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puros cuentos Incestuosamente decorativo
María Elena Castro
¿Que si creo que se nace con sangre de asesino? Pero, ¿por qué la pregunta, licenciado? Encogió los hombros y antes de que siguiera cuestionándome, empecé a platicarle sobre mi vida con frases entrecortadas. Nací en el 71. Tengo un hermano dos años mayor que yo. Mis padres son médicos, se llevan muy bien. Mi abuelo fue el que me consiguió los primeros trabajos cuando terminé de estudiar la carrera. ¿Ya le dije que soy decoradora de interiores? Pues sí. Redecoré los consultorios del Hospital de México, la casa de los Codwell, una suite en el Royal para un embajador... y hace una semana me llamaron para que fuera a decorar una casa de campo en el Ajusco, me encantó la idea y sugerí ir el mismo día. Era un terreno grande como de dos hectáreas. La casa de un solo nivel, sencilla, no había adornos en la pared a excepción de una escopeta, que la única hija del matrimonio me mostró. Tomé medidas y las fotos concernientes, como siempre lo hago. Pensaba decorarla en tonos marrón y azul índigo. Cuando estaba dispuesta a regresar, se soltó un aguacero que no permitía ninguna visibilidad. El matrimonio me ofreció cortésmente quedarme esa noche y la verdad es que no había manera de salir del recinto. Cuando estaba por dormirme, oí gritar a la niña, luego se acompañó de un rechinido constante y poco a poco los gritos se convirtieron en gemidos sofocados. Supuse que los padres irían a verla, pero al no cesar el ruido me levanté y me dirigí a la recámara. La madre lloraba hincada a un lado de la puerta con los ojos cerrados, toqué su hombro y cuando iba a preguntarle que ocurría, ante mis ojos vislumbré la espalda paterna: lo que pasaba en el interior del cuarto. Los brazos del hombre agitadamente se movían sobre la niña. Retrocedí. Quería borrar de mi mente la imagen. Giré hacia la madre y le supliqué: ¡deténgalo! Pero ella no me respondió. Mi mente se puso en blanco, me sentía estúpidamente impotente. Fue entonces cuando recordé la escopeta. Corrí por ella, revisé si estaba cargada. Sólo tenía una bala. Regresé al cuarto y entré sin titubear. La madre en ese momento dejó de llorar. El continuaba aún sobre la niña. ¡Suéltala!, grité lo más fuerte que pude, su mirada blanquecina volteó y me dijo: "¿También quieres jugar?". La besaba con más fuerza. Mi sangre se heló. Le di una patada y cuando estaba a punto de levantarse tiré del gatillo con fuerza. Sólo quería asustarlo y llevarme a la niña conmigo, pero... ¿Están mis padres afuera? ¿Viene mi novio con ellos? ¿Sabe? Me iba a casar en tres meses y dicen que puede durar eso y hasta más mi juicio... María Elena Castro es egresada de la Sogem. |
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