciencia ciudadana. Por eso comienzan a jugar nuevos factores. Es una campaña en la que subsiste la incertidumbre, la coacción del voto, la iniquidad. Pero la combinación de esos factores junto con la forma como se mueven los actores de la contienda nos revelan una realidad distinta. A pesar de la prohibición expresa del decreto de Presupuesto de Egresos para este año, el Ejecutivo federal sigue entregando obra y mantiene la publicidad de los supuestos logros de gobierno. Los titulares de las distintas dependencias y sindicatos que los acompañan continúan condicionando prestaciones burocráticas presentes o futuras a los servidores subordinados si no votan en favor del PRI. Es el fraude invisible anterior a la elección donde el IFE no ha logrado penetrar. Imposible cuantificar su efectividad. Sin embargo, su margen de efectividad es cada vez más estrecho. Vecinos, maestros, petroleros, médicos, militares, diplomáticos, denuncian las acciones de presión. Es cierto que se han mantenido latentes distintos conflictos sociales, como el de Chiapas o el de la UNAM, algunos creemos, para generar incertidumbre, pero también podemos notar que no vivimos el cuasi pánico del 94. Se han alentado otros conflictos, sobre todo en la ciudad, como el de los maestros o el de los agentes de seguridad pública, con el mismo fin. Tal vez, ello podría atraer alguna proporción de voto conservador, pero, me parece, estamos muy lejos de que se genere la magnitud del voto del miedo del 94. Los partidos tienen mayores armas para su defensa. Somos gobierno. Además, comenzamos a tener en los medios el derecho de réplica, inexistente en el 88, por ejemplo. Los medios han descubierto que el espectáculo político tiene rating. Y para que se dé ese espectáculo tiene que haber acusaciones y respuestas. Luego entonces, hay que darle voz a más de uno. Nada que ver el escenario de la prensa de hace diez años con el de hoy. La apertura ha sido intensiva, ininterrumpida. Una verdadera "revolución silenciosa". Para el PRD volver a jugar con Cuauhtémoc a la cabeza ha tenido grandes ventajas. Se trata de un candidato que conoce la geografía nacional. Que sabe en dónde y cómo lo recibe la gente. Que es un líder natural de nuestro partido. Líder sí. No caudillo, como le han querido también cargar. De los tres principales candidatos a la Presidencia, es el único que realmente es un líder natural de partido. La gente identifica candidato y discurso con historia de un partido, con una misma trayectoria. No tenemos que adoptar "nuevo PRD" ni querer encabezar a los panistas para brindar una oferta política alternativa. El PAN, por su parte, llega como candidato más que como partido. Le sucede lo mismo que al PRI. Tiene que renunciar a lo que ha hecho para poder tener autoridad moral para llamar al voto. De repente el PAN de las alianzas con el PRI y el gobierno se ve obligado a transformarse en el PAN demócrata y opositor. Es más, es el PAN que representa -a título de autoproclamación- a toda la oposición y la supuesta oportunidad de cambio. Es el PAN de las transmutaciones que no se hace responsable de las concertacesiones ni del Fobaproa-IPAB ni de los candados de la lista de beneficiados ni de la historia oscurantista de sus gobiernos ni de su programa. Ni siquiera, de las declaraciones de su candidato el día anterior. Fox, ese Fox con piel de oveja, seguirá en estos días peleando el round de sombra por encontrar el voto perredista. Y del PRI, qué decir. Sigue sin ser un partido. Triste y crudamente lo mostró en los primeros meses de la campaña. Quiso jugar a la pluralidad. A la propuesta, réplica y contrarréplica con los adversarios. El "nuevo PRI". No resistió. Expuso a su candidato a su pequeña realidad de ser mundano. Y vino la reversa. Cero entrevistas. Cero debates públicos. La protección del Estado a su salvación. Zedillo y gabinete al rescate. Aparato político en acción. Cero exposición a la intemperie. Cero campaña real. (¿Cuántos autobuses había en su cierre de campaña en el Zócalo?)
Los otros tres, ahora dos, candidatos, bajo un común denominador: rompen con sus partidos al no obtener una candidatura. Porfirio merecía sin duda un final más afortunado. Gilberto Rincón Gallardo, quien salió del PRD cuando no se le postuló para diputado federal en el 97, también habla de democracia y busca el voto perredista: "Somos mucho más que dos", dice aludiendo al PRI y el PAN. Manuel Camacho, del que se quiere identificar con el salinismo, en realidad rompió con quienes mantuvieron a Salinas para crear una fuerza de centro. Creo que no interpretó bien a nuestra sociedad. La gente no busca el centro, la moderación, el gradualismo. Le urge un cambio. ¿Errores en nuestra campaña? Algunos, sin duda. El primero comenzó en el accidentado proceso de elección para la presidencia del partido. Además, un largo proceso para la conformación de la Alianza por México y elección de las demás candidaturas de representación popular. Otros: crear esperanza en una posible alianza opositora con el PAN. Para nosotros el blanquiazul ha sido el esquirol permanente del gobierno. Como opción de derecha ha encajado perfectamente con los últimos regímenes priistas de derecha. Sin embargo, quisimos responder a la esperanza de diversos sectores de la población, fundamentalmente de clase media, en la urgencia de sacar al PRI del gobierno. Jugamos a intentar la alianza, a pesar de saber la calidad de los posibles aliados. Pero el PAN buscaba una declinación, no una alianza. También nos pesaron las etiquetas beligerantes que en el pasado nos endilgaron. Y comenzamos la campaña con más moderación de la necesaria. Por eso mismo evitamos confrontar con el PAN desde un inicio, teniendo tantas y tan grandes diferencias en nuestro proyecto de nación... En fin, los perredistas llegamos al final de la campaña con bastante ánimo, con menos frustraciones que en otras ocasiones. El PRD jugó con lo que puede jugar: su historia, de confrontación con el régimen, de alternativa de gobierno. De oferta de una forma de gobierno más cercana a valores nacionales y populares, que favorezca el desarrollo nacional y a los distintos sectores sociales. Con la expectativa de transformar la globalización de la dependencia del exterior y de los inversionistas extranjeros en una en la que encontremos nuestras formas de manifestarnos y, sí, de mantenernos como entidad soberana. Aquí estamos. Aglutinando y reaglutinando millones de votos que han encontrado en el PRD a la alternativa que hemos mostrado en el Congreso y desde los gobiernos municipales y estatales que hemos encabezado. En un ambiente como éste, los cierres de Cuauhtémoc nos muestran nuestras propias fortalezas: miles de centenas de mexicanos se movilizan alrededor de la sencillez, la tenacidad, la honestidad intelectual, la esperanza, del PRD y nuestro candidato. Sonora, Sinaloa, Baja California Sur, Tabasco, Michoacán, Estado de México, han recibido a Cuauhtémoc como en los mejores tiempos de la efervescencia popular del 88 y más. A pesar de los gigantescos avances que la pluralidad ha logrado en términos de equidad electoral, terminamos también esta campaña con dos retos para lograr esa equidad, uno viejo y uno nuevo. El viejo: desterrar de una vez el uso de recursos públicos en favor de las candidaturas priistas. El nuevo: el acceso a medios de comunicación de la oferta política de los distintos partidos. Efectivamente, hubo acceso a los medios de comunicación. Ya no hay veto para algún partido. Ni en la distribución del tiempo electoral ni en la cobertura de los propios medios. Sin embargo, ha entrado en las contiendas un nuevo elemento que no existió antes: el del famoso marketing, es decir, la publicidad comprada por los propios partidos. ¿Cuánto habrán pagado PRI o PAN en tiempo de publicidad radiofónica o televisiva? Algunos diarios reportan que, por ejemplo, el PAN está pagando al día más de diez millones de pesos. ¿Cuántos días lleva la campaña de Vicente Fox? ¿Más de dos años? Claro, no ha pagado lo mismo en todo el trayecto, pero es seguro que ni con el doble de su prerrogativa (cerca de 500 millones de pesos) habría podido pagar lo que ha gastado en radio y televisión. Y Labastida tampoco habría podido cubrir con los cerca de 700 millones de pesos que recibe del IFE la frecuencia de spots en medios electrónicos. Menos aún si contamos su precampaña. El marketing está hecho para quienes pueden obtener recursos extras. Si a ello sumamos las "precampañas", en realidad el gasto realizado escapa a cualquier noción de equidad o certidumbre en la contienda. Más aún si el IFE no puede vigilar el uso de recursos antes del inicio de la campaña formal. Esta es la contienda más cara que se haya desarrollado en México. El PRD no puede apostar al marketing por la sencilla razón de que los enormes recursos que ello implica sólo pueden provenir de los grandes empresarios del país y éstos, eso es cierto, no ven en un posible gobierno federal del PRD el trato privilegiado que hasta ahora han recibido. Por eso no aterrizan sus "aportaciones" en nuestras campañas. El gran reto de la equidad será la lección de esta campaña Lenia Batres es diputada federal por el Partido de la Revolución Democrática. |
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