![]() |
el país | columnas | dinero | el mundo |
| medios | fox | ensayos | libros | |
| espectáculos | etcétera | |||
|
el país |
||||
|
textos textos nostalgia la hidra ideas en campaña textos
|
memoria Modelo para entusiasmar
Pablo Hiriart
El debate fue agradable y por momentos vibrante, pero no cambió las cosas. Quizá, únicamente las esclareció. Algunas encuestas que se levantaron con rapidez el viernes por la noche tuvieron la virtud de preguntarle al ciudadano no solamente a quién habían visto ganar, sino por quién iban a votar en las elecciones. La respuesta fue prácticamente igual en una y otra pregunta. Los que vieron ganar a Fox la noche del debate son quienes van a votar por él, lo mismo en el caso de Labastida y Cuauhtémoc Cárdenas. O sea, el debate sirvió para entusiasmar a los seguidores de tal o cual candidato, para reafirmar sus convicciones y sentirse por un momento triunfadores, pero no alteró la tendencia del voto que ya se venía gestando desde antes del debate. Se dice que la noche del viernes Fox recuperó terreno luego de su resbalón en la casa de campaña de Cárdenas el martes anterior. Ello es cierto, pero la recuperación del guanajuatense fue ante los ojos de sus propios seguidores que el martes habían descubierto a un Fox que no conocían y al que momentáneamente habían perdido la confianza. Cuauhtémoc Cárdenas no tuvo que esforzarse para echar por tierra el argumento foxista de que estaba aliado al PRI. En realidad recreó el discurso antisalinista que se sabe de memoria y que salpica lo mismo a Fox y a Labastida. Pero eso fue todo. Cárdenas no mostró una visión de futuro, sino más bien de rencillas del pasado que dentro de muy poco será antepasado. Ello, sin embargo, es suficiente para motivar a sus seguidores que en las semanas y meses anteriores lo habían visto naufragar porque dejó de ser el navegante solitario de la oposición: Fox le había arrebatado esa imagen. Visto desde este punto de vista, Cárdenas sí ganó con el debate. Pero ganó entre los suyos, al inyectarles el ánimo que habían dejado en el camino de esta campaña y de su penoso paso por la jefatura de gobierno del DF. Todo lo dicho por Cárdenas tuvo tonalidades melodramáticas, e incluso llegó a mentir cuando habló de los 600 perredistas asesinados durante los sexenios de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Pero ése es el tono que le demandaban las circunstancias, para el consumo de su tradicional clientela política. No es sostenible el argumento de que Cárdenas fue el triunfador en la noche del viernes, puesto que entró tercero y salió tercero del foro de la Comisión Federal de Electricidad. Para eso le sirvió su discurso antisalinista: para confirmarse en el tercer lugar, y concitar el entusiasmo de sus seguidores. Su discurso final pareció una despedida, cargado de nostalgia y emotividad, pero al fin y al cabo una despedida desde el mismo lugar de 1994: el tercero. Labastida, por su parte, estaba condenado a no ganar. Sin embargo, tenía todo puesto para fracasar. El debate del viernes pudo haber sido el empujón final que le falta al PRI para perder las elecciones, y ese momento no llegó en esa hora y media de encuentro televisado a todo el país. Sin luces ni brillantez, Labastida se refugió en las propuestas y como caparazón tuvo un aire de serenidad que no le habíamos visto en el primer debate: puso la vista en el futuro mientras Cárdenas y Fox golpeaban la cola del pasado de su partido. Labastida estuvo mejor en este debate que en el de abril, lo cual implica un avance para él: no perdió seguidores ni cometió un error garrafal que lo bajara de la contienda. Pudo haber sucedido, pero no ocurrió. Por ello, el debate sólo tuvo un impacto anímico, que no parece afectar lo sustancial, que es la intención de voto de la ciudadanía. A estas alturas todos los electores ya parecen tener claro el sentido de su decisión, y quienes aún se manifiestan en la duda, muy probablemente pasarán a formar parte del segmento abstencionista que hay en toda elección. La suerte, pues, está echada. El debate no cambió las cosas, sólo las vino a confirmar. Lo único que podría variar el panorama de una manera sustantiva es que ocurriera algún hecho imprevisto de grandes proporciones, o que algún candidato tuviera un resbalón descomunal en las siguientes semanas. El tiempo que hay para ello, sin embargo, es demasiado corto Pablo Hiriart es director general del periódico Crónica. |
|||
|
|