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Fernando Mejía Barquera
Estratégico atentado El ataque sufrido por Lilly Téllez y su escolta el 22 de junio no podía ser más oportuno para quienes quieren causar problemas al país ni más inoportuno para la sociedad mexicana. Se está convirtiendo en peligrosa costumbre sexenal que semanas o días antes de una elección presidencial ocurran atentados que enturbian el ambiente político. Así ocurrió el 3 de julio de 1988 -tres días antes de la elección de ese año- cuando Francisco Javier Ovando, coordinador de Acción Electoral del Frente Democrático Nacional, fue asesinado junto con su colaborador Román Gil Heraldez. Se repitió en marzo de 1994 con el magnicidio de Luis Donaldo Colosio. Y ocurrió otra vez la semana pasada, afortunadamente sin muertes que lamentar, pero con heridas serias a tres personas y daño emocional para Lilly Téllez. Es deseable que durante esta semana, los ánimos se hayan serenado y tanto las autoridades del DF como TV Azteca, además de los medios y periodistas que opinen sobre el asunto, lo aborden con cuidado, tratando de meter freno a prejuicios y animadversiones; claro, si tienen interés en que se esclarezca el caso y no los mueve el afán de llevar agua a su molino político. Porque el jueves 22 el fantasma del caso Stanley amenazó con meterse a las pantallas de TV Azteca y a las líneas telefónicas que llevaron voces y opiniones al set del noticiario Hechos. El antiperredismo obsesivo, las sugerencias que apuntaron hacia la Procuraduría del DF como responsable de haber creado "el contexto" en que ocurrió la agresión a Lilly Téllez y sus colaboradores, y el ánimo de cobrar revancha a quienes "se burlaron" de la periodista por traer guaruras, colocaron al informativo de TV Azteca en el límite del ataque frontal contra el gobierno del DF, tal como ocurrió el 7 de junio de 1999. Afortunadamente esa frontera no llegó a cruzarse, al menos esa noche. La llamada telefónica de Rosario Robles puso una nota de mesura que fue bien captada por Sergio Sarmiento, alto funcionario de TV Azteca, quien con sus palabras signó, al menos esa noche, un pacto implícito de no agresión con la funcionaria. Hay que decir que pese al tono comedido de su llamada a Hechos, Rosario Robles cometió un desliz. Después de pedir cordura a la televisora, dijo: "No nos vaya a pasar lo que ocurrió con Stanley, que se culpó a la autoridad y resultó que eran hechos relacionados con asuntos muy graves". ¿Rosario Robles sospecha de algún móvil específico en el caso del ataque al convoy de Lilly Téllez? ¿Supone que tiene relación con "asuntos muy graves"? Sin duda, un hecho como éste sólo puede tener objetivos turbios, pero si la propia jefa de gobierno recomienda abrir la investigación y tener cordura, lo menos que puede hacer es poner el ejemplo y no adelantar juicios o suspicacias.
Se va de Televisa La semana pasada relatamos en este espacio el retorno de Alejandro Burillo Azcárraga al negocio del futbol y comentamos que con cuatro equipos -dos de Primera División y dos de Primera A- y un par de cargos importantes, uno en la Federación Mexicana de Futbol y otro en la FIFA, se había colocado en ubicación perfecta para emprender una revancha contra Emilio Azcárraga Jean -vía el negocio del fut, uno de los más preciados para Televisa- o negociar con éste su retorno a la empresa. Dos días después de entregar esa nota, el panorama se aclaró: el lunes 19 de junio Burillo anunció la venta de sus acciones en Televisa, es decir, 25% de los títulos de Televicentro, el grupo controlador del consorcio. Con el retiro de Burillo la posesión de acciones en el grupo Televicentro se recompone por quinta ocasión en sólo cuatro años (la proporción en la propiedad cambió una vez en 1997, dos en 1998 y una en 1999). Las acciones del Güero Burillo fueron adquiridas por Emilio Azcárraga Jean, 2.94%; la familia Aramburuzabala (accionistas de la Cervecería Modelo), 16.70%; familia Fernández (también accionistas de esa cervecería), 3.92%; y SINCA Inbursa (Carlos Slim e hijos), 1.44%. Ya sin Alejandro Burillo, la composición accionaria en grupo Televicentro queda como sigue: Emilio Azcárraga Jean, 53.94%; SINCA Inbursa, 25.44%, más los porcentajes ya señalados de las familias Aramburuzabala y Fernández. A cambio de vender sus acciones en Televisa, Burillo logró que el consorcio le vendiera en 126 millones de dólares 12.1% de las acciones que éste tenía en la empresa de telecomunicaciones Pegaso, con lo cual Burillo queda como socio mayoritario, y que le vendiera también, en 25 millones de dólares, el periódico Ovaciones que el Güero habrá de usar, seguramente, para promoverse a sí mismo y a sus equipos en el negocio del futbol. La reestructuración de la propiedad accionaria en Televisa se considera un triunfo para Emilio Azcárraga Jean, quien aparentemente se habría deshecho por fin de su primo, un tipo colmilludo que alguna vez tuvo la pretensión de disputarle el poder en esa empresa.
Riesgo azulgrana Desde que el Atlante cayó en manos de Alejandro Burillo, allá por 1996, el equipo del pueblo inició una debacle que culminó el torneo pasado, el peor de toda su historia. Ahora, Burillo -americanista de corazón, como todos los juniors de Televisa- pretende atentar contra la tradición atlantista: quitar en el uniforme del equipo los colores azulgrana y vestir a los jugadores con tonos naranja y negro, los de la empresa Pegaso. Claro, a él le importa su negocio, no las historias personales de quienes amamos esos colores. Los atlantistas somos pocos, una rara especie, pero ojalá ninguno de nosotros acuda al estadio Azulgrana, nuevamente sede del Atlante -o del equipo Pegaso-, si el atentado se consuma Fernando Mejía Barquera es periodista. |
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