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textos El invierno del León de Damasco
Naief Yehya
La muerte de Hafez el Assad no podía haber sucedido en un peor momento tanto para los propios sirios como para los israelíes y el gobierno de Clinton. Su desaparición deja un peligroso vacío de poder en el corazón de una nación fundamental para cualquier iniciativa de paz en la región. Y precisamente ha sucedido pocas semanas después de la retirada de Israel del sur del Líbano y poco antes de que termine el segundo periodo de Clinton, quien hubiera querido dejar la Presidencia habiendo "pacificado" la región. Assad murió sin haber unido a los árabes, recuperado el Golán o visto la creación de un Estado palestino. Pero la fortaleza de su legado está en las cosas que no hizo. Hafez el Assad nació el 6 de octubre de 1930 en el seno de una familia de la minoría alauita medianamente acomodada. En 1946 Siria se independizó de Francia, país del cual fue protectorado desde 1916, tras la firma del ignominioso tratado Sykes Picot mediante el cual Francia e Inglaterra se dividieron el Medio Oriente. Los árabes esperaban su independencia a cambio de haberse rebelado en contra del imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial, en vez de eso las potencias europeas tomaron el lugar de los opresores turcos. El Assad se afilió al partido socialista Baath y en 1951 ingresó a la academia de la fuerza aérea en Alepo. Cuando en 1958 Siria se unió a Egipto en lo que sería la efímera República Arabe Unida, Assad fue enviado a El Cairo con otros oficiales, quienes vivieron con frustración la marginación de Siria en la nueva república. Cuando la unión se colapsó Siria quedó sumergida en el caos, con diversas fracciones del ejército en lucha para tomar el poder. En 1966 Assad se convirtió en ministro de la defensa. En medio de esa confusión Siria enfrentó la guerra árabe-israelí de 1967 con resultados catastróficos. En una semana se evaporó el mito, muy extendido entre los árabes, de que la "entidad sionista" podía ser destruida con facilidad. La derrota no sólo fue enorme en términos territoriales, pues Egipto perdió el Sinaí; Siria perdió el Golán y Jordania, Jerusalén este; sino que además fue un trauma que habría de marcar a esa generación y a las posteriores. En septiembre de 1970 el Assad tomó el poder de un país convulsionado, vulnerable y extremadamente frágil que daba sus primeros pasos como nación independiente sin tener la menor experiencia democrática. A diferencia de la mayoría de los golpes de Estado anteriores al suyo, éste, conocido como "movimiento corrector", no fue sangriento. Su Presidencia determinó el fin de la autoridad de la élite sunita, numerosos alauitas llegaron a ocupar puestos de poder y otras minorías, como la drusa, ganaron espacios y dejaron de ser discriminadas. Tres años más tarde los árabes trataron de atacar a Israel y nuevamente fueron derrotados de manera apabullante. Aun con el peso de esa guerra perdida Siria se involucró en un nuevo conflicto, la guerra civil de Líbano, entre la élite cristiana y la Organización para la Liberación de Palestina. Tras años de carnicería fratricida que dejaron al país en ruinas, Siria logró lo que parecía imposible: pacificó al Líbano con alrededor de 30 mil soldados, de los cuales permanecen ahí alrededor de 21 mil. Assad asumió el liderazgo vitalicio e impuso un régimen de partido único con muy poca tolerancia para la disidencia. Si bien por una parte modernizó a Siria, construyendo carreteras, presas, plantas de poder, escuelas y demás infraestructura elemental, por otra mantuvo un severo control de la prensa, el comercio y la sociedad a través de diversos mecanismos burocráticos y policiacos. Assad se fue dejando una economía proteccionista y endeble, un sistema bancario inoperante a nivel internacional y una industria muy elemental e incapaz de ofrecer bienes o servicios competitivos. Pero quizá la peor herencia de Assad fue haber impuesto como sucesor a su hijo, primero a su favorito, Basil y tras su muerte en un accidente automovilístico, a Bashar. El régimen ejercía un control enérgico y riguroso de todo movimiento de oposición (Assad ganaba sus reelecciones con 99.9% de la votación), pero eso no impidió que una revuelta fundamentalista, de la trágicamente célebre Hermandad Musulmana, se convirtiera en la peor mancha de su régimen. En 1979 miembros de esta organización masacraron alrededor de 50 cadetes alauitas al dinamitar el comedor de la academia militar de Alepo. En junio del año siguiente Assad fue objeto de un atentado cuando fanáticos le lanzaron dos granadas, una de las cuales pateó él mismo antes de explotar. En represalia, cerca de 250 religiosos presos fueron ejecutados en prisión. En 1982 miembros de la Hermandad se levantaron en armas en la ciudad de Hama, asesinaron a los oficiales del gobierno y llamaron a una insurrección nacional. El ejército actuó de manera brutal aplastando la sublevación y destruyendo buena parte de la ciudad. Hoy aún se pueden ver los estragos de aquella matanza en las mezquitas y edificios de esa ciudad. Las pérdidas humanas se estiman entre diez y 20 mil. Obviamente este acto fue condenado internacionalmente. Aunque una masacre nunca podrá justificarse, resulta irónico que fueron los peores enemigos del fundamentalismo musulmán quienes criticaron con más virulencia a Assad. La insurrección de Hama sigue siendo una herida abierta en la historia reciente del Medio Oriente, pero es muy probable que de no haberse detenido la insurrección, la Hermandad hubiera tomado el poder en Siria y esto hubiera tenido consecuencias extremadamente graves, pues un gobierno extremista hubiera desestabilizado la región y muy probablemente conducido a una nueva guerra contra Israel. En cambio, Siria mantuvo una guerra indirecta y de baja intensidad contra Israel a través de las milicias que luchaban contra la ocupación en el sur del Líbano sobre las cuales ejercía cierto control e influencia. Assad fue el único líder árabe que se mantuvo fiel a los ideales de la unidad árabe, por lo que rechazó las invitaciones de otros líderes árabes a unirse a sus procesos de "normalización" con Israel. Quizá estaba convencido de que podría obtener más que ellos si se mantenía firme en el status quo, además de que nunca se hubiera sometido a las indignidades, humillaciones y desprecio que sufrieron Anuar Sadat y más recientemente el mismo Yaser Arafat, quienes son considerados como traidores por grandes sectores de su pueblo y del mundo árabe en general. Assad, cuyo nombre quiere decir león en árabe, se distinguió por su imponente tenacidad para negociar. Mientras la mayoría de los países árabes, desde Túnez hasta Iraq, pasando por los serviles reinos de la península arábiga, se convirtieron en Estados "clientes" de Estados Unidos, Siria permaneció anclada en un férreo nacionalismo que si bien parecía un anacronismo era la única garantía de independencia de un país sin el poder económico o militar suficiente como para rivalizar con Israel. Inicialmente Assad no estaba dispuesto a hacer la paz con Israel a menos de que regresara todos los territorios ocupados a las naciones árabes y permitieran el retorno de todos los palestinos exiliados. En esa época Assad proponía la fórmula: "Paz amplia, justa y duradera". No obstante, en 1993 propuso una nueva receta: "Paz total por retirada total", con la cual se deslindaba del resto de los árabes y ofrecía la "normalización" a cambio de recuperar todo el Golán. También cambió entonces el discurso oficial e Israel comenzó a ser llamado por ese nombre y no por la formulación de "entidad sionista". Esta actitud implicaba un sentimiento de dolorosa resignación, desilusión y fatalismo pero a la vez llevaba la consolación de haber sido durante tres décadas un digno rival para un poderoso enemigo. Assad murió antes de firmar cualquier paz y sin haber podido cumplir su obsesión de recuperar el Golán, pero, por lo menos, murió sabiendo que no había cometido el trágico error de firmar primero y negociar después, como Sadat, quien dio el primer golpe mortal a lo quedaba de la unidad árabe al negociar individualmente la paz con Israel, y Arafat, quien ha convertido la esperanza de construir un Estado palestino en la pesadilla de confinar a su pueblo en un atroz sistema de apartheid Naief Yehya es ingeniero civil y cibernauta. Correo: nyehya@erols.com |
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