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Auge y presencia del PAN
Guadalupe Pacheco Méndez


La última tentación de Fox
Rodolfo Soriano Núñez


Los nuevos tiempos
Juan Ignacio Zavala


Fox y su otra mitad
Abraham García Ibarra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El caudillo a la derecha

José Carlos Castañeda

Foto: Santiago Salmerón/Contraluz

Hasta ahora, el mayor éxito de Vicente Fox radica en rebasar por la derecha a su competidor del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas. No es poca cosa recuperar el segundo lugar en las preferencias del electorado, según ilustran las encuestas, sobre todo si recordamos la debacle panista de 1997, cuando la campaña de Carlos Castillo Peraza desplomó las esperanzas de correligionarios y simpatizantes, dando una muestra más de cómo los intelectuales y el poder están en fricción continua y pocas veces viven un final feliz. Por otra parte, habría que considerar también el retroceso del PRD causado más por las expectativas que suscitó la campaña y triunfo de Cárdenas en el DF, que por su desempeño como funcionario. ¿Qué ha pasado con el PAN desde entonces?

En un artículo publicado en La Crónica, Luis Salazar se preguntaba: ¿cómo fue que un personaje como Fox, más cercano a Ross Perot y Fujimori, dispuesto a sacrificar cualquier principio o cualquier programa a las ambiciones de un populismo pragmático de derechas, se apoderó de un partido que había logrado convertirse en una opción política seria y responsable?, ¿cómo fue desplazada una corriente de pensamiento que se identificaba con el ideario de la democracia cristiana y que incluso defendió una postura liberal en algunas esferas de la vida política?, ¿dónde quedó el partido de Gómez Morín o González Luna?, ¿dónde quedó la memoria de aquel debate contra el caudillismo entre Gómez Morín y el líder opositor José Vasconcelos? Primero, las instituciones, defendía Gómez Morín. Entonces el caudillismo ya era una lacra de la revolución que debía abandonarse para poder imaginar una democracia donde no hacen falta héroes ni villanos y se requieren ciudadanos e instituciones que participen en una competencia equitativa y libre.

Fox a secas

La campaña foxista es un libreto de desplantes y bravatas irresponsables. Nadie olvidará aquello de que él solucionará el conflicto en Chiapas en sólo 15 minutos. José Joaquín Blanco definió esta proclividad voluntarista con una fórmula: "Yo me basto y me sobro". Esta descripción retrata la vena autoritaria e intransigente de un líder como Fox, detrás del perfil demócrata se escucha la queja de un autócrata, que cree que no hay problemas reales, sólo falta voluntad para resolver las asuntos de gobierno. Sus opiniones sobre la conducta de la oposición en su administración en Guanajuato muestran cómo concibe su relación con un gobierno dividido. Fox sigue creyendo que es preferible contar con la mayoría en la Cámara de Diputados a tener que negociar con los adversarios. Sus resortes presidencialistas están bien aceitados y no está dispuesto a entablar una administración pluralista sino a cerrarse en un bloque de simpatizantes que se parece más a los amigos de Fox y menos a una sociedad plural, donde es preciso debatir y acordar acerca de cuáles son las rutas a seguir. En política no se trata de encontrar un programa correcto, un hombre providencial (a primera vista honesto) y luego todos a "seguirlo", "echarle ganas" y "jalar parejo". La política es un medio para conciliar la discrepancia sin recurrir a los disparos de la violencia; cuando se condena la pluralidad por incapacidad para negociar, la vida política se reduce a las posturas fundamentalistas de un indomable redentor que pretende excluir todo desacuerdo y cualquier disputa. La democracia moderna se inventó como un mecanismo que antes que nada reconoce la diversidad humana y procura encontrar formas para dirimir sus diferencias sin apelar jamás a la exclusión, la hostilidad o la guerra, tratando de moderar la rivalidad pero sin renunciar a la tensión. Es un desafío incierto y difícil, y quizá por eso la democracia es el menos malo de los gobiernos, imperfecta en sus formas y en sus resultados.

Fox es un ejemplo más de cómo la antipolítica se ha convertido en una estrategia para captar votos en un escenario electoral desconfiado e indeciso. Pareciera como si hoy los políticos prefirieran pasar por gerentes de empresa antes que dignificar su carrera. En este contexto el desprestigio de la política crece y a su lado la amenaza de levantar altares a presuntos redentores "bienintencionados" se perfila como una opción electoral que desgasta nuestras posibilidades de consolidar un régimen de partidos, donde las instituciones se fortalezcan y los caudillos, por fin, se retiren de la contienda. La consolidación de la democracia significa el adiós a las efigies providenciales.

Pragmatismo sin más

El pragmatismo político es una de las prácticas modernas que nuestro proceso de transición a la democracia aportó a las tácticas opositoras. No me opongo al pragmatismo, incluso pienso que ofrece muchos beneficios a la vida pública porque da fuerza y realismo a valores cruciales para el gobierno democrático: la negociación y el compromiso. Aprender a negociar significa hasta cierto punto que las abstracciones y los ideales dejan trabajar a los políticos con la realidad efectiva de las cosas, sin olvidar los anhelos y las expectativas, pero asentándolos en la tierra firme de los intereses, la responsabilidad y el intercambio de compromisos.

En la negociación cumplida, los partidos suspenden la retórica ideológica para concentrarse en los dominios de la realidad de los asuntos públicos. El realismo político no abandona los ideales ni las esperanzas, busca cumplirlos en el reconocimiento de los adversarios, que no tienen que compartir tus ideas ni dejarse convencer por tus argumentos. Se trata de una forma de entender y practicar la política democrática, pero necesita de contendidos y fines. No basta con el pragmatismo.

Si quisiéramos encontrar reparos al pragmatismo ciego, bastaría con observar el comportamiento de Vicente Fox para reconocer que también el pragmatismo cae en excesos y debe tener límites. En una democracia debemos cuidar que no se abuse del pragmatismo al grado de abatir al electorado con frases huecas y promesas fútiles que no buscan sino congraciarse con el auditorio, sin tomar en cuenta las consecuencias ni dificultades de una sociedad con intereses, esperanzas y propuestas antagónicas que nadie será capaz de armonizar en un plan único, apenas se podrá procurar el compromiso y la conciliación con la finalidad de establecer un plan de gobierno que siempre estará bajo la mirada de sus adversarios, sujeto a cambios y rectificaciones, que otra vez deberán ser negociados en un largo camino, donde no hay planes perfectos ni líderes visionarios que unifican a la población bajo un emblema. Fox ha llegado a confesar que sus ideas no están en un programa o en proyecto de gobierno sino en las veleidades que dictan las encuestas de opinión. Nada más aventurado que escoger y definir la postura de un candidato y sus propuestas según la falta de rigor de los encuestadores y el humor de los encuestados. No encuentro ninguna razón para festejar los desplantes tan cacareados por Fox. Por si fuera poco, su estilo bravucón y voluble en nada favorece para crear la imagen de un liderazgo responsable y confiable. Hoy, Fox es un ejemplo de cómo la política puede caer en manos de quienes la desprecian al grado de pretender sustituirla con el voluntarismo, el culto al caudillo y la expulsión o el aislamiento del oponente.

El moralismo panista suele deplorar el relativismo y la decadencia moral de sus contemporáneos, le gusta espetar sermones cargados de sensiblería moralista a sus vecinos; propone que exista una moral social impuesta desde el poder político y religioso. Nada resulta más amenazador en una sociedad que participa de un mosaico plural de valores y fines morales. La ética nunca ha servido para juzgar el comportamiento del vecino; no puede imponer ninguna norma colectiva ni representa una alternativa a la aplicación de la ley. En una cultura democrática, la ética es una aventura individual, "no un instrumento teórico ni penal para interpretar lo que los hombres hacen en este mundo".

En este nuevo escenario de pluralismo ético no es posible imaginar una moral social única y todopoderosa que ordene la vida privada de los ciudadanos. En nuestra vida pública no hacen falta profetas de la excelencia ni discursos puritanos cargados de recriminaciones morales. Falta tolerancia a las divergencias y respeto a la diversidad. Si la sociedad mexicana ya procura y defiende la diversidad política, ¿no es tiempo de reivindicar también la pluralidad ética?

Nuestra transición política todavía no dirime ni discute sobre las fronteras entre lo público y lo privado. Es tiempo de abrir un debate plural sobre los dilemas entre la moral y la ley

José Carlos Castañeda es editor de nexos.

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