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Límites de las campañas
Joy Langston
En las democracias, el control temporal del aparato del gobierno se decide a través de las elecciones. Los votantes escogen entre distintos paquetes de políticas gubernamentales que los partidos y sus candidatos ofrecen. Los ciudadanos de las democracias masivas y, por ende, representativas mandan sus representantes al Congreso y a la Presidencia para que gobiernen en su lugar, es un gobierno del pueblo y para el pueblo. Una vez que elegimos a nuestros representantes, no tenemos, como ciudadanos comunes y corrientes, muchos puntos de acceso para influir en la toma de decisión gubernamental. La democracia representativa es el producto de miles de años de pensamiento filosófico, de guerras, de revoluciones y de luchas históricas. Entonces, ¿qué relación tiene la democracia con el hecho de que en todos lados vemos la cara de Cárdenas, de Fox y de Labastida sonriéndonos desde los postes, las bardas y los puentes? Esta publicidad forma parte de las campañas electorales, parte crucial de la democracia moderna. Las campañas nos dan información para que podamos juzgar mejor quién nos conviene como representante en el poder. Conocemos mejor las promesas, las imágenes y el desempeño en el pasado. Partimos del supuesto que los votantes no cuentan con el tiempo para detenerse a estudiar qué tipo de hombres y mujeres son los candidatos o si sus ofertas para la nación son creíbles. Como los ciudadanos no tienen mucha información sobre los candidatos (por que no conviene que gasten tiempo y recursos en buscarla), las campañas son una forma barata para que el electorado se informe sobre las ofertas políticas. Sin embargo, las campañas no son toda la historia: hay otros factores importantes que explican por qué la gente vota como lo hace. Muchos de los votantes tienen un filtro llamado identificación partidista, con el cual se procesa todo el enorme flujo de información que nos mandan los partidos y candidatos durante la campaña. Este filtro es una predisposición positiva hacia un partido u otro que se forma normalmente en la niñez dentro de la familia. En México parece que esta identificación partidista sigue teniendo bastante fuerza entre diversos sectores de la población, pero con el paso del tiempo, más votantes están dispuestos a considerar la posibilidad de cambiar de partido. El segundo factor que juega un papel importante en determinar el voto es el juicio retrospectivo (hacia el desempeño pasado del partido en el poder) en materia económica. No es por nada que los gobiernos de todo el mundo echan dinero al estofado para que sus economías crezcan en los últimos semestres antes de las elecciones. Si la gente siente que la economía personal o nacional va bien, está menos dispuesta a cambiar de partido. Lo que pueden hacer las campañas en este sentido es o acusar al gobierno en el poder del mal manejo de la economía, o bien aclamar su desempeño por fortalecer al crecimiento y desarrollo de los bolsillos. Las campañas electorales han cambiado dramáticamente en México durante los últimos años, y dos razones centrales explican esta transformación: la competencia electoral y el uso de grandes cantidades de dinero para pagar anuncios en los medios masivos de comunicación. En el México de Lázaro Cárdenas, las campañas presidenciales tomaron la forma que tendrían hasta los años 90: el candidato para el partido oficial, sabiendo que no había competencia seria, viajaba por todo el país, no para pedir el voto ni para convencer o persuadir al votante, sino para conocer los problemas y realidades de la nación que iba a gobernar. Hoy en día, las campañas ya no son desfiles triunfales que pasan ante las miradas asombradas de la muchedumbre, sino largos y arduos periodos diseñados para convencer, persuadir, cambiar de opinión y/o fortalecer las preferencias de los votantes hacia uno y hacia su partido. Tanto la estrategia como la técnica de las campañas han sido alterados. En términos de gran estrategia nacional, los líderes de los grandes partidos tienen que diseñar una campaña para ganar ambas ramas de gobierno -el Ejecutivo y el Legislativo-. Ganar el Congreso representa problemas especiales para los tres partidos mayores. Primero, hay que concentrarse en ganar ambos distritos y número de votos para pelear la mayoría en la Cámara baja. Esto requiere de una buena selección de candidatos capaces de obtener la victoria en su distrito y ayudar a la campaña de su candidato a Presidente, quien no puede llegar a los 300 distritos del país. Los partidos tienen recursos limitados para hacer las campañas nacionales, lo cual implica que deben dedicar estos recursos a donde más efecto van a tener -normalmente en los distritos altamente competitivos-. No se va a perder tiempo, dinero y el trabajo de los operadores políticos en los distritos ya perdidos o ya ganados. Desde los 90, la competencia en muchas regiones de México ha aumentado notoriamente, con la consecuencia que muchos distritos son peleados. Sin embargo, no se pueden ignorar los distritos no competitivos por completo, por el sistema electoral de dos niveles que tiene México. Después de 1985 se eliminaron las dos boletas en las elecciones legislativas -una para el voto distrital y la otra para la circunscripción-. El voto para los candidatos de mayoría determina el número de representantes que va a obtener el partido en la circunscripción. Por ende, los candidatos de mayoría juegan dos papeles: ganar el distrito y ayudar a ganar más representantes por representación proporcional, y las campañas electorales tienen que reflejar esta doble responsabilidad. La campaña para Presidente es más vistosa porque solamente se elige a una persona. Además, la Presidencia es la joya en la corona del poder político en México. Por primera vez desde 1940 hay una posibilidad real de que el candidato del partido oficial pierda, y la elección de este año tiene una diferencia fundamental con la de 1940: el Instituto Federal Electoral supervisa y monitorea las campañas, la jornada electoral y el conteo de los votos de manera autónoma. La incertidumbre sobre el resultado final es en parte producto del proceso de campaña en la que el candidato de la Alianza por el Cambio, Vicente Fox, ha podido exitosamente crear una imagen presidencial a la vez que ha transformado la decisión electoral en un referéndum en contra o en favor del régimen priista. Y como consecuencia, el hecho de que la contienda está muy peleada hace más importante la campaña por la simple razón que si se gana esta elección en los márgenes, las acciones que tomen los candidatos para conocerse frente al electorado pueden determinar si hay alternancia en el poder en México o no. Estamos en nuevos momentos electorales y políticos en México. El uso de los medios masivos de comunicación, en especial la televisión, es el segundo cambio importante en las campañas. Las reformas electorales de 1996 plasmaron el acceso a la televisión y a la radio para todos los partidos grandes porque el IFE distribuye fondos en cantidades suficientes para pagar a las estaciones de televisión (se hace esta distribución a los partidos en parte según sus resultados en las últimas elecciones). La televisión cambia la forma de hacer campaña, pues se pueden dar a conocer los candidatos en forma directa sin necesidad de una organización masiva partidista. Esto fortalece las posibilidades de los partidos opositores en contra del PRI, el partido que tradicionalmente ha gozado de una organización territorial y sectorial fuerte (antes el partido oficial también tenía acceso casi exclusivo a los medios masivos de comunicación). La televisión como instrumento de campaña tiene otras consecuencias. En los años 50 se descubrió que la caja mágica vendía productos por la imagen que se proyectaba. (La idea es: si usted fuma esta marca de cigarro, va a ser guapo, rico, y va a poder hablar con bellísimas mujeres como ésta.) La imagen, no los proyectos de políticas gubernamentales, es lo que se vende por televisión. Esta nueva forma de hacer campaña exige una presentación del candidato que dé la sensación (cuán equivocada podría ser) que este señor sí puede gobernar el país exitosamente. Se puede usar el medio electrónico visual para crear imágenes del país que el candidato quiere crear. Por ejemplo, Ronald Reagan (o más bien, sus asesores) utilizó la televisión a la perfección para proyectar la idea de un renacimiento del país y, por ende, confianza en el futuro.(1) Aunque hay que reconocer que el candidato con el mejor equipo de asesores y expertos o con la mejor imagen no tiene que ser el mejor para gobernar la nación, los partidos ya no se pueden dar el lujo de no vender imágenes a través de la televisión.
Otra consecuencia importante del uso de los medios de comunicación en campaña es el hecho que hacen más importantes a los candidatos como figuras centrales de elecciones y, por ende, menos importantes a los partidos. Esto puede ser bueno o malo para la democracia en términos generales. Bueno en el sentido que hay más responsabilidad directa y personal para el desempeño en el gobierno y uno sabe que está votando por un representante de los constituyentes y no de un sector o grupo que no se relacionan con uno. Puede tener efectos nocivos también: si el partido está muy débil es más difícil que cumpla con sus promesas de políticas públicas que formularon en la campaña. Es así porque los políticos individualmente pueden actuar en sus propios intereses y no por los del partido. Este efecto es extremadamente fuerte en Estados Unidos, donde la selección de candidatos se hace en primarias (no por el liderazgo del partido), hay reelección consecutiva, la recaudación de fondos para campañas la realizan los mismos candidatos o por medio por organizaciones no partidistas y por el sistema electoral de mayoría relativa para el Congreso. Está claro que en México no se dan estas condiciones todavía, pero habría que tener en mente las posibles consecuencias para el futuro. En 1988 nadie pensaba que Cuauhtémoc Cárdenas tenía oportunidad real de ganar la elección presidencial. En primer lugar, era insólito pensar en ganarle al PRI y, en segundo, no era posible medir las preferencias electorales de los mexicanos durante la campaña. El papel de las encuestas ha cambiado esta segunda condición para siempre. Ahora sabemos demasiado sobre las preferencias electorales; a veces hasta se reportan los votos de los niños de escuela (¡ganó Labastida!). Las encuestas son importantes en campaña porque dan una medición de cómo va cada uno de los candidatos contra los otros. Esta medición ayuda a los candidatos a ajustar su estrategia si es necesario y ayuda a los votantes a tomar mejores decisiones. Por ejemplo, si uno tiene inclinación hacia la izquierda, pero ve que el candidato más cercano a su preferencia no tiene posibilidad de ganar, entonces puede decidir votar por su segunda preferencia para evitar que gane su peor opción. Esto es el voto estratégico (o útil) y puede tener un impacto sobresaliente en una elección en la que hay tres partidos fuertes en juego. Las encuestas pueden jugar un papel importante en evitar el conflicto postelectoral, especialmente en México donde por muchos años los resultados eran poco creíbles por falta de una autoridad autónoma. Si todas las encuestas le dan a un candidato 15 puntos porcentuales, será difícil defender y justificar su triunfo. Finalmente, las encuestas pueden crear una especie de momentum de un candidato sobre los otros: En abril, cuando Reforma publicó la encuesta mostrando que Labastida y Fox estaban en un "empate técnico" esto le dio mucha fuerza a Fox. Dado el poder de las encuestas, hay que tratarlas con el cuidado con que se trata a un animal domesticado que a veces muerde. Las encuestas deben ser hechas por compañías independientes y confiables; de otra manera, son simplemente instrumentos de los partidos. En su campaña, el candidato para la Alianza por el Cambio, Vicente Fox, ha sido capaz de posicionarse como la alternativa a 70 años de gobierno priista. Esta estrategia ha sido a cuestas del candidato de la Alianza por México, Cuauhtémoc Cárdenas. El candidato del partido de centro-derecha ha tenido que distanciarse de algunas de las propuestas en materia social más radicales de su propio partido para poder moverse al centro y capturar más votos; sin embargo, no ha sido del todo exitoso en su intento. Hay dos estrategias básicas para Fox: primero, atacar el desempeño en el poder del PRI (corrupción, mal manejo de la economía, pobreza, etcétera) y, segundo, reemplazar a Cárdenas como el único candidato con posibilidades de ganarle al PRI. La Alianza por México ha visto minada su capacidad de ganar votos por el discurso cansado de su candidato y su incapacidad de encender a sus propios partidarios activistas. Mucha de la atención dirigida al PRD se debe a su candidato por el DF, Andrés Manuel López Obrador (ex priista como Cárdenas), quien ha podido ganar las simpatías de muchos capitalinos y el voto estratégico de muchos otros. En el debate televisado de abril, Cárdenas dio voz otra vez a la vieja izquierda mexicana: que el petróleo debe ser eje central del crecimiento económico, que México debe revisar sus acuerdos comerciales con países poderosos. Malas lenguas dicen que Cuauhtémoc está canalizando el espíritu de Lázaro. El Partido Revolucionario Institucional ha estado en apuros hasta antes de la mala actuación de su candidato en el debate de abril. En el debate, el candidato Francisco Labastida dedicó buena parte de su tiempo a atacar a Fox sin ofrecer una visión positiva de su país al electorado.(2) Aunque Labastida intentó vender la idea de un nuevo PRI, después del debate se decidió a incluir en su equipo de campaña elementos como Manuel Bartlett y Manlio Fabio Beltrones ("los que sí saben hacerlo"), dando lugar a críticas por el cambio en imagen. En conclusión, las campañas han cambiado en México por la competencia electoral y el uso de los medios masivos de comunicación, especialmente, la televisión. Aun así, se debe tener cuidado en estimar la importancia de las campañas: si vemos las encuestas de enero de este año, Labastida empezó el periodo de campaña con 48% de las preferencias y ha bajado a 42%; Fox inició con 39% y ahora tiene 40% -casi nada de diferencia-; Cárdenas arrancó con 12% y ahora está en 16% (cifras de Reforma, 18/V/2000). El resultado de cinco meses de campaña es que Cárdenas ha ganado cuatro puntos que tenía Labastida. Por un lado, parece poco comparado con tantos millones de pesos gastados. Por otro, si Labastida pierde esta campaña del año 2000 va a ser la más famosa de la historia de México
Notas 1 La campaña del candidato republicano puso spots mostrando un campo bello y tranquilo, con rayos de sol pegando suavemente a las hojas de los árboles, y una voz varonil entonando, "es otra vez el amanecer en América". 2 También rompió uno de los diez mandamientos de campaña en repetir los ataques de su rival. Muchos expertos en campañas negativas también aseveran que no es el candidato quien debe atacar, sino su equipo, por la mala imagen que da al candidato.
Joy Langston es investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económicas. |
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