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con el candidato El PRI sigue siendo el mismo
Marco Levario Turcott
En este tiempo de adhesiones, por qué no decirlo o escribirlo ahora. Quién no ha asegurado junto con él que uno tiene de más lo que al otro le falta. Quién, que diga quién, no se ha entusiasmado con el sinaloense o reconocido de plano que el pasado no interesa y que todo quedó en el ayer. Cuántos no le hemos dicho muchas gracias, te agradezco, los momentos de felicidad. Es él y sus convicciones, el hombre que al micrófono advierte que no son ni el PRD ni el PAN la alternativa. Es él y su invitación, "nos vemos el 2 de julio y el primero de diciembre". El hombre que tiene el poder de servir a la gente con su canto, que por eso ofrece con toda la fuerza: "Te protegeré y será un honor dedicarme a ti". Hablamos de Juan Gabriel, el cantante y compositor que logra eco cuando pide un aplauso para el amor, pero al que casi ignoran cuando invita a votar por Francisco Labastida. El se dio cuenta, sin duda, pero no quiso más problemas, tal vez pensó en los inocentes pobres amigos que no saben lo que sufrirían con el otro. Quién sabe si lo entendió, porque en política, al menos ese día, le falló la forma al ir vestido de negro y amarillo. Pero qué necesidad Y sí, tal como él aduce para aprender de la vida, al menos en ese mitin fue verdad que la costumbre es más fuerte que el amor: el PRI usó el acarreo y el control vertical para asegurar la presencia de sus agremiados quienes, sin entusiasmo ni vigor, apenas corearon a los candidatos. Antes de empezar el acto, por cierto, varias decenas de personas se fueron porque llegaron a las ocho de la mañana, ya habían cumplido, pasado lista y recibido su desayuno -así tal cual, le dijeron al cronista-. Pero qué necesidad tiene el PRI, para qué tanto problema, como diría Juan Gabriel, "no hay como la libertad de ser, de estar, soñar, sentir y volar". Al menos ese día el aparato priista se vio como un alma en pena que va arrastrando cadenas. Si alguien o algo tiene que decir adiós es eso, la adhesión forzada y humillante que genera un resentimiento como el que expresó un pepenador de Iztapalapa, forzado a ir pero presto a la revancha el 2 de julio. "No tengo dinero ni nada que dar, lo único que tengo es un voto que dar", dice mientras se discute con unos pasitos tun, tun, que cámara. Sí, cámara, porque cuando uno de esos aparatos capta a los asistentes, éstos pronto agarran pareja, gritan o suenan las matracas (un joven amigo de ellos que no participa les dice que "mejor vamos al noa noa"). Están debajo de un camión que soporta una de las cuatro banderas grandes que hay en favor del candidato, el rótulo del vehículo dice: "Maniobras y montajes". Tú estás siempre en mi mente El Zócalo está lleno y también el cielo pero éste de nubes grises. Frente al Palacio Nacional está el templete, hay gradas al otro extremo y en los costados. Pasadas las once habla Jesús Silva Herzog, ni siquiera él se ve o escucha más o menos convencido de su triunfo, López Obrador parece la tristeza que hay en sus ojos. El candidato se ve como si tuviera en la mente aquella frase del compositor: "Qué voy a hacer, no sé, no encuentro nada, nada, nada, la solución no sé cómo encontrarla". Es previsible, pero también breve: habla del orden que necesita la ciudad, denuncia la ineficiencia de las autoridades, argumenta su experiencia y conocimiento de las cosas. Mas, no puede ni quiere. Mejor advierte una y otra vez, como varias y otras tantas lo haría luego el candidato presidencial, ambos lo tienen siempre en su mente: "Vamos a ganar". "Venimos de lejos y vamos lejos", dice al turno Labastida. Pero el silencio marca aplausos del candidato no funciona, sólo ondean algunas banderas. No hay ánimo, las personas están serias, calladas. El sinaloense continúa: "Abriremos una nueva etapa en el país, estableceremos la igualdad de oportunidades y la certidumbre del progreso para las clases medias". "Vamos a ganar, dice, porque a la historia nadie la detiene, menos aún puede echarla para atrás la ambición de quien la ignora". La alusión es tan clara que un travieso chaval grita: ¡Viva Fox! Hubieran visto el tamaño coscorrón que recibió de su mamá y luego su pena cuando se dio cuenta de que la vio quien esto escribe. Pero dejemos que siga el candidato. Antes, tengamos presente que en la grada A están los integrantes del CEN del PRI, los gobernadores y también varios funcionarios del gobierno, todos ellos muy serios escuchando a Labastida. "Faltan 13 días para la victoria, lo veo y lo siento", dice visionario, "todas las encuestas confiables nos dan la victoria" -mira de reojo a Silva Herzog- "pero estas encuestas son un dato, nunca el más importante, lo que importa es lo que sentimos y vemos, lo que importa es el ánimo de los priistas de todo el país". El abanderado del PRI al gobierno del DF sonríe y prende un cigarro. Congelemos la imagen. Hay muchos rostros cansados, hartos o indiferentes, varias decenas de personas están acostadas, unas durmiendo y otros mirando al cielo. Algunos se despachan con varios de esos tacos de canasta de a seis por tres pesos. Unos más oyen o fingen hacerlo y otros platican de otras cosas. Sigamos con esa instantánea, pero ahora pongamos sonido al candidato ("lo-que-importa-son-los-sentimientos") y a la líder de los petroleros que no quiso dar su nombre ("las personas están hartas, yo no sé por qué nos piden traerlas a güevo"). Regresemos al movimiento y el sonido. Dice Labastida: "Lo que importa es el espíritu de lucha de nuestra gente, la alegría y el entusiasmo que hoy se ve aquí". ¿Dónde? Inviten a la fiesta. El cronista sólo escucha unos cohetes y ve cómo la gente se tapa la cabeza para que no le caiga confeti. Los breves aplausos suenan como una grabadora en sonido bajo. "Esta jornada va a ser la más limpia y competida de la historia -grita Labastida-. Sólo quienes ya se saben y se sienten derrotados pregonan fraudes anticipados que sólo existen en su imaginación o su desesperación" (les llama "locos e irresponsables"). Yo no tengo duda -dice el abanderado del PRI- "para atrás nunca, ni para tomar vuelo". El candidato concluye, adivinen cómo. "Vamos a ganar". Ya imaginan también las pantallas con el logotipo del viejo/nuevo partido tricolor que se mostró ahí en el Zócalo. ¿Este es un lugar de ambiente? A las doce llega Juan Gabriel. El PRI era muy feliz hasta que encontró la competencia y vio la vida con dolor, porque ahora piensa en el voto más que ayer, pero mucho más. Ojalá para su causa no muy tarde comprenda que los tiempos han cambiado, aunque la costumbre todavía en estas elecciones sea más fuerte que la frustración de cada sexenio. Cómo contrasta el entusiasmo de aquellos jóvenes silentes cuando el acto y luego bailarines irrefrenables cuando el amor eterno en voz del artista, les nacía del corazón. Cómo dejar de ver la soledad del acto aun en presencia de muchos y cómo no tener en cuenta al cantante la única vez que no fue secundado por el público, cuando acompañó un cha-cha-chá en favor del candidato. Una hora y cuarto después, el Zócalo se vacía al ritmo de la rola de Timbiriche donde se canta el amor a México. En distintos puntos del lugar varias personas toman lista y luego entregan comida y helado a los asistentes mientras un joven con su grabadora canta "Mañana", esa rola de Juan Gabriel que dice: "Qué triste que todo terminó" Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera. Correo: mlevario@etcetera.com.mx |
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