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La conspiración

Carlos Maldonado Valera

Estos meses de ebullición política han engendrado aseveraciones casi increíbles, acusaciones infundadas y simplificaciones lamentables. En especial, algunos actores de la vida política mexicana buscan conspiraciones por todos lados. Casi siempre, el "verdadero" poder que estos actores suelen descubrir tras las apariencias de la política -creen ellos aunque no sea el caso- invariablemente aparentan darles la razón. Si Rincón Gallardo le resta votos al PRD o al PAN, y ello beneficia a un PRI cuyo candidato incluso le ofreció un puesto en su gabinete, entonces el priismo queda como el que mueve los hilos del partido de Rincón. Si el PRI y el PAN tienen similares propuestas de política económica, entonces ambas fuerzas aparecen exactamente iguales y apenas distinguibles. No es tan grave si las elucubraciones ocurren en el universo distorsionador y simplificador de la retórica.

Ese "reflejo conspirativo", sin duda, se explica en un país donde, efectivamente, el poder se esconde y desde las sombras actúa con la intención de no ser descubierto. En México, de hecho, el Estado autoritario llegó a permitir -si no es que a crear- partidos políticos con el fin de aparentar que la oposición existía, aunque con claros límites legales e ilegales a su crecimiento. Lo importante era que el mono-partidismo priista fuera una realidad "con matices" ante los ojos del mundo. Hasta hace algunos años, la Presidencia de la República pudo crear fuerzas políticas ad hoc para dividir a la oposición. Años después, Carlos Salinas de Gortari tuvo el poder para designar informalmente qué parte de la oposición podría crecer con cierta facilidad -el PAN-, mientras que a la otra -el PRD- se le trató de desaparecer mediante un constante hostigamiento. Aun hoy, muchísimas veces la silueta de la Secretaría de Gobernación aparece detrás de esos intentos. Hace algunos días, para dar un ejemplo reciente, una declaración de esa dependencia bastó para desprestigiar la figura de Porfirio Muñoz Ledo y restarle impacto a su posible declinación en favor de Vicente Fox.

No es entonces descabellado sostener que, muy seguido, la política mexicana es un asunto de conspiraciones. Sin embargo, como en todo, la exageración distorsiona y extravía. El razonamiento que en general lleva a la búsqueda y al descubrimiento de lógicas conspirativas parte de una correlación de hechos que -se piensa- es indicativa de alguna vinculación o complicidad entre actores que públicamente lo niegan. Casi siempre la lógica de la conspiración parece factible cuando son apreciables tres tipos de correlaciones: de intereses, de ideas y de beneficios estratégicamente compartidos por dos actores, pero no explícitamente reconocidos por ellos en esos términos. Lo característico, entonces, es que las personas o grupos involucrados no confiesan la existencia de algún acuerdo formal o informal entre ellos. Cuando los hechos mismos o la intuición de un observador desafían esa "versión oficial", entonces la correlación se vuelve causalidad y sale a la luz una posible "conspiración". Si tanto Cárdenas como Labastida tienen el interés de atacar a Fox, el "conspirativista" no dudará en señalar un acuerdo secreto entre PRI y PRD. Si el PRI se beneficia del crecimiento del PDS, pues éste resta votos al PAN y al PRD, podrá deducirse que la creación de esa nueva fuerza política respondió únicamente a tal objetivo. Finalmente, si PAN y PRI comparten la idea de poner al mercado como el único posible motor del desarrollo económico del país con una participación marginal del Estado, no faltará quien señale que ambos han acordado explícitamente imponer y consolidar el neoliberalismo en México.

Sin duda, ese paso de la correlación a la causalidad es un acto de razonamiento capaz de desvelar a veces aspectos ocultos y significativos de la realidad política. Citemos como ejemplo el caso del Consejo General de Huelga que parece razonar a partir de una cadena causal que va desde el FMI, hasta la irrupción de la Policía Federal Preventiva en la UNAM, pasando por el gobierno federal, el rector, los grandes intereses económicos, los partidos políticos y todos los medios de comunicación. Que no extrañe a nadie la testarudez del CGH para dialogar sobre lo que sea, con quien sea: en la medida que casi todos los actores políticos, gubernamentales y económicos son considerados parte de la misma supuesta conspiración en contra de la UNAM y la educación gratuita. Así, ceder en algún punto fácilmente se vuelve un indicador de complicidad total. De ahí la práctica de cambiar constantemente a los miembros de la comitiva encargada de discutir con las autoridades universitarias. Para todos ellos hacerlo conlleva siempre el riesgo de ser acusado de traición por sus propios compañeros

Carlos Maldonado Varela estudia la licenciatura de Relaciones Internacionales en El Colegio de México.

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