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El prisionero
Atrapado en el mundo de las paradojas

Yuriria Sierra

Foto: Contraluz

Acaso sea el primer candidato del PRI en perder una elección presidencial. Difícilmente. Pero sí es el primer candidato del PRI en enfrentar tal posibilidad y eso cambia radicalmente su paisaje; un boceto no sólo de la campaña, sino del personaje que se dibuja en trazos o muy toscos o casi inapreciables, forcejeando con la mano invisible de la competencia electoral. Acaso habría sido un gran candidato en el México predemocrático. Acaso un vasto contendiente si el gobierno fuera opositor. Pero en el México de la transición, en la primera elección presidencial fuertemente competida, y sobre todo, en la etapa en que aún no está claramente asentado el nuevo pacto democrático, en el cual todos los actores políticos, incluyendo a los partidos de oposición y a las autoridades electorales, sobrevengan los tradicionales códigos extrainstitucionales de la política mexicana, en ese escenario, Labastida es un candidato prisionero.

Hace unas semanas, después del debate, escribí que el candidato del PRI me recordaba a Alicia atrapada en el país de las maravillas: no importa lo que haga, todo le sale al revés. Y peor cuando se desespera. Hoy, sigo viendo a Labastida atrapado en el mundo de las paradojas.

En estos tiempos, cuando la forma de hacer política en México se ha transformado de fondo, Labastida está atrapado en la centrífuga fuerza que deriva de la inercia y la emergencia electoral. El PRI intentaba asumirse a sí mismo como un partido democrático y moderno, capaz de generar un alto grado de eficacia en un escenario competitivo. El proceso de "renovación" quizá empezó demasiado tarde y con una elección presidencial a la vuelta de la esquina.

El proceso natural de toda transformación es que al principio resulta dolorosa, y en seguida es vulnerable -los cambios responden a una lógica dual: el agotamiento del pasado y la incertidumbre de la apuesta de futuro-. El PRI parece poco dispuesto a pagar los costos de su renovación cuando tiene una ventaja que lo vuelve endeble (comparado sólo con su propio pasado, aclaro). Y Labastida es, en términos casi freudianos, el super yo de una organización incapaz de redefinir su identidad.

Apostó el resto de su maniobra electoral a la recuperación del más antiguo basamento priista. Son los operadores "duros" los que "echarán a andar" la maquinaria priista. La estrategia que se había implementado hasta ahora, era la de convencer al voto independiente porque el sufragio priista ya se percibía como "seguro". Pero hay una pregunta interesante: ¿por qué Labastida hace necesariamente pública la inclusión de los mencionados? Bien se sabe que hay asesores y operadores políticos de todos los partidos que hacen mejor su trabajo desde la sombra (sin que esto implique ilegalidad; constituye sobre todo una estrategia que ensancha los márgenes de acción). ¿Por qué, entonces, exhibir un trabajo que podrían hacer sin poner en tela de juicio el "espíritu renovador" de su candidato? Es decir, ¿qué mensaje quieren, Labastida y el PRI, mandar en realidad a la ciudadanía, o mejor aún, al resto de los candidatos?

Que se trata de una provocación abierta, de eso no cabe duda. De que puede ayudarlo a ganar, tampoco. De lo que sí cabe duda es sobre cuál será el margen de credibilidad para el PRI en caso de que en un futuro intentase retomar cualquier discurso de cambio, cualquier intento de renovación. Una metamorfosis incompleta que puede hacer morir al PRI de sangre vieja y que convierte a Labastida en el cautivo más valioso de su agonía.

Labastida es prisionero de un partido que no supo o no pudo asumir su enfermedad y seguir administrando su cura. También de una contienda inédita en la cual las instituciones parecen demasiado pueriles al momento de estructurar esta nueva democracia. De una cultura de la desconfianza y el chantaje como códigos únicos de la política nacional. Prisionero de una sociedad que está lejos de poseer el criterio que el continuo ejercitarse en las lides del sufragio otorga a la memoria colectiva. De unos competidores que difícilmente contribuyen a hacer de ésta una democracia responsable. De una mayoría mediática que, en su lamentable limitación, desacredita el todo como forma de supervivencia. Pero prisionero también, y quizá sobre todo, de un hombre llamado Francisco Labastida que no confía demasiado en él, en su capacidad de dar al PRI un nuevo soplo de vida

Yuriria Sierra es editora de Cultura en Milenio Diario.

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