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punto de fuga

De las transformaciones
Pintura de José Antonio Hernández Vargas

Rocío Cerón

No, mi corazón no duerme, está despierto, despierto.
Ni duerme, ni sueña; mira, los claros ojos abiertos,
señas lejanas y escucha a orillas del gran silencio.

Antonio Machado

 

Al filo de la luz, 1999

El arte contemporáneo se caracteriza por un pluralismo de discursos sobre las realidades del hombre, pero las apariencias y formas ocultas que consiguen llevar al espectador a fecundos territorios del espíritu sólo son puestas de manifiesto por algunos artistas. En la fractura, en la escisión, se inicia el asombro y el diálogo, se deja a la obra crear roce visual, táctil. José Antonio Hernández Vargas es un pintor que disecciona, abre las capas de su pintura mediante un ejercicio de cubrimiento y estilete: corta y une, abre y cierra, cubre y rasga. Si la realidad es un cuerpo fracturado, diseminado, el artista recoge los fragmentos de un mundo destruido para otorgarles un nuevo orden, un nuevo sentido, en breve: les da trazo, color y cuerpo. Al igual que la piel (y los afectos) en su pintura existen estratos, profundidades. Los espacios de sus cuadros son realidades transfiguradas en las cuales los planos son abismos, y los abismos, estados anímicos.

En la composición final -lo que mira el espectador- se esconden innumerables capas en las que el artista ha registrado armonías, ritmos y elementos que sólo saldrán a la superficie bajo el velo de las apariencias. Su discurso plástico se basa en la densidad de la materia y la reducción de las figuraciones: mapas abstractos pero llenos de contenido. En el acto de violentar la composición primera, es decir, la pulsión germinal, Hernández Vargas deconstruye las formas y los colores para devolverles su esencialidad. La provenance de su trazo es un tejido de espacios íntimos extraídos de una zona regida por un sistema de relaciones caóticas, pero que parten de un centro determinado: la conciencia de que el binomio espacio-tiempo se sustenta en una metamorfosis permanente. La obra de Hernández Vargas se encuentra fuera de la estrechez de los conceptos normativos de tiempo y espacio absolutos, él convierte cada cuadro en un continuum íntimo e integrado, donde los elementos y las figuraciones son objetos atemporales que, en su conjunto, forman un cuerpo orgánico.

La ciudad de la furia II, 1999

Hernández Vargas da origen a una plasticidad donde no existe intento alguno por crear una ilusión de la realidad. La otra belleza, las manifestaciones de la conciencia y el alma se despliegan no en el discurso manifiesto sino en la temperatura pictórica que está detrás de lo plasmado. La narratividad de sus imágenes, es decir, su sentido de la composición, se da en la propia fragmentación de lo ya creado. El rearmado incesante de su obra da la sensación de estar mirando una sola pieza -vastísima- que se despliega en instantáneas: cada una forma parte de esta gigantesca trama y su fuerza radica en la individualidad de sus partes. Para Hernández Vargas cada cuadro es una página más de un libro infinito (acaso inspirado en Borges) donde el espectador podrá ver y leer la configuración de texturas y de claroscuros del pensamiento del artista, porque las ideas son, siempre, formas, unión de contorno y signo.

La tentativa de José Antonio Hernández Vargas es mirar el mundo con sólo dos ojos pero con infinita diversidad de miradas. Dado que las perspectivas de un arte verdaderamente contemporáneo consisten en mezclar la geografía interior con los elementos que se encuentran afuera (siempre buscando lo hondo, el hallazgo), Hernández Vargas no habla solamente por lo que él es, sino por lo que encuentra, como si el eco de lo que conocemos como realidad pudiera llevarse del sonido al color. En su obra las imágenes pasan por un proceso intenso de creación y destrucción, la intención inicial es la concentración de lo visto, de lo palpado, con el fin de extraer lo más intensamente primigenio. Pertenecemos a un mundo desfigurado que, entre ruinas, discute consigo mismo y se pregunta dónde están los hombres, los estilos y las formas perdidas.

Hernández Vargas es un solitario que sabe que el arte necesita recobrar los lugares de los cuales fue expulsado, lo cual no es un propósito ideológico sino una apuesta estética y, como tal, una apuesta personal, subjetiva, cargada de escollos, pero finalmente íntima, única, llena de las sombras y las luces de quien es capaz de abismarse y crear territorios inéditos, surgidos de la tensión entre materia y alma, tan sólo para seducir la vista y el espíritu de los otros

Para ver obra de Hernández Vargas visite la dirección www.gvirtual.com.mx o acuda, a partir del 11 de julio, a la Casa del Tiempo (Pedro Antonio de los Santos 84, San Miguel Chapultepec). La muestra, llamada Continuidad, estará abierta al público hasta el 17 de septiembre.

Rocío Cerón es poeta. Correo: uraniarc@yahoo.com

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