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La última tentación de Fox
Rodolfo Soriano Núñez
La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura (...) en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no sólo hay que ser un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra. Max Weber,
Desde que entró en crisis el viejo y autoritario régimen de partido hegemónico, proteccionista en materia electoral, sustituidor de importaciones en lo económico y corporativo en el orden social, México ha sido escenario propicio para que surjan, cada seis años, distintos personajes que tratan de presentarse como los hombres adecuados para resolver la situación en curso. El fenómeno no es exclusivo de México. A todo lo largo de América Latina ocurren situaciones similares. Primero los militares, luego los viejos partidos que predican la democracia pero son incapaces de gobernarla, para que finalmente aparezcan las distintas variedades del populismo carismático latinoamericano: desde el relativamente exitoso Carlos Saúl Menem, el ahora atribulado Alberto Fujimori, el seductor fracasado Fernando Collor de Mello, el loco enamorado Abdalá Buccaram o el demócrata golpista Hugo Chávez. Algunos dirían que en México nos adelantamos al fenómeno al inicio de los 70 durante la presidencia de Luis Echeverría o que ocurrió durante el mandato de Carlos Salinas. Lo que es un hecho es que, frente al cúmulo de los rezagos como consecuencia del accidentado proceso de conformación de los Estados nacionales latinoamericanos, la respuesta carismático-autoritaria ha sido una constante, con variantes de distinta magnitud, que no han dejado fuera a México. En este sentido, la elección del 2000 presenta todos los ingredientes necesarios para que apareciera un personaje como Vicente Fox. En él, en sus propuestas, estrategias y recursos retóricos y simbólicos se reúnen, como en una suerte de Suma del Carisma, los elementos del viejo y el nuevo populismo latinoamericano. Los ingredientes no son difíciles de identificar, pero implican un conjunto significativo de tensiones, contradicciones y paradojas que no es claro cómo resolverá Fox y, sobre todo, no es claro qué efectos tendrá para el partido que lo ha postulado, para el sistema de partidos y para el país en su conjunto. El origen En el origen del fenómeno Fox está, en primera instancia, la experiencia familiar. Miembro de una de las familias afectadas por la política agraria de Lázaro Cárdenas, Fox vivió la revolución y sus secuelas como un proceso que lo afectó en su patrimonio, estabilidad y expectativas. Para Fox, como para muchos de quienes vivieron de esa manera la revolución y sus empeños agraristas, ésta simboliza una triple derrota. En un sentido, la familiar-personal que lo despojó de la tierra, fuente de riqueza tanto como de prestigio y estatus. En otro sentido, la derrota comunitario-social, pues el reparto agrario en la lógica de Fox, del PAN y de otros actores sociales, lejos de haber resuelto los problemas que enfrentaba el país y las comunidades rurales, los agravó al introducir mecanismos perversos de control político de la población rural. Finalmente se trata de una derrota, acaso más dolorosa, de naturaleza cultural y religiosa (la guerra cristera y su derrota militar frente a los regímenes del nacionalismo revolucionario) que implicó -en un sentido- la disolución del orden cultural prerrevolucionario en Guanajuato y el Bajío y que, por otra parte, ha dotado de un cierto referente religioso a las guerras culturales libradas por las derechas mexicanas, lo que les da un cierto aire de superioridad moral, de cruzada evangelizadora, que no podría lograrse sólo con los argumentos de orden económico o jurídico-políticos. Esas experiencias, esa triple derrota, están en el núcleo del severo juicio que, desde distintos ámbitos, se hace del desempeño de los gobiernos emanados del trinomio PNR-PRM-PRI. Son juicios significativos, no por la validez intrínseca de sus argumentos (que son en sí mismos endebles, pues la situación de México está lejos de ser atípica respecto del resto de América Latina, donde no hay ni ha habido PRI, por lo que el problema no puede ser sólo el PRI), sino por la manera como han cundido, por razones que resultan difíciles de abordar ahora, en distintos sectores de la opinión pública. Subyace en esos juicios una visión de la historia de México que ciertamente no es la versión del PAN de la historia nacional(1) ni tampoco es la que de distintas maneras impulsaron sectores de la Iglesia católica ni la del empresariado mexicano, pero es claro que toma elementos de esas tres fuentes y las complementa con aportes de la peculiar filosofía de la historia de México elaborada por José Vasconcelos, por la historiografía alternativa desarrollada a lo largo de su fecunda labor por la editorial Jus y recuperada, directa o indirectamente, por historiadores contemporáneos como José Fuentes Mares, Jean Meyer y Enrique Krauze, e incluso incorpora elementos provenientes de otras tradiciones de pensamiento, incluidas, por más extraño que pudiera parecer, del marxismo, especialmente de la lectura que de él hacen las distintas teologías de la liberación.(2) No es una visión erudita ni preocupada por la congruencia. Es, como toda visión de la política práctica, del ejercicio del poder, una perspectiva construida desde y para el lebenswelt, el mundo-de-la-vida. Es una visión que, a diferencia de la que distingue a los abogados que históricamente sirvieron de soporte a una institución como el PAN, ha construido el candidato presidencial de manera accidentada, sincrética e incluso ecléctica. Tradición disciplinaria Así, además del componente familiar, es posible observar un segundo factor crítico en la construcción del foxismo: la de las tradiciones disciplinarias. Es un proceso similar al que el PRI vivió en la década de los 80 cuando Miguel de la Madrid, el último abogado y primer economista del tardopriismo, asumió el control de su partido y el país, pero más difícil de procesar para una organización como el PAN donde los abogados no eran los kelsenianos priistas, sino juristas de cuño tomista, dominados por una doble obsesión: en un sentido, con la perfección y la pureza de la forma doctrinaria(3) y, en otro sentido, con la elaboración de una autocomplaciente filosofía de la historia mexicana en la que el PAN es siempre culminación, perfección, destino irrefrenable. A Fox estas obsesiones le provocan urticaria; no en balde proclamó al inicio de su carrera por la Presidencia de la República la necesidad de enviar a la doctrina de vacaciones. Que así sea no debe sorprender cuando se considera el origen disciplinario de Fox, la ingeniería industrial, la administración de empresas privadas y, en última instancia, la mercadotecnia, fruto de su propio proceso de formación profesional y su paso por la estructura de la Coca-Cola en México y a escala mundial. No es que estos perfiles profesionales no hayan estado presentes antes en el seno del PAN; es que, claramente, esos y otros perfiles siempre habían quedado subordinados a la visión de México y el mundo articulada por los abogados-filósofos de épocas previas. Este componente forma parte del atractivo que distingue a muchos de los modernos populistas latinoamericanos. Si en el caso de Antonio López de Santa Anna, el carisma de "Su Alteza Serenísima" dependía de sus reales o supuestos méritos militares, ser el "Napoleón americano", en el caso de Fox el atractivo deriva de ese paso exitoso por el mundo de los negocios, lo que -en más de un sentido- hace de él un outsider, un personaje ajeno a la política que ingresa en ella como un reformador y, en cierto sentido, como un justiciero, como un redentor. Este hecho marca una diferencia profunda con algunos de los nuevos populistas latinoamericanos (como Menem, Fujimori y, en cierto sentido, Chávez) y lo acerca, en cambio, a figuras como las de los estadounidenses Ross Perot y Steve Forbes, así como al italiano Silvio Berlusconi y otros empresarios metidos a políticos de otros países.
Las razones que explican este fenómeno se relacionan con las dificultades que las élites de la política han tenido en distintos países para gestionar con éxito procesos de reforma política y ajuste estructural de la economía que, además de su costo fiscal, son impopulares. El éxito de cada una de estas figuras depende de las condiciones mismas de operación de los sistemas o regímenes políticos (Estados Unidos)(4) o de su desempeño (Berlusconi, Collor y Buccaram)(5). En México ciertamente existen elementos que apuntan a una configuración similar, pero es claro que, comparadas con sus pares de América Latina, las élites mexicanas de la política (priistas, panistas y -en menor medida- perredistas) han sido capaces de pactar acuerdos mínimos que han hecho posible un accidentado y lento pero eficaz proceso de reforma político-electoral. Esta reforma ha garantizado la viabilidad del sistema de partidos, de los partidos tradicionales como tales y han dotado al sistema político de márgenes mínimos pero suficientes de operación política que, por otra parte, han inhibido y/o limitado el surgimiento de personajes como Fox, al mismo tiempo que han garantizado la viabilidad de los impopulares procesos de reforma estructural de la economía y ajuste fiscal. Es interesante observar, en este sentido, que a diferencia de lo ocurrido con Perot, Berlusconi, Fujimori y Chávez, Fox surge de las filas de un partido con un alto grado de institucionalización y no de movimientos como el Reform Party, Forza Italia o Cambio 90. Este dato deja ver que, a pesar del impacto del carisma de Fox, éste (o los casos similares) no ha logrado emerger al margen del sistema de partidos que, a pesar de las presiones, se mantiene viable. Sin embargo, ello permite observar otro clivaje, otra área de tensión entre el desempeño personal de nuestro personaje, su partido y el sistema político en el que actúa. Es un clivaje que se expresa como una paradoja en la que sólo el PAN hizo viable a un personaje como Fox en la actual coyuntura mexicana y sólo Fox ha sido capaz de proyectar al PAN a la situación en la que ahora se encuentra. El fenómeno, por cierto, no es exclusivo del PAN, pues es posible observar que, a la par del surgimiento de Fox, emergen en otros partidos personajes como Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Monreal Avila e incluso, contra toda lógica, Roberto Madrazo Pintado, cada uno de ellos como resultado de procesos similares y con fuertes afinidades estratégicas y discursivas en sus respectivos desempeños. A pesar de los éxitos logrados en el proceso de transición a la democracia en México. Es evidente que existen claros signos de hartazgo con el desempeño de las élites de la política. Esto es especialmente claro en el antipriismo de algunos sectores de la opinión pública nacional. Es en la ola de ese antipriismo que Fox se ha montado y no es gratuito que, en este sentido, los blancos favoritos de sus críticas lo sean -no necesariamente en ese orden- los priistas (desde Echeverría hasta Salinas y Labastida), los panistas (emblemáticamente Diego Fernández de Cevallos) y los perredistas a quienes, en última instancia, presenta como continuadores del viejo priismo. El alegato antielitario que va desde los señalamientos, que rayan en la calumnia a Diego Fernández de Cevallos, la búsqueda obsesiva de un apodo a propósito de la estatura de Francisco Labastida, el desprecio por Cuauhtémoc Cárdenas, es un componente crítico de este Panismo light o Diet panismo que se opone al azucarado y meloso (por doctrinario) panismo tradicional.(6) Procesos traumáticos A la historia personal y familiar y la formación disciplinaria de Fox es necesario agregar alguna explicación sobre su ingreso al ámbito de la política. Este ocurre, a diferencia de lo que sucede con muchos de sus contemporáneos, de manera tardía. Nada tiene que ver con el mítico 68 mexicano. Es un proceso complejo, que se expresa y resume en la candidatura presidencial de Manuel J. Clouthier en 1988 y que, en su momento, respondió a un proceso similar -aunque menos dramático- que el que explica la candidatura y desempeño de Fox 12 años después. Se trata de procesos traumáticos de asimilación a la estructura y las tradiciones del PAN. Prueba de ello son las tensiones que vivió el PAN entre Clouthier y Jesús González Schmal, su adversario en la convención panista de 1987, así como las que ahora ocurren entre Fox y Fernández de Cevallos. El trauma de 1987-1992 se resolvió con una fractura del panismo (la fundación, más simbólica que real, del Foro Democrático y Doctrinario) y no es claro cuáles serán las consecuencias finales, definitivas, del trauma actualmente en curso en la estructura del PAN. Estos traumas son consecuencia, en un sentido, de la emergencia avasalladora de liderazgos carismáticos como los de Clouthier y Fox, pero ocurren -además- en una estructura partidaria que -a pesar de la obsesión con la pureza ideológica- está lejos de ser monolítica o uniforme y está marcada por un conjunto significativo de diferencias y que, por otra parte, no ha logrado resolver cabalmente la gestión de sus procesos de desarrollo y crecimiento, de incorporación de nuevos miembros y, de manera más general, de adecuación a la nueva realidad política del país. No en balde es este desequilibrio en el mercado político panista el que atiende con éxito una estrategia como la de los Amigos de Fox. Es importante recordar que en el seno del PAN coexisten, en un equilibrio precario y siempre difícil de sostener: 1) un discurso conservador (o neoliberal, según el enfoque de análisis que se desee utilizar) en materia económica, que postula políticas fiscales por lo menos tan restrictivas a las que podría defender el PRI y políticas de mercado tan agresivas como las que proponen los tricolores; 2) una tradición político-ideológica cercana (que no igual ni asimilada) a los planteamientos de la doctrina social de la Iglesia, y -a pesar de ello-; 3) un discurso y una práctica que ciertamente no es revolucionaria ni es de "izquierdas" pero que sí es, en cambio, profundamente contestataria y, en el extremo de sus razonamientos y desempeño, antisistémica, rupturista, apocalíptica. Este último componente es el que explica, por ejemplo, los acercamientos y flirteos que, de cuando en cuando, celebran panistas y perredistas, del mismo modo que, una vez agotadas (por razones fiscales, de mercado y/o ideológicas en temas como el aborto) las posibilidades del escarceo con el PRD, activan las afinidades (que también existen) con el PRI para la solución de problemas concretos. No en balde, los -casi siempre frustrantes- acercamientos con el PRD ocurren en situaciones de crisis y los invariablemente pragmáticos acuerdos con el PRI tienen lugar casi siempre en tiempos de expansión de la economía. Quizá porque es más fácil y electoralmente rentable sumarse a las políticas de un PRI ganador del mismo modo que lo es aliarse al PRD cuando el PRI anda de capa caída. Esta realidad conflictiva y contradictoria del PAN explica conductas como la de Diego Fernández de Cevallos quien, a pesar de sus méritos, es visto con recelo por sectores del panismo y el foxismo por haber pactado con el enemigo, así como por haber -en este sentido- quebrado ese discurso y esa práctica contestataria, rupturista(7) que es, por razones difíciles de explorar ahora, un componente crítico de la personalidad pública del panismo y uno de los principales afluentes del capital político-electoral de la empresa comicial foxista. Es claro, sin embargo, que Fox no siempre asume ese rol y ello hace todavía más compleja la comprensión de su desempeño como candidato y de su posible conducta como gobernante. Prueba de ello lo es su conducta misma cuando, a sabiendas de las razones de su partido por haber aceptado que fuera Carlos Medina Plascencia y no él quien asumiera el gobierno de Guanajuato en 1991, decidió permanecer en las filas del PAN. Lo son también las intervenciones que tuvo para destrabar las negociaciones de los presupuestos de Ingresos y Egresos en 1998 y 1999. Este rostro pragmático, conciliador y negociador contrasta, sin embargo, con las actitudes que asumió durante la negociación de los presupuestos para el 2000, así como de manera significativa con la actitud que asumió al juzgar, condenar y prácticamente promover el linchamiento público de diputados como José Francisco Paoli Bolio en el tema de la aprobación de los fondos para el Instituto de Protección al Ahorro Bancario, asunto en el que -por cierto- no fue solo, sino que estuvo acompañado por la dirigencia de su partido. Complejo de opuestos Este tipo de contradicciones, tensiones o paradojas no son exclusivas de Fox. Son constitutivas, en más de un sentido, del panismo por distintas razones. El PAN logra resolverlas de manera más o menos creativa en la medida que logra actuar como una complexio oppositorum(8) que logra articular, en nombre del bien común, de un antipriismo visceral, de reclamos regionalistas más o menos justificados o de un liderazgo carismático, empresas políticas como la que ahora encabeza Fox.
No es posible dar cuenta de las contradicciones que residen en el núcleo y la periferia de esta complexio oppositorum y es claro que están a la espera de una explicación más detallada a la que han ofrecido algunos de los estudiosos de esa organización, pero es claro que no es exclusiva del PAN como organización, sino que se trasminan al discurso y la práctica política de Fox. En el origen del complexio oppositorum está el hecho que en el surgimiento del PAN confluyen una serie de grupos que, además de detestar profunda y radicalmente al cardenismo y su política de masas, acumulaban desde antes del cardenismo críticas radicales de todo lo que pudiera observarse, con razón o sin ella, como cercano al gobierno mexicano que, por razones que resulta difícil abordar ahora, era (es) visto como la suma de todos los vicios, de todas las perversiones políticas posibles. Estosgrupos conviven hasta ahora con una generación de dirigentes que algunos observadores del PAN han querido ver como herederos del viejo liberalismo mexicano(9) que apostaban de manera explícita por la construcción de instituciones de gobierno capaces de superar las contradicciones e insuficiencias propias del desempeño de los gobiernos del nacionalismo revolucionario.(10) Es este ser un complejo capaz de articular y ordenar a los opuestos, el que explica los vaivenes entre el dialoguismo concertador prosistémico de unos, enfrentado al rupturismo apocalíptico y antisistémico de otros, los que han caracterizado al PAN desde sus orígenes. Es, de igual modo, esta praxis del complexio oppositorum la que explica el desempeño público del propio Fox, así como -de manera más general- del PAN en su conjunto. En este sentido, Fox asimila y mimetiza y lleva a sus consecuencias lógicas extremas las virtudes y los vicios del partido que lo postula, característica que -por cierto- se enfatiza al considerar las consecuencias de la estrategia multiniveles propia no sólo de su campaña presidencial, sino -para propósitos prácticos- de las campañas publicitarias de cualquier empresa. Es esta complexio oppositorum la que permitiría comprender declaraciones como la de acusar a la Iglesia católica de ser como el PRI,(11) señalamiento que es cierto en la medida que la(s) iglesia(s) y el PRI (como el PAN y prácticamente cualquier partido político moderno) son también eso, complejos de opuestos en cuyo seno coexisten visiones del mundo que se complementan, pero que también llegan a enfrentarse entre sí. Sólo así puede explicarse que al mismo tiempo que lanza un señalamiento así, que molestó profundamente a la jerarquía católica mexicana,(12) reivindique en otros ámbitos su vinculación con la tradición académica jesuítica,(13) tan católico como la infalibilidad papal o como el estandarte de la virgen de Guadalupe que, en franca burla a la legislación vigente, blandió como recurso publicitario. La última tentación El último factor biográfico que convendría considerar al analizar la personalidad y el desempeño público de Fox es el que se desprende de su condición de empresario, no sólo por lo que hace a la imagen del triunfador ya referida en líneas previas, sino sobre todo por la asimilación de una serie de prácticas que permiten encontrar la que, en la lógica de este ensayo, se ve como la última tentación de Fox. Desde el inicio de su campaña Fox tenía claro que la base electoral del PAN y el Partido Verde Ecologista le podían ayudar, pero le resultaban insuficientes para derrotar al PRI, eran nichos de mercado que debían ampliarse. Algo más le ha dado su desempeño público, plagado de exabruptos, contradicciones e incluso de lo que Carlos Castillo Peraza ha calificado como "autogoles", pero seguía siendo insuficiente. Intentó, insiste en intentar, la coalición máxima, la suma de todas las oposiciones (y todos los rencores antipriistas) como vía para derrotar al PRI, pero es claro que Cárdenas preferirá morirse en la raya antes que ceder su candidatura. Distintas voces en el seno del PRD y la Alianza por México han dejado claro que lo de la coalición con el PAN, que ahora sólo podría ser declinación en favor de Fox, es un asunto cerrado, imposible de procesar.
En ese escenario, lo único que queda como opción es el headhunting, una práctica arquetípica del moderno capitalismo, el de la economía basada en el conocimiento, que busca hacerse del principal activo de sus competidores: sus ejecutivos, sus cuadros directivos, pero sobre todo su know-how. Es así como hemos asistido a la llegada de personajes como Florencio Salazar Adame, si no al PAN sí al comité de campaña de Fox, así como de personajes vinculados al PRI, al mismo régimen que dice detestar, quienes en un sigilo monástico apuestan -por rencores o berrinches por su exclusión de las listas tricolores- por derrotar a su partido. Fox busca así, por una ruta distinta pero paralela a la del PRD de los 90, el mismo objetivo que persiguió Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano: derrotar al PRI con el know-how, es decir, con las estrategias de movilización corporativa o cuasi corporativa que caracteriza a los tricolores. Y claro está, lo de menos es el argumento a propósito de la contradicción subyacente de una revolución que en el fondo disfraza un golpe de Estado, lo sustantivo es preguntarse si Fox, que ha hecho de su campaña una cruzada personal antipriista, antielitaria, no terminará vendiendo su alma al mismo demonio de la política que ha escriturado, de distintas maneras, las almas de muchos otros políticos priistas y perredistas. La última tentación está ahí y parece irresistible, como aquella que narra Nikos Kazanzakis de Jesucristo, la pregunta es si finalmente estará en condiciones de resolverla o si, tal y como le sucedió al PRD de Cárdenas, el empeño antipriista dinamizado por la misma vieja cultura política priista (evidente en cada discurso de Ricardo Monreal y la estela de ex priistas conversos al perredismo) no terminará por priizar a Fox y al PAN, con el riesgo adicional del daño que generará la introducción de una nueva oposición, más difícil de procesar que las anteriores, en el complejo de oposiciones que es el PAN. La conversión del PRD en una suerte de federación de odios antipriistas alimentados a más no poder por ex priistas ha terminado por agotar las posibilidades de desarrollo y crecimiento de sus estructuras y es ese, justamente ese, el riesgo que ahora enfrenta el PAN. Sea cual sea el resultado de la contienda el PAN y el resto de los partidos bien podrían asimilar la experiencia Fox y redefinir sus propias estrategias de desempeño político a partir de ella, así como profundizar en la comprensión de sus propias contradicciones y tensiones para mejorar su desempeño como complejos de oposiciones y, en última instancia, prestarle un mejor servicio a la sociedad mexicana. Sólo queda esperar a observar el desarrollo final de las últimas semanas de campaña y ver, si como en el texto de Kazanzakis, el protagonista es capaz de vencer la tentación postrera que, por otra parte, le permita al caudillo weberiano convertirse en el héroe que dice ser
Notas 1 Esta visión no es sistemática, pero estaría resumida en distintos textos elaborados por dos personajes clave en la historia de ese partido (Manuel Gómez Morín y Efraín González Luna). 2 Ejemplos de esta asimilación de conceptos tomados del pensamiento marxista pueden encontrarse en las plataformas elaboradas por el PAN a finales de la década de los 60 y principios de los 80 donde es posible encontrar, atenuados, conceptos como el de lucha de clases. 3 Es interesante observar que mientras el PRI ha sufrido -por lo menos- cuatro grandes mutaciones ideológico-doctrinarias, número similar al que habrían vivido los distintos partidos de la izquierda mexicana, los Principios de doctrina de los panistas no han sido modificados desde su aprobación en septiembre de 1939. Esta permanencia, sin embargo, se relaciona con el carácter muy general, casi podría decirse que indeterminado de ese cuerpo doctrinario, lo que le ha permitido adaptarse con relativa facilidad a distintas circunstancias, al mismo tiempo que evitar la necesidad de reformas que lo hicieran impuro. 4 Es claro que en el caso estadounidense el sistema de mayoría simple que prevalece en la elección de los representantes del Congreso y de los miembros del Colegio Electoral explica el carácter bipartidista de su sistema de partidos, inhibe el surgimiento de "terceros partidos" capaces de competir en condiciones de igualdad con republicanos y demócratas y hace muy difícil que personajes como Perot puedan triunfar. 5 La constante en el caso de estos tres personajes han sido los escándalos por corrupción, aunque en el caso de Ecuador es claro que se trata de un fenómeno más profundo como lo explican los recientes desarrollos en ese país. 6 Al lector quizá le podrían interesar los argumentos que a propósito de estos asuntos adelanta un ex legislador del PAN. Ver Juan José Hinojosa "¿Un nuevo Fox light?", en Proceso, 16 de abril, 2000. 7 El reclamo no es sólo del foxismo, sino también de personajes que podrían calificarse desde una cierta perspectiva de análisis como "históricos" del PAN. El ejemplo más claro de este desempeño lo ofrece la ruptura ocurrida en 1992 y que colocó fuera del PAN a personajes como José González Torres, Pablo Emilio Madero (ex candidatos presidenciales y ex presidentes nacionales) y Bernardo Bátiz (dos veces secretario general). 8 Tomo el concepto de la obra de Carl Schmitt, Catolicismo y forma política, Madrid, Tecnos, 2000, p. 8 y ss. 9 Es el argumento esgrimido por Jean Meyer y Héctor Aguilar Camín en Alvaro Delgado, "Coinciden Aguilar Camín y Jean Meyer: el PAN, ni católico ni reaccionario", en Proceso, 5 de junio, 1995, p. 24-25. 10 Esta característica no es exclusiva del PAN, existe en el seno del PRI entre los polos liberal-social y nacional-revolucionario, del mismo modo que existe también en el seno del PRD y en distintos partidos políticos del mundo. 11 Pronunciada por Fox el 14 de enero de 2000 en Monterrey, Nuevo León, frente a un grupo de evangélicos, a quienes dijo que como miembro de un partido de oposición "nos enfrentamos también a una fuerza dominante y a la falta de equidad para tener acceso al poder a través de procesos electorales legales, confiables y equitativos", como si la decisión de ser católico o no fuera asimilable a la de votar por el PRI, el PAN o el PRD. 12 Hábilmente, el cardenal-arzobispo de México, Norberto Rivera se reunió, días después, con los dirigentes de distintas confesiones en la Catedral Metropolitana de México para celebrar un acto eucarístico que dejaba constancia del trato de la Iglesia católica a otras confesiones. 13 Esta vinculación le permite identificarse, en un sentido, con un sector del viejo panismo educado -como Fox- por jesuitas en colegios como el Patria o la Universidad Iberoamericana y que, por otra parte, le permite también apelar a los grupos sociales con los que los jesuitas desarrollan distintas iniciativas pastorales en sectores populares.
Rodolfo Soriano Núñez es autor de En el nombre de Dios. Religión y democracia en México, México, Instituto Mora-IMDOSOC, 1999. |
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