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Alternancia
¿Y qué pasa si el PRI gana con limpieza y apretadamente?

Juan Eduardo Martínez Leyva

Foto: Raúl Ramírez Martínez

En las últimas semanas se ha repetido con cierta insistencia que la "prueba de fuego" de la democracia en México es la alternancia. El argumento proviene principalmente de algunos intelectuales partidarios de Vicente Fox, pero es más o menos aceptado en forma generalizada. La más reciente defensa de esta idea la expuso Mario Vargas Llosa en su reciente paso por México, al cual llegó para promover su última novela, La fiesta del chivo, un excelente relato de la época del implacable y eterno dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Vargas Llosa señala que para que México compruebe que realmente vive en una democracia, el PRI tiene que perder la elección presidencial. Su argumento incluso va más allá: no importa que el PRI gane limpiamente, dice, siempre quedará la sospecha de que hubo trampa. En consecuencia, si él tuviera la nacionalidad mexicana, la cual dicho sea de paso sería un activo para México, votaría por Vicente Fox.

Queda la impresión de que para Vargas Llosa la democracia es ante todo un juego de apariencias. No importa quién sea Fox ni lo que él representa, no interesa cuántos votos cuente, lo importante es que gane aunque pierda, porque de esa forma México parecerá un país democrático, al haber pasado la prueba de la alternancia.

Esta idea de la "razón democrática" la podríamos guardar sin más en el archivo de los sofismas famosos o comentarla como un nuevo desliz verbal del futuro Nobel, si no tuviera implicaciones prácticas en la contienda electoral mexicana.

Aunque el sentido es diferente, la lógica es exactamente la misma de aquellos que antaño y aun ahora sostienen que la oposición de derecha no debe ganar porque sería como ir en contra de la naturaleza histórica de la nación mexicana, o de aquellos que dicen que la izquierda no debe tomar el poder porque ahuyentaría las inversiones nacionales y extranjeras. Estas últimas argumentaciones se sostienen en una "razón de Estado".

La idea de que el PRI "tiene que perder" se ha ido generalizando en un amplio sector de los intelectuales y de la prensa escrita. Este deseo, vinculado con la posición aún no rectificada del propio candidato del PAN, en el sentido de que él no va a aceptar la derrota si ésta no se da con un amplio margen, puede constituirse en un combustible altamente inflamable durante el periodo postelectoral.

La pregunta obligada es: ¿qué pasa si la elección resulta, como todo parece indicar hasta ahora, un proceso limpio y transparente y el PRI gana con un pequeño porcentaje? Cabe señalar que este escenario es altamente probable, de acuerdo con la información de las encuestas serias conocidas hasta ahora. ¿Qué va a pasar con la oposición? ¿Reconocerán el triunfo o llamarán a la resistencia civil? ¿Aceptarán humildemente que la mayoría de los electores, cualquier cosa que esto signifique en términos de porcentaje, escogió al PRI corrupto, antidemocrático, neoliberal, generador de miseria para gobernar el país otros seis años, o promoverán el desconocimiento del proceso electoral y llamarán a nuevas elecciones? ¿Se generalizará el desánimo y la frustración social por la falta de alternancia? ¿Conoceremos nuevos movimientos guerrilleros que quieran echar al PRI de Los Pinos, bajo el argumento, llevado al extremo, de que sólo así habrá democracia?

Felipe González señalaba hace tiempo que los mexicanos nos resistíamos a aceptar los grandes avances que hemos tenido en el ámbito político en los últimos años porque andamos buscando el momento iniciático, el hecho histórico, la fecha, para poder decir orgullosamente: el 2 de julio del año tal, luego de más de tres cuartos de siglo de dictadura perfecta, se inauguró la democracia en México. Esta forma de pensamiento es propia de aquellos que conciben la historia no como un proceso complejo y permanente, sino como una colección de acontecimientos y de anécdotas memoriales.

La democracia ya se instaló en México en decenas o tal vez cientos de municipios donde la oposición ha podido gobernar y también en muchos de aquellos donde el PRI se ha mantenido invicto. En muchos casos ha perdido y vuelto a ganar el poder. También se instaló en muchos estados de la República en donde se ha ganado y perdido. En el Congreso de la Unión y muchos congresos estatales se practica una profunda y competida actividad democrática. Las elecciones no son calificadas, como en el pasado reciente, por el propio gobierno sino por un consejo de ciudadanos. El ambiente cultural y político viven ahora como nunca una amplia apertura.

Este proceso democrático que empezó hace muchos años, sin embargo, no es perfecto. Aún vemos muchos rasgos de intolerancia entre los principales actores, aún no encontramos fórmulas efectivas para administrar el disenso, para tomar y conducir las grandes decisiones. La democracia, señalaba Octavio Paz, es también una técnica. Hay que aprender a manejarla con destreza.

El desarrollo y dominio de las habilidades democráticas pasa necesariamente por la educación de la conducta y la práctica cotidiana, pasa por la crítica y el análisis, pero pasa principalmente por el respeto a los demás. En este caso, la verdadera prueba de fuego de la democracia en México es el respeto al voto, cualquiera que sea su sentido y agregado final. Reconocer este principio y expresarlo, ahora, abiertamente por parte de todos los actores y partidos políticos es una necesidad para ir bajando la temperatura al desenlace de la contienda y no seguir echando más razones incendiarias al 3 de julio

Juan Eduardo Martínez Leyva es periodista.

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