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Si gana Labastida
Adrián Acosta Silva

opinión
México a partir
del 3 de julio

Entrevistas de
Adriana Curiel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si gana Fox

En el PRI dirían que hubo fraude en contra de ellos
Subiría impuestos para cumplir parte de sus promesas
La Iglesia reclamaría su cuota de apoyo electoral

Yuriria Sierra

Foto: Mario Palacios

"Yo me voy de este país; si gana Fox me largo de aquí". Es el reverso, la otra cara de la moneda al febril entusiasmo por la alternancia que amplios sectores del electorado mexicano muestran en torno a la carismática figura de un candidato a la Presidencia que acaso su única virtud sea ésa: el carisma.

La otra voz, la de quienes quizá han volteado ya los ojos al resto del mundo y han observado lo que ha sucedido cuando un personaje que es sólo caudillismo gana en un sistema que debería ser sólo instituciones. Parece lugar común citar el caso de un Hugo Chávez en Venezuela, de un Abdalá Bucaram en Ecuador, o de un Alberto Fujimori en Perú, para hacer predicciones sobre las apocalípticas lindezas de un posible gobierno foxista. Pero los lugares son comunes cuando algo de verdad portan entre líneas.

Aquellos tres ganaron elecciones en ésta, la era de la política mediatizada, la cual es arma de doble y puntiagudo filo. En teoría, la democracia debería garantizar, a través del voto, pero sobre todo del entramado institucional, la despersonalización del poder. La democracia está pensada -desde su más etimológica acepción, es decir, el gobierno del pueblo para el pueblo- como el único sistema capaz de asegurar, con todo un telar de límites legales, que no sea una persona quien tenga todo el margen de decisión en el ejercicio del poder público. Pero paradójicamente, en la democracia mediática, la que parece comenzar a encontrar su legitimidad no en el voto y la participación ciudadana sino en el juego y rejuego de los medios y la mercadotecnia electoral, el poder se concentra y personaliza de una forma que es racionalmente incontestable. El lugar que Dios, gran dador de legitimidad, ocupara en las monarquías, hoy lo ocupan la televisión y la radio. El lugar que ocuparan las armas, grandes avales del poder, en las dictaduras y los totalitarismos, hoy lo ocupan los spots publicitarios y las encuestas. La legitimidad es hoy más un asunto virtual que ideológico, y esa brecha es la que se convierte en el gran peligro para que el carisma se encuentre por encima de la ley, y en esa disparidad, el capricho por encima del pacto social.

Hasta hoy, a lo largo de su campaña, Fox ha dado nutrida muestra no sólo de inconsistencia, sino de un oportunismo político que desde ahora pone en tela de juicio la autoridad de las instituciones. Más allá de los análisis psicologistas de la personalidad del candidato de la Alianza por el Cambio (cosa que no es por demás despreciable, pues la ciencia política tiende a ignorar esa parte que, aunque no suficiente, es fundamental para la explicación del fenómeno político), lo cierto es que, al menos su campaña, se ha fincado en una serie de contradicciones que terminan por minar la que debería ser la mayor facultad de un político en los tiempos de la democracia: la credibilidad.

Pero está visto que el eje exclusivo que dictaminará los resultados finales de la elección está delineado en los polos de cambio y continuidad, sin importar demasiado, a los ojos de la opinión pública, cuáles sean los contenidos y sustento de ese cambio, porque los de la continuidad al menos tienen la ventaja de ser de todos conocido.

Pero, después de todo, ¿qué podría pasar en este país si éste, el hombre del cambio, ganase la elección? Veo al menos tres grandes rubros en los cuales no sólo la estabilidad política y social, sino el crecimiento económico estarían en severo riesgo, de ser éste el candidato que consiguiera los favores del electorado nacional.

Cuando los políticos callaron

3 de julio, año 2000, era cristiana (porque para ese entonces ya será muy importante decir era cristiana). El voto popular dio a Fox un apretado triunfo, con sólo tres puntos porcentuales por encima de su más cercano contendiente: Francisco Labastida. En la sede nacional del PRI están absolutamente desquiciados, no pueden creer qué sucedió, el poder les fue arrebatado por éste, el hombre de la reacción y la incongruencia. No pueden creerlo, hay fraude, por primera vez hay voces en el PRI que claman el fraude cometido, pero en su contra. Se dice que sólo Zedillo puede estar detrás de esto. ¡Claro! Siempre quiso pasar a la historia como el Presidente de la democracia, y este acto, esta impune entrega del poder a manos de la oposición sólo puede estar orquestada desde los verdes jardines de Los Pinos.

La sede nacional del PRD guarda un silencio helado. No van a descalificar la elección, su candidato apenas alcanzó 16% de los votos. Pero tampoco pueden alzar el brazo de Vicente Fox, enemigo ideológico del ingeniero. En el interior se vive un clima de enfrentamiento pocas veces visto. El partido dividido entre los que creen que para mantener vivo al PRD deben permanecer al margen de las declaraciones y, quienes opinan acreditar la victoria de Fox, pues es una victoria de la oposición, al fin y al cabo.

En el CEN del PAN la algarabía pública y los floridos discursos del candidato triunfador contrastan con las múltiples reuniones a puerta muy cerrada entre los dirigentes del partido, los más experimentados e influyentes cuadros y algunos de los también experimentados y desertores cuadros de otros partidos previamente adheridos a la campaña de Vicente. El sudor que corre por las frentes de Diego y Bravo Mena, de Lozano Gracia y Calderón Hinojosa, de Aguilar Zinser y Jorge G. Castañeda, incluso de Layda y de Durazo, no es por encontrarse entre la muchedumbre que celebra. Es el sudor que corre junto con una certeza: la capacidad de gobierno está en "veremos". Un Congreso dividido, sin mayoría para el PAN y el Partido Verde, con una nutrida fracción priista, con un importante número de diputados perredistas. La capacidad para construir consensos mínimos con miras a la toma de posesión se observa lejana y difícil.

Y ahí empieza el cuento: ¿qué hacer con una Cámara de Diputados que no debe lealtad al primer Presidente de alternancia? ¿Cómo sacar adelante las iniciativas de ley que requieren de mayoría, simple en algunos casos, calificada en otros? ¿Cómo convocar a todos los actores políticos a sumarse a un proyecto que, de entrada, polarizó el ambiente político y social del país? ¿Cómo contener a un PRI enardecido, y aún con mucha presencia nacional?

Y sobre todo, ¿cómo organizar la administración pública si el PAN no logra pactar con la estructura de funcionarios capacitados, que conocen el funcionamiento de las diferentes carteras, y además garantizar su lealtad hacia el nuevo gobierno?

Ni Hugo Chávez ni Alberto Fujimori lo lograron. Disolvieron, entonces, en sendos actos de anticonstitucionalidad e ilegalidad, a sus respectivos poderes legislativos y judiciales. Amparados en el argumento de que el clima de polarización política ponía en serio riesgo la seguridad nacional, atentaron contra el pacto institucional que daba fe y sustento a sus democracias.

Un Vicente Fox que no logre construir los acuerdos necesarios para garantizar un clima mínimo de concordia política y social podría, escudado una vez más en su carisma, popularidad y sobre todo un manejo estratégico de medios (no olvidemos que ese ha sido el principal activo político de Chávez, y su arma de seducción para convocar al referéndum que avaló todo su proyecto autoritario) poner en riesgo la separación de poderes y la marcación de atribuciones.

Foto: Araceli Herrera

Ahora mismo observamos que los procesos electorales de Venezuela y Perú están secuestrados por la discrecionalidad de sus respectivos presidentes. Como democracias emergentes (e incipientes), éstas, junto con la mexicana, se convierten en caldo de cultivo para verdaderos autoritarismos disfrazados. La vulnerabilidad de las instituciones es directamente proporcional al grado de negligencia cívica. La construcción ideológica de Chávez, como la de Fujimori y la de Fox, es absolutamente contradictoria y ecléctica: cualquier postura cabe y es además susceptible de ser extirpada en el momento que sea necesario. Y cuando la opinión pública no castiga, y acaso premia dicha inconsistencia, la posibilidad de ver a los poderes concentrados a la voluntad de un individuo se potencian peligrosamente.

La izquierda tendería a desaparecer abruptamente en tal escenario. El éxodo perredista hacia el flamante gobierno de oposición dejaría al partido del sol azteca en un posición exangüe, difícil de remontar, sobre todo sin el núcleo ya tan desgastado del liderazgo cardenista. El partido de la rosa, Democracia Social, habrá logrado mantener el registro pero se encontrará en una posición muy desamparada en la Cámara de Diputados.

Pero ni siquiera el bipartidismo sería tan evidente. El PRI, hacia mediados de sexenio, se encontraría tan desgastado en su interior, tanto por las emigraciones masivas de los cuadros políticos acostumbrados a buscar sólo las prebendas, como por el desgaste al que se someterá para intentar reconstruirse sobre bases a cada momento más nebulosas, que el PAN se verá tentado a reconstruir el sueño mexicano: la dictadura perfecta. Y los políticos callaron cuando el caudillo dio comienzo a esa, precisamente esa restauración.

Neoliberalismo abstracto y otras cuestiones de fe

Aquello de autodefinirse como candidato de centro-izquierda, obviamente no puede ser tomado con seriedad en el caso de Vicente Fox. Tanto él como Acción Nacional profesan, tanto en el plano económico como en el social, la ideología de la derecha. Liberalismo económico, conservadurismo social.

El candidato de la Alianza por el Cambio se retracta hoy de sus repetidas declaraciones sobre la conveniencia de privatizar Pemex, la Comisión Federal de Electricidad y las comunicaciones, por una razón meramente electoral. La sociedad condena, desde un discurso producto del "infierno" postsalinista, toda intentona por volver a poner las empresas del Estado en manos del capital privado.

Lo que está a discusión en estas líneas no es la utilidad o el desperfecto de insertar en la lógica del mercado la operación de estas empresas, sino la maleabilidad de la postura de este candidato respecto de las privatizaciones. Para garantizar que al menos la cuarta parte de sus promesas de campaña, en el terreno de la política social, tales como construir cuatro millones y medio de viviendas, duplicar el presupuesto para educación, triplicar los recursos del Progresa o edificar el número de clínicas que ha prometido, el virtual Presidente tendría, entre otras cosas, que reducir los subsidios programados para la generación y distribución de energía eléctrica, y junto con ello poner en riesgo no sólo el consumo ciudadano y su capacidad para costearlo sino la capacidad misma de la CFE para garantizar su producción. Eso lo sabe Vicente Fox, y sabe también que es un hombre que sabe desdecirse muy bien a sí mismo e incumplir sus promesas.

La política social se convertirá en un paliativo menor a un programa económico más agresivo que el de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo juntos. Seguramente las tasas de empleo crecerán tal y como ha sucedido en Guanajuato, pero bajo la misma lógica con que aconteció durante su gestión en el estado: los salarios no mejoraron, todo lo contrario. Hubo más empleos, pero el nivel de ingreso de las familias mostró un grave decremento, fueron más los guanajuatenses que recibían acaso hasta dos salarios mínimos. No más de lo mismo, sino más por menos.

Ciertamente, como lo han dicho el resto de los candidatos, la propuesta económica de Vicente Fox es insostenible. O sube abruptamente los impuestos para cubrir apenas la cuarta parte de sus promesas hechas en campaña, o desmantela definitivamente al Estado, o desampara a los estados y municipios con mayor índices de pobreza y menos ventajas comparativas para la producción. Pero "Foxilandia", como la llamara su repentino compañero de fórmula cuando todavía era su candidato opositor, Porfirio Muñoz Ledo, es descabellada; los costos no sólo económicos sino políticos y sociales, serían elevadísimos.

Y cuando la Iglesia exija que la antigua promesa se cumpla, que la Constitución se modifique para autorizar la participación del clero en las cuestiones políticas del país, cuando reclamen su cuota de apoyo electoral. Y cuando las mujeres vuelvan a ser confinadas a salarios inequitativos, y cuando no puedan continuar su lucha por la despenalización del aborto, y cuando su participación en cuestiones políticas vuelva a ser un accesorio a la toma de decisiones nacionales, ¿Vicente Fox recordará sus compromisos de campaña?

Y cuando los medios comiencen a resentir los efectos de la intolerancia y vean coartada la libertad de expresión de la que hoy gozan absolutamente, ¿se acordará Vicente Fox de que fueron los medios y su libertad los que le permitieron llegar a la Presidencia?

Y cuando todas las minorías queden confinadas al silenciamiento y la omisión, ¿Vicente Fox seguiría diciendo que es un Presidente de centro-izquierda? Es un candidato que ha apostado todo a su carisma y a un discurso vacuo y totalmente irregular. Su gobierno no sería muy distinto. Y a todos los que tienen miedo a la ausencia de inteligencia y sensatez, que valoran la libertad y la lucha por la equidad en dimensiones más racionales que negligentemente apasionadas, se paran a pensar un minuto y concluyen: "Si gana Fox, yo me voy de este país"

Yuriria Sierra es analista política.

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