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Maribel Ramírez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La métrica de la destrucción

Ricardo Becerra

Foto: Luis Humberto González/Silva

No habíamos reparado en ello, pero cada año en México se acumula una suerte de "deuda ecológica": más de 40 mil millones de dólares anuales son los saldos de la destrucción de riqueza natural que provoca nuestro estilo de desarrollo, nuestra tecnología y nuestros hábitos de consumo.

Veamos: cuando México crece, cuando produce, debe echar mano de sus recursos naturales: bosques, agua, petróleo. Como si fuera una inmensa empresa a la cual se le desgastan las instalaciones y las máquinas. Al paso del tiempo, esto le quita valor a las empresas mismas. La economía se dio cuenta de ello hace siglos y por eso desarrolló una contabilidad especial, para captar la depreciación. Medirla, para incorporar en su producto el precio del desgaste. De esa manera, cobrando por el desgaste, se asegura la manutención o la compra de nuevos equipos.

Sin embargo, a escala nacional, la contabilidad tradicional no se había percatado del asunto, no habíamos tomado en cuenta los efectos y los costos en que incurre el país cuando produce.

El INEGI ha puesto manos a la obra, con la colaboración de la Semarnap, para que el país cuente con una medición económica de su agotamiento y su degradación para que podamos saber con exactitud la cantidad de riqueza que vamos a heredar a las generaciones futuras.

Gracias a ese esfuerzo nos hemos convertido en el primer país que ha desarrollado un Sistema de Cuentas Económicas y Ecológicas, un incipiente instrumental estadístico que permite cuantificar variables nuevas para constituir eso que ha dado en llamarse "Producto Interno Neto Ecológico".

El PINE es un indicador que toma en cuenta por primera vez los inventarios reales de petróleo, recursos forestales, cambios en el uso del suelo, aguas subterráneas, erosión del suelo y contaminación del agua, del suelo y del aire.

Los primeros resultados son alucinantes: según INEGI los costos totales de la destrucción ecológica representan en promedio 11.1% del PIB en cuatro años. En 1999 eso representó algo así como 45 mil millones de dólares.

¿Qué significa eso? Pues que se requerirían 45 mil millones de billetes verdes para revertir y evitar el deterioro de los recursos. Usted, lector, haga sus cálculos: supongamos que esto se mantiene, que logramos sostener el crecimiento sin mayores costos ambientales durante los próximos diez años. Eso significará que habremos empobrecido físicamente al país en una proporción de 450 mil millones de dólares: cuatro veces el total de la deuda externa ¡en una década!

Datos de 1994 y 1998, en dólares.
Fuente: Reforma e INEGI

La cosa parece una jeremiada más de los biólogos alucinados de la Semarnap, pero no es así, es un problema tangible con consecuencias concretas. Vayamos a un ejemplo. Mientras contemos con bosques no veremos el problema. Pero imagínese que su existencia llega a niveles críticos. Primera consecuencia económica: los precios de la madera se van a disparar. Segunda: habrá que gastar dólares en importar un producto que antes vendíamos al mundo. Tercera: tendremos que invertir miles de dólares en sembrar y recuperar los bosques perdidos durante un tiempo incierto, que puede durar décadas. La consecuencia final: un país y una población que ha crecido económicamente y que, sin embargo, es más pobre.

Crudamente, ése es el significado del PIB ecológico. Mientras, el tiempo sigue avanzando, y no hemos escuchado un solo enunciado de todo esto de parte del próximo Presidente de México (quien llegue a ser). Por lo pronto, como lo demuestra la gráfica, la nueva riqueza que producimos no pudo compensar a las pérdidas provocadas por la destrucción ambiental: por estos factores, la población mexicana es realmente más pobre que hace cinco años

Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

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