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¿Es posible la derrota del PRI?
Para ganar, necesita 20 millones de votos

Guadalupe Pacheco Méndez

Foto: Bernardo Moncada

Hoy por hoy, las preferencias partidarias no parecen ser tan favorables al candidato presidencial del PRI, Francisco Labastida, como lo son para su adversario, el panista Vicente Fox. Así, cuando se revisan las intenciones de voto en las diferentes encuestas nacionales publicadas en los últimos meses, la distancia entre PRI y PAN se ha ido cerrando, incluso en abril Fox aparece a la cabeza en algunas de ellas. A tal punto ha llegado la presión electoral, que Labastida se ha sentido obligado a replantear su estrategia de campaña desde principios de mayo y a reestructurar su equipo.

En este contexto, es evidente que los factores de corto plazo juegan un papel muy importante, más aún si se considera que el sistema electoral, el de partidos y el electorado mexicanos han transitado por un periodo de cambios y reacomodos que todavía no se cierra del todo. Así, de aquí a las elecciones de julio, la coyuntura electoral condensará un sinnúmero de factores que influirán decisivamente en el desenlace final, es decir, que la presión a la que someterá a las tendencias de largo plazo puede llegar a modificar mucho el comportamiento esperado de éstas. Aún así, los partidos y los candidatos no salen de la nada ni tampoco los comportamientos electorales son hechos fortuitos o producto del azar, sino que se inscriben en las tendencias estructurales de largo plazo, pues éstas son las que encarnan el pasado real de un partido.

Desde las postrimerías de la era dorada de la hegemonía priista, las tendencias electorales de este partido han sido descendentes durante el último cuarto de siglo. Este declive ha tomado en los últimos cinco años -a partir del inolvidable error de diciembre- una pendiente negativa tal que permite concebir a la derrota del casi legendario partido como una eventualidad cercana y posible. En ese mismo quinquenio, el simultáneo ascenso de la votación del PAN y del PRD ha estrechado los márgenes de la competencia electoral. Sin embargo, si prevaleciesen las tendencias de largo plazo que se desprenden de los datos agregados de las últimas cuatro elecciones federales (cuadro 1), la situación para el PRI resultaría ser muy favorable, pues aunque no alcanzaría el umbral de 50% de la votación, se encontraría ante una cómoda situación en la cual los dos principales partidos de oposición se equilibran entre sí.

Pero, como lo mencionábamos antes, la coyuntura electoral de estas semanas serán decisivas. Y esto nos lleva a revisar el comportamiento del corto plazo, es decir, el del periodo de la campaña electoral actual donde destacan dos puntos: la realización de las primarias del PRI y la evolución de la intención de voto en las encuestas de opinión a partir de ese momento. Cabe mencionar que el presente artículo fue redactado durante la primera semana de mayo y, por lo tanto, no pudo tomar en cuenta los resultados de las encuestas aparecidas con posterioridad ni los datos definitivos del padrón electoral; aún así, el ejercicio aquí desarrollado es revelador de las tendencias coyunturales a julio.

Las primarias priistas y el voto duro

La gran novedad en el mundo de los partidos en la presente campaña, fue el mecanismo seguido por el PRI para postular a su candidato presidencial a través de elecciones primarias abiertas. Desde el principio, muchos consideraron que Labastida era el favorito del Presidente, incluidos los políticos priistas, y que por esa razón ya tenía asegurada la candidatura oficial. Sin embargo, más allá del hipotético apoyo presidencial al presunto sucesor, el solo hecho de que la gran mayoría de los políticos priistas creyese que era el favorito fue una poderosa palanca que le aseguró amplios apoyos en el aparato del PRI (la cargada). El país fue testigo de un destape clásico pero validado por elecciones primarias.

Las primarias priistas no fueron una mascarada sino una apuesta real, un cálculo racional de poder. Para la pragmática clase priista no se trataba de convertirse en un acto de ética política, a las ventajas valorativas de la democracia, sino de un asunto de supervivencia organizativa y de lucha por el poder. En varios estados, cuando ese partido no abrió los espacios internos para contender por la postulación a la gubernatura, los aspirantes a quienes se les negó la oportunidad tan sólo de participar en la carrera por ganar la nominación de candidatos a ese cargo abandonaron las filas del PRI y, bajo el emblema de otros partidos, no sólo fueron candidatos a gobernador sino que incluso lograron triunfar en las elecciones estatales. El PRI recogió la lección; un partido que en 1997 obtuvo poco menos de 40% de la votación no puede darse el lujo de perder 6 u 8% de sus electores a causa de una ruptura, pues esto lo llevaría ineluctablemente a perder el poder. Es en este sentido que las primarias del PRI fueron una apuesta real y lograron su objetivo de mantener la cohesión de esa organización política.

¿Qué representan los casi diez millones de personas que intervinieron en dicho proceso? Parto del supuesto de que la mayor parte de ciudadanos que participaron en las elecciones primarias del PRI simpatizan o se identifican de manera más o menos permanente -aunque en grados variables- con dicho partido.(1)  Aunque hubo algunos electores racionales de oposición que acudieron a las primarias del PRI con el fin de apoyar a los candidatos que no eran considerados entre los favoritos, el grueso de los casi diez millones que participaron son la médula de la base social priista y podemos considerar al número de votantes como un indicador aceptable del voto duro priista.

Además, otro elemento que valida el uso de las cifras de las primarias del PRI como un indicador de su voto duro, es el hecho de que en 1997 el PRI obtuvo 11.4 millones de votos a nivel nacional y a las primarias de 1999 acudieron 9.7 millones de personas, de las cuales 5.3 apoyaron al candidato ganador. Aquí cabe subrayar dos elementos: uno, que las federales intermedias de 1997 fueron la ocasión cuando el PRI obtuvo el porcentaje más bajo de su historia en una contienda federal y, dos, la similitud entre los sufragios absolutos que obtuvo ese año y el número de participantes en las primarias.

Tendencias durante la campaña electoral

Las campañas electorales son coyunturas especiales en las que se combinan las tendencias históricas con las oscilaciones de corto plazo. En estos periodos privilegiados entran en acción nuevos factores: perfil de candidatos, issues, posicionamiento entre partidos, estrategias mercadológicas, capacidad organizativa, los cuales pueden ser claves en la suerte futura de un partido. A veces estos elementos se combinan de forma muy variada y dan pie a situaciones inesperadas que pueden reorientar el sentido de las preferencias electorales en relación con su tendencia de largo plazo. En esas circunstancias, tratar de estimar cuál será el desenlace de las elecciones federales de julio es un ejercicio arriesgado. No obstante, existen indicadores sólidos que son útiles para comprender mejor la dirección que sigan los sucesos por venir.

En el caso del PRI, la incógnita es si de nuevo logrará ganar la Presidencia de la República: ¿qué desafíos le imponen las circunstancias actuales? Cuenta ciertamente con una base electoral leal que se manifestó durante sus primarias para elegir candidato a la Presidencia pero, ¿cuántos electores más necesita cosechar en el terreno de la volatilidad para mantenerse en Los Pinos?

Según lo revelan las encuestas, la progresiva intensificación de la competencia entre Vicente Fox, candidato del PAN a la Presidencia de la República, y su contraparte priista, Francisco Labastida, ha dejado fuera de la contienda al abanderado perredista (cuadro 2). Pero el hecho más significativo en las encuestas del último semestre es el progresivo acercamiento de Fox a Labastida. En este lapso, mientras que el priista ha perdido cinco puntos, el panista ha ganado nueve (cuadro 2). Más interesante resulta la proyección lineal de tendencias sobre la base de estas encuestas. De seguir las cosas a este ritmo, el año 2000 les deparará a los mexicanos la sorpresa de la alternancia en el máximo cargo político del país (gráfica 2).

La contienda por la Cámara de Diputados: victoria y derrota

Mientras que la contienda presidencial se decide en función del candidato que haya obtenido un mayor número de votos agregados a nivel nacional y es un juego de suma cero en el que sólo hay un ganador, en la Cámara de Diputados las cosas son diferentes. La existencia de criterios como los de mayoría calificada, el límite de 8% a la sobrerrepresentación, el tope al número de diputados del partido mayoritario, además de que el PRI haya perdido el control de la mayoría absoluta, constituyen elementos que aseguran un espacio abierto a un mayor juego político.

*En diciembre se utilizó el promedio
de noviembre de 1999 y enero de 2000

La cantidad de escaños que un partido puede obtener se establece en función de la votación nacional de los partidos, del número de victorias de mayoría relativa (determinada por la competitividad y por la distribución territorial de los votantes de cada partido en los 300 distritos electorales) del volumen de sufragios obtenidos por partidos menores que no alcanzan el porcentaje necesario para tener derecho a escaños (estos votos "desperdiciados" resultan a la postre ser favorables para el partido que resulte mayoritario) y los topes al partido mayoritario.

Para tener una idea de las características del terreno donde ocurrirán los comicios de julio próximo, vale la pena analizar someramente los resultados de la última elección federal (1997) desde la perspectiva de la competitividad electoral entre los partidos. Como se aprecia en el cuadro 3, para el PRI existen poco más de un centenar de distritos riesgosos, donde ganó o perdió con un diferencial de diez puntos porcentuales o menos; ésta es la zona estratégica en la cual se decidirá la próxima elección. En una primera hipótesis meramente exploratoria se podría pensar qué sucedería si el PRI perdiera sus 49 distritos competidos a manos del PAN y si el PRD lograra ganar en los mismos distritos en que lo logró en 1997. Los resultados se aprecian en el cuadro 4: el PRI mantendría una ventaja sobre el PAN por tan sólo dos distritos de mayoría relativa.

En realidad, la derrota del PRI no es un asunto tan sencillo. Para ilustrarlo se desarrollaron dos escenarios, uno de victoria cerrada del PRI y otro de derrota del PRI. Con el fin de simplificar el análisis, se partió de dos supuestos: el primero es que ningún partido menor, aparte de los tres mayores, accedería a la Cámara de Diputados; el segundo es que, para estimar el número de posibles victorias de mayoría relativa de acuerdo con cada proyección se utilizó la hipótesis de que el avance o retroceso de cada partido se distribuye de modo homogéneo en todos los distritos;(2)  en este caso, se utilizaron los datos distritales de la elección federal de 1997 como base para la proyección. Los resultados para ambos escenarios se concentran en el cuadro 5. En el primer escenario se utilizaron las tendencias para mayo obtenidas en el cuadro 2; en el segundo, las tendencias para julio de ese mismo cuadro.

En el primer escenario, aunque el PRI sólo rebasa al PAN por un punto, logra 184 (61%) de las victorias de mayoría relativa contra 115 (38%) del PAN; en este caso, la sobrerrepresentación del PRI se atenúa en parte asignando escaños de representación proporcional, con lo que el total de diputados por ambos principios para el PRI sería de 52% y el del PAN 42%. En el segundo escenario, el PAN supera por cuatro puntos al PRI; a pesar de ello, sólo logra 134 (44%) victorias de mayoría relativa contra 165 (55%) del PRI; con la asignación de los diputados de representación proporcional, el PRI acumula 50% del total de diputados por ambos principios y el PAN 45%. En el primer escenario, el PRI gana la Presidencia y la mayoría absoluta en la Cámara; en el segundo, el PAN gana la Presidencia, pero el PRI logra conservar la mayoría relativa (casi absoluta) en ese cuerpo legislativo.

Estamos ante una paradoja electoral debido a que la dinámica bipartidista de la competencia electoral dentro del marco de un sistema de tres partidos mayores tiene efectos insospechados: por muy pocos puntos de diferencia, el PRI gana y se lleva casi todo o bien, el PAN gana pero queda acotado por el PRI. Esto se debe a tres razones: las reglas para el reparto de escaños de representación proporcional, la forma como están distribuidos territorialmente los electores y la perversa dinámica de los sistemas tripartidistas.

Foto: Tomás Muñoz

Debido a que los electores del PRI están distribuidos de manera más o menos equilibrada en todos los distritos y los del PAN están sumamente concentrados en determinadas regiones, el PRI logra optimizar su producción de victorias de mayoría relativa a partir de los votos absolutos que obtiene. Además, el diseño institucional prevaleciente, aunque atenúa la posible sobrerrepresentación del partido mayoritario en la Cámara de Diputados, no la hace desaparecer e incluso hay situaciones en que no puede corregir los excesos de la sobrerrepresentación que derivan del sistema de mayoría relativa, especialmente cuando prevalecen dos partidos por encima de los demás.

Aun es más importante, para entender esa paradoja, la dinámica perversa del sistema mexicano de partidos que se caracteriza por ser un sistema con tres partidos pero con una competencia bipartidista bifurcada: el frente PRI versus PAN y el frente PRI versus PRD. En este caso, el crecimiento del PAN logra arrancarle nuevos distritos al PRI, aunque a un precio muy alto en votos absolutos; pero los votos perdidos del PRD (recuérdese que desciende de 26% en 1997 a 12% estimado para julio del 2000) no los gana el PAN ni tampoco directamente el PRI, aunque su desmovilización favorece indirectamente a este último, pues en los distritos donde el PRD se debilita, pierde y esas victorias pasan a manos del PRI. En poca palabras, el PAN le quita distritos al PRI, pero el PRI a su vez le arrebata distritos al PRD. Así las cosas, las próximas elecciones de julio pueden depararnos aún muchas sorpresas y realmente, más que nunca, la moneda está en el aire.

¿Cuántos votos necesitaría el PRI si quiere ganar la Presidencia? Los datos del cuadro 6 nos ayudan a responder de modo tentativo y aproximado a esta pregunta. Si el PRI quisiera captar 44% de los 44.5 millones de sufragantes de julio, ello equivaldría a 19.5 millones de votos. En 1994 ese partido obtuvo 17.2 millones de votos, que retrocedieron a 11.4 en 1997, mientras que en sus primarias de 1997 participaron 9.7 millones. Es decir, que con su campaña actual tienen que lograr diez millones de votos adicionales a los movilizados en noviembre pasado, atrayendo quizá a muchos de quienes lo apoyaron en 1994, pero no así en 1997 y a nuevos reclutas de entre las capas de jóvenes de reciente ingreso al electorado. ¿Logrará Labastida reunirlos con su nuevo y con su viejo PRI?

La incertidumbre democrática se deja sentir hoy con todo su peso; como lo ilustran los escenarios arriba presentados, la coyuntura oscila por diferencias verdaderamente mínimas en la votación entre el PRI controlando Presidencia y Congreso, por una parte, y el PAN conquistando la Presidencia de la República pero sin la mayoría absoluta del Congreso. Cabe señalar que esta segunda alternativa ofrezca la ventaja del cambio, que satisfacería a la mitad del México que está harto del PRI, pero combinada con cierta continuidad y contrapesos entre Poder Ejecutivo y Legislativo que darían tranquilidad a la otra mitad del México que no quiere arriesgarse al cambio y que, de alguna manera, sigue satisfecho con la gestión pública de los gobiernos priistas

 

Notas

1 Según los datos de una encuesta de salida de casilla realizada el día de la elección primaria del PRI, la mayoría de los que participaron son personas que manifiestan algún grado de identificación con dicho partido: 76% se considera priista, 11% sin identificación partidista y sólo 12% se declararon panistas o perredistas. Estos datos se desprenden del exit-poll realizado por Consulta-Mitofsky International para Televisa, cuyos datos son reproducidos en Jorge Buendía, "El voto del PRI: quiénes y de dónde", en nexos, núm. 265, enero de 2000, México, pp. 47-54. Aquí menciono, de manera agregada, los datos de la columna "Total" del cuadro 2 de dicho artículo.

2 Cosa que no siempre sucede así, pero es complejo e incierto intentar atribuir grados de avance y retroceso de modo diferenciado a cada distrito. No obstante, este ejercicio es indicativo de las características que globalmente tendrá el desenlace electoral.

 

Guadalupe Pacheco Méndez es profesora-investigadora en la UAM-Xochimilco.

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