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Fedro Carlos Guillén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Advertencias nucleares

Fedro Carlos Guillén

Foto: Cosmos

Hay un número infinito de formas de advertirle al enemigo que uno es poderoso; por ejemplo, cuentan que cuando Fidel Castro recibió a periodistas estadounidenses en la Sierra Maestra, ideó una estrategia para hacerles pensar que su ejército era muy numeroso (y de paso los hizo lucir como idiotas) consistente en hacer desfilar 12 veces a los mismos guerrilleros frente al cuerpo periodístico que quedó muy impresionado y le fue a contar al mundo que la guerrilla tenía un potencial temible. Algunos animales también realizan despliegues de poder para intimidar a un potencial adversario de lo mal que le va a ir si se avienta un modesto tirito. Es por ello que los lobos enseñan los dientes o los osos se yerguen en dos patas.

Sin embargo, hoy quiero hablar de otra especie de animales que viven muy cerquita de nosotros, y si el adjetivo para describir a algunos científicos le parece excesivo, juzgue usted, querido lector.

Resulta que Leonard Reiffel, un físico que actualmente vive en Chicago, tuvo a bien informarle a la prensa que en los peores momentos de la guerra fría, cuando los rusos lidereaban la carrera espacial, los estrategas estadounidenses consideraron seriamente la idea de provocar una explosión nuclear en la Luna con el fin de advertirle al mundo en lo general y a los rusos en particular acerca de su poderío que no admitía réplicas.

Reiffel, quien participó en este proyecto, declaró que la explosión sería visible desde la Tierra. La gente observaría durante el impacto una luz muy brillante en el preciso momento que un proyectil atómico impactara su superficie. Don Leonardo ha agregado que no se llegó a la fase del diseño del proyectil ni de la manera como sería puesto en la Luna, pero que el proyecto -archivado bajo el eufemístico título de "Un estudio de los vuelos secretos lunares"- tuvo una etapa de planeación completamente formal entre 1958 y 1959 (imaginar señores respetables alrededor de una mesa pensando en una bomba atómica en la Luna).

La idea era enmascarar el proyecto presentándolo como una actividad de investigación científica que proveyera datos acerca de los efectos de una bomba nuclear, por cierto, una gran tontería pues los efectos de la explosión crearían una enorme contaminación y alterarían todos los estudios lunares que se venían desarrollando. Evidentemente, el eje verdadero era el de mandar un mensaje de poderío que dejara a todos temblando.

Todo el asunto tiene un origen verdaderamente embarazoso, pues surgió después de que Reiffel escribió una carta dirigida a la revista científica Nature, donde reaccionaba a la publicación de un par de biografías sobre Carl Sagan (ese astrónomo que parecía un santo y creó la serie Cosmos). La sorpresa es que Reiffel comentó en su misiva que Sagan también estuvo asociado al proyecto que nos ocupa y que violó un código estricto de seguridad al comentar que estaba asociado a tal idea en una solicitud de beca que realizó en 1959. Ello, por cierto, compromete un poco la imagen inequívoca de beatitud del difunto.

La idea finalmente fue desechada por alguien que supongo sí tenía irrigación sanguínea en el cerebro. Pero el solo hecho de que se haya propuesto nos debería hacer reflexionar sobre los riesgos de que en un mundo donde la idiotez campea, ésta llegue a tan altos niveles (y no me refiero a la altura de la Luna, sino a la posición jerárquica del badulaque que propuso la idea).

Ver para creer

Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM y Fellow del Programa LEAD-México.

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