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textos Cuando falta el Estado
Jorge Gutiérrez Chávez
Roma o Ciudad del Vaticano. Con la reciente consagración de sus 27 nuevos santos -25 recibieron el reconocimiento por ser considerados mártires de aquel anticlericalismo nacional que tuvo su máxima expresión con el régimen de Plutarco Elías Calles- la Iglesia y los fieles católicos mexicanos alcanzaron uno de sus mayores triunfos que, sin embargo y salvo prueba de lo contrario, supera ampliamente los límites estrictamente religiosos y se convierte en un hecho de enorme relevancia histórico-política para el país. Desde esta perspectiva, que va más allá de este restringido marco interpretativo eclesiástico-gubernamental, no es osado afirmar que después de lo acontecido en Roma se impone una profunda revisión de la versión oficial de uno de los periodos más conflictivos de nuestra historia contemporánea, los años 20 y 30 del siglo XX, a la luz de la pasiva forma como la actual administración avaló el martirio de estos católicos reconociendo con ello, en forma por demás acrítica, la violencia ejercida por los primeros gobiernos postrevolucionarios, de los cuales es su legítimo heredero, contra el clero y sus fieles. La presencia oficial en el acto del embajador de México ante la Santa Sede tiene un particular significado, pero no sólo para esta reinterpretación sino sobre todo para las actuales relaciones Estado-Iglesia en nuestro país, que lógicamente se han hecho más sólidas. Esta presencia, decidida seguramente al más alto nivel, está lejos de ser el elemento más polémico. Lo verdaderamente grave fue la ausencia de un documento oficial a través del cual el gobierno explicara a la ciudadanía su posición frente estas canonizaciones visto que éstas, además de sus conocidos aspectos religiosos, reevocaron con singular fuerza la sangrienta guerra cristera, origen no sólo de la muerte de católicos inocentes sino de laicos tan inocentes como los nuevos santos. Nos referimos a los maestros rurales ejecutados por las fuerzas cristeras, cuya gran culpa fue impartir la enseñanza laica, y a la mutilación de una oreja que sufrieron otros profesores, una infamante marca que permitía identificarlos como enemigos de la causa cristera y lógicamente de la Iglesia. No se trataba lógicamente de justificar la violencia gubernamental de aquel periodo, cosa por demás absurda, sino más bien de proponer la apertura por parte de las autoridades de un nuevo y posiblemente más maduro expediente de diálogo con el clero mexicano. Con diversos y demostrables hechos históricos se podría haber aclarado, sobre todo a las nuevas generaciones del país, que la violencia en el conflicto cristero no fue unilateral sino que existieron responsabilidades tanto en una como en la otra de las partes en pugna. De esta manera y con una seria y ponderada respuesta del clero se hubiera podido cerrar, en forma definitiva y lo más objetivamente posible, uno de los más negros capítulos de nuestra historia. El silencio gubernamental, desafortunadamente, no ha hecho otra cosa que reabrir ese capítulo en la peor de las formas, pues "como el que calla otorga", de hecho, ha decretado la absolución de la Iglesia, de sus eventuales culpas en ese periodo, sin mediar siquiera un acto de penitencia de parte de ésta. El genérico mea culpa del papa no podría en este sentido colmar el vacío eclesial al que nos referimos. Este histórico acto de constricción papal, recitado ante el mundo, podría sin embargo ser un excelente ejemplo a imitar y al mismo tiempo una importante guía para el Episcopado de nuestro país. De haber realizado (o de realizar) un acto de tal trascendencia, siguiendo las huellas del pontífice, el clero mexicano hubiera podido confirmar su recta observancia a uno de los principios fundamentales del cristianismo, nos referimos a la humildad que enseña el Evangelio, y sobre todo su deseo, expresado en diversos foros y por sus más altos prelados, de constituirse en el factor determinante en la esperada y cada vez más urgente reconciliación de todos los mexicanos. La ausencia de una versión laica de los hechos, con las elecciones presidenciales en puerta, también ha creado las condiciones para una posible manipulación política de las canonizaciones, pero no sólo por el enorme impacto que tuvieron en el país sino sobre todo por la importancia que tiene ahora, para las fuerzas políticas, establecer un diálogo privilegiado con la Iglesia católica. La presencia en el acto de algunos de sus exponentes (el subsecretario de asuntos religiosos de Guerrero y Jalisco, así como la del encargado de este sector en la campaña de Vicente Fox) de hecho, no puede ser considerada casual o estrictamente religiosa. No sabemos cómo o de qué forma los partidos piensen acercarse a la Iglesia para ganarse los votos de la comunidad católica, pero estamos seguros que sus promesas abundarán. Sin embargo, es difícil que el clero del país pueda caer en su juego, en múltiples ocasiones ha dicho que no apoyará a ningún partido, pero aun así será interesante ver cómo se mueven los representantes de los partidos para ganarse su eventual apoyo. No sabemos, y creo que nunca lo sabremos con exactitud, cuál fue el origen del silencio de nuestras autoridades. Detrás de él podrían estar el temor o la inexperiencia que éstas muestran en su diálogo con una Iglesia católica mexicana sustancialmente reforzada en sus relaciones con la Santa Sede, con sus feligreses y sobre todo en el ámbito político donde, por la naturaleza misma de su misión, se ha convertido en el portavoz de los sectores más afectados por las radicales transformaciones que experimenta el país dado que, como afirma Norberto Bobbio, "donde falta el Estado la Iglesia siempre termina por ser el último refugio" Jorge Gutiérrez Chávez es maestro en Derecho, ex profesor universitario (Departamento de Derecho de la UAM), miembro activo del grupo de estudios políticos Nicolo Machiavelli. |
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