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letras José Carlos Becerra
Alvaro Ruiz Abreu
El 29 de mayo de 1970 la casa de Carlos Pellicer se convirtió subrepticiamente en una capilla ardiente. Sereno pero deshecho, sus ojos lloraban por la noticia de la muerte del poeta José Carlos Becerra, justo a los 34 años. Para Pellicer era algo más que un hijo de la misma tierra. Era un poeta. Esa tarde, paisanos, escritores y poetas, periodistas, se acercaron a Pellicer buscando encontrar una explicación a lo sucedido. Y él mismo no dejaba de lamentar el accidente. Una nota de Excélsior lo vio así: "Estaba en su domicilio, destrozado por la escueta noticia periodística que enlutó ayer a las letras mexicanas". Era mayo de 1970. Becerra rodó en la única curva de todo el trayecto en su coche convertible con el que había recorrido cuatro países, precisamente un "chofer" como él que nunca aprendió a manejar debidamente. En México el candidato a la Presidencia Luis Echeverría anunciaba una apertura política para canalizar el descontento social. La herida de 1968 aún estaba fresca. La ciudad de México tenía alrededor de siete y medio millones de habitantes, y el país seguía en una larga noche política, partidista, todavía cerrada a la participación democrática. Ese mismo año Sergio Galindo publicó una novela breve, Nudo, y Héctor Manjarrez, Acto propiciatorio. El escenario poético parecía reanimarse en manos de los jóvenes nacidos en los años 30: Zaid, Pacheco, Eraclio Zepeda, Oscar Oliva, Jaime Augusto Shelley, Cervantes, Homero Aridjis. Estos seguían a sus predecesores: Efraín Huerta, Paz, Alí Chumacero, Novo. Pero la voz dominante seguía siendo la de Pellicer, y su profunda vocación por la palabra explosiva que reinventa el tiempo, la fe y la vida como una consagración; su mirada hacia el pasado es una mística que anuncia el porvenir de América y de la poesía. Becerra no sigue al pie de la letra al maestro, pero descubre en Pellicer una vocación casi innata por el lenguaje poético, una sólida experiencia del mundo, del arte, de la vida. Y como todo hijo, Becerra intentará rebelarse contra la figura del padre, desterrarse del país natal, llegar a la ciudad de sus sueños. La ciudad va a su encuentro, lo atrapa, y es precisamente este espacio el que su verso reconstruye de una manera profunda, en pedazos de tiempo y de espacio, como olvido y vacío, como escaparate del héroe moderno, como cielo y purgatorio de la actividad humana. Su poesía no es sino un río desbordado que sube del trópico hacia el Valle de México. Orientada hacia las estaciones del amanecer y de las mareas, ve el amor como desgaste y tragedia. "En mi poesía creo que la visión amorosa siempre es la misma. Hay una nostalgia del instante perdido, aunque el amor siga su curso". En esa búsqueda del instante perdido tropezó con la muerte en ese tibio amanecer que lo vio volcarse, morir. Es la última foto que guardamos del poeta tabasqueño; la que le tomó Italia, en la costa del Adriático, y el alba que como una mujer lo invita a sus aguas. Si Pellicer puso en la poesía mexicana el mar y sus sonidos, la luz divina y la que sale de las llamas del infierno, y el hombre minado por la naturaleza, Becerra parece haber caminado en otro sentido. Descubre la ciudad moderna habitada por el héroe de plástico, el tiempo como regreso y resurrección, la noche en la cual se escucha el paso del tranvía, la huida del fugitivo. Pellicer fue más a las raíces del hombre americano, Becerra intentó combinar los signos del pasado, del presente y se instaló en la vanguardia. Su temperamento es explosivo y meditabundo; en el lenguaje se mira a sí mismo y a través de la palabra entra al escenario de la vida y de la creación. "Las aguas de la Historia me llegan a los labios, me suben a los ojos,/ son el caldo de cultivo apropiado para interrogar dentro de él a Dios". Pensó hacer el mismo itinerario que Pellicer, con el que había pasado muchos días conversando entre broma y broma. Ambos manejan el sentido del humor con destreza. Vienen de las aguas, van hacia sus formas y sus sombras, y regresan a ellas. Pellicer proclamó en verso y en prosa la alegría de vivir, que dirigía al arte de la amistad y del encuentro, Becerra habló con un significado profundo de la soledad, el deterioro y el vacío que provoca la masacre. Aquél era un creyente en Dios, en su carrera para oponerse al materialismo y al espíritu del capitalismo; éste fue un ateo, atado a las guerras de exterminio, a las intervenciones coloniales, a matanzas como la de Tlatelolco. Escribió sobre Vietnam, y sobre la Plaza de las Tres Culturas, sobre el movimiento ferrocarrilero, y al mismo tiempo hizo de los signos de nuestro tiempo una estética y una escritura que debía leerse de otra manera. Estableció un diálogo con el porvenir. A 30 años de su desaparición, volver a su poesía es reconstruirlo. Escribió siete libros en los cuales miramos la llama de la muerte detenida en las noches de las grandes urbes, en los cementerios, en las aguas sucias de los ríos donde quedan atrapados los ahogados. Era un nuevo himno generacional que se eleva al cielo para esparcir los temas que escudriñó en los poetas mayores como Pellicer, Paz, López Velarde, Efraín Huerta. La poesía de Becerra tiende lazos muy resistentes con la poesía de Juan Ramón Jiménez y la de Pablo Neruda, y principalmente con la que estaba escribiendo en México su propia generación. Poesía citadina, no se ancla en la ciudad y sus calles, sus silencios y sus traumas, sino se mantiene en el puente que une la imagen del hombre moderno con la "otra orilla", es decir, la ciudad y el trópico, los palacios urbanos y las montañas de agua y vegetación de donde procede el poeta. Nace en el agua y se encamina hacia la urbe moderna, regresa a su origen y se proyecta en el horizonte poético del siglo XX. Becerra se moverá siempre entre esas dos orillas. II Esta muerte temprana, como dijera Miguel Hernández en su conocida Elegía a Ramón Sijé, provocó la escritura de muchos poemas que a todos despertó en la madrugada. Pero el de José Emilio Pacheco,(1) escrito en ocasión de los diez años de la muerte de Becerra, es un ajuste de cuentas generacional y un reconocimiento a la hermandad poética, un regreso al polvo bíblico del que ha nacido la vida y la muerte. Dice Pacheco: Lo urgente es rescatar Es un poema que en su primer impulso hace evidente el conflicto que genera la pérdida, la muerte; hay que salvar del caos a la poesía, la que hace luz en las sombras de nuestro tiempo. La muerte de Becerra es el final de un sueño, la entrada a la sala de los derrumbes. "Prosa en recuerdo de José Carlos Becerra" es uno de los testimonios más conmovedores y exaltados de todo lo que se ha escrito sobre el autor de La Venta. "Ha muerto José Carlos y de pronto/ nos hace descubrir que tampoco nosotros/ éramos inmortales; que está la muerte/ por todas partes con su gran boca/ esperándonos". La poesía mexicana de los años 60 es declarativa, a veces ausculta nuevos tonos y se extiende por el cuerpo y el deseo, el horror de la existencia, la lejanía de Dios, la pérdida de la fe en un mundo caído, pero a menudo suele golpear como una gota de agua en el mismo sitio: la actitud pedagógica, el sermón ideológico que impregna no solamente a los poetas de México sino a los latinoamericanos. Los poetas inscritos en La espiga amotinada eran en realidad un puñado de escritores con claros objetivos ideológicos, cuya juventud los hizo una promesa de las letras mexicanas. Intentaron apartarse del arte por el arte y asumir que el poeta debía cantar su experiencia de las ciudades, el hospital y la escuela, el burdel y la estación de trenes, es decir, la vida en todas sus formas.(2) Pero el verso de Pacheco señala esta gran verdad literaria al decir que Becerra "Fue el último en llegar/ y fue el primero en marcharse./ Sigue siendo el mejor de todos". A los 24 o 25 años de edad, su generación lo vio llegar con un equipaje poético desacostumbrado, fuera de lugar y de época; venía practicando una escritura excepcional para su edad, creando ciertas imágenes rotas del mundo que lo hacían ya un poeta consumado, hecho. Era el tiempo de los grandes fracasos, de las grandes promesas. De las lecturas de López Velarde, Gorostiza, Pellicer y Paz, y del silencio que guardó el poeta sobre la mujer amada, el antídoto que no lo pudo despertar del sueño profundo en que vivió inclusive su propia muerte. El poema de Pacheco es intenso, sobrecoge por su veracidad y anecdotario, que hacen de la poesía una comunión con el amigo y su tiempo. Dice Pacheco que podría contar muchas historias, pero basta con la del viaje a Chiapas, las violetas cortadas en el Sumidero, y que esto lo saben Isabel Fraire y Raúl Garduño. La prosa se interna en el tiempo que no es más y destruye lo que encuentra, en el hacedor de palabras caído. Pero diez años han pasado. III La evolución y el sentido de la poesía para Becerra es posible seguirlos en varios de sus libros, pero hay uno que marca a los demás, hacia atrás y hacia delante: Relación de los hechos. Apareció en 1967 y sus poemas eran una provocación para los lectores, un arrebato y principalmente un incendio que quemaba la poesía anterior y alumbraba la del porvenir. Texto de múltiples significados, se ha considerado hermético, y sólo ha sido tocado por sus amigos, los otros poetas de su misma época. Es un poemario que inauguró un nuevo ritmo en la poesía mexicana, y estableció una zanja. Era el año en que para los escritores latinoamericanos había sonado la hora de su ascensión a través del boom.(3) La narrativa antes dormida o domesticada a ciertos usos, temas y enfoque, despertaba de pronto con una velocidad y una destreza nunca experimentada. El llamado boom parecía la alborada de un nuevo día, un nuevo concepto narrativo que despegó tan rápido como los cohetes de Cabo Cañaveral. En esa fecha, la poesía era un llamado al compromiso social e ideológico, una toma de consignas de la reciente revolución cubana, del maoísmo y sus impulsos redentores, de la Cuarta Internacional y sus aullidos desesperados. La poesía que debía escribirse tenía que impugnar al capitalismo, hacer un llamado a la conciencia del hombre, y despertarlo definitivamente. Era de tesis, y de grandes promesas en el cambio social y estético, de grandes esperanzas en la posibilidad de construir al fin el rostro del Hombre Nuevo. Los ecos del existencialismo esbozado en las novelas de Albert Camus, en los ensayos y novelas de Sartre, en el hermetismo del lobo estepario como gesto rebelde de Herman Hesse, reforzaron esa necesidad de creer en lo nuevo, en el cambio y en la revolución del espíritu y en el sentimiento de "nuestra orfandad en el cosmos". Los años 60 están rociados de la música y los versos de la poesía que escribían los jóvenes poetas; Poesía en movimiento, de 1966, fue una confrontación de voces nuevas y antiguas. Esta antología era el registro de la posición estética de los jóvenes, de sus gustos e inclinaciones. Ofrecía un punto de encuentro con el pasado, y un lugar de despedida; la poesía joven ahí incluida levantaba la voz contra el mundo heredado y ofrecía un punto de vista sobre el tiempo cíclico del existencialismo, un regreso al caos. Es decir, la función implícita del poeta era vivir en contacto con la realidad, el mundo y la naturaleza; su producción poética saldría radiante, segura, de esa mirada; su verso no flotaría en el espacio ni sucumbiría al paso del tiempo, pues se hallaba agarrado a la Historia, al Hombre. 1970 fue el límite de los años 70: el derrumbe de una época, la confrontación de los jóvenes con el Padre y con la Autoridad civil o religiosa. Cayeron de sus altares la familia, Dios, la religión, las instituciones, la prensa, la publicidad. Mostraron los colmillos llenos de sangre, de ambición y de poder. Y la crisis estalló. Baste recordar Vietnam, y este hecho: el último informe del presidente Díaz Ordaz, el hombre directamente comprometido con la matanza de Tlatelolco, fue aplaudido; el rito de la masacre convertido en ovación pública. Se despidió de los mexicanos como el siervo de la nación, como si no pesaran en su mirada los muertos, jóvenes que habían solicitado hablar un lenguaje sin los vicios del poder totalizador, un lenguaje menos cínico en la prensa, en la Cámara, en los sindicatos, en la burocracia, y en el escenario político. IV La poesía es el supremo bien, una entidad avasalladora en la que se encuentra la verdad, el misterio y la vida, su sentido último. Para Becerra, que trata de desacralizar los objetos, los símbolos del mundo contemporáneo, no tiene la poesía este sentido sino de manera parcial. El significado de la poesía en Becerra es una verdad pero que debe descubrirse, no es una entidad sino un movimiento; tampoco un camino que conduce a un sitio preciso, sino una rara espiral por la que trepa el poeta y en su frenesí por alcanzarla pasan los años y se encuentra de cara con la muerte. El poeta no es una unidad, sino un ser dividido, como se lo explicó de manera sencilla a Lezama Lima, "si fuimos partidos no fue para separarnos de nosotros mismos, sino, como diría Santo Tomás, de Dios". Para Hölderlin la poesía es una necesidad religiosa, en la que reconoce el aliento divino que anima y fecunda la tierra, que permite borrar el desacuerdo interior.(4) Becerra vivió una época de enorme esnobismo; la moda, el cine, el deseo de parecernos a Europa, el afán por pertenecer a las metrópolis dándole la espalda al Tercer Mundo, la revolución, la contracultura. Su ejercicio poético lo apartó de ese camino que era su propia rebeldía juvenil; la palabra le devolvió la imagen de sí mismo y del otro, y pudo ver su propia figura en el mundo y hacerla a un lado. Declaró a las palabras el sustento sobre el cual iba a levantarse de las ruinas de los años 60. Creía que el poeta era un cazador de imágenes que se lanza "desesperadamente para volver a vivirlas, pero fatalmente fracasa, porque esos instantes al ser atrapados por la red de cazar mariposas (que en el caso del poeta se llama imaginación), al debatirse esos hechos que fueron reales en la imaginación del poeta se convierten en palabras, en monedas de cambio". Es el momento en que esas palabras han adquirido otra realidad. Becerra conoce las limitaciones del hombre contemporáneo, las restricciones del amor, la soberbia del poder. Conoce sobre todas las cosas los ejes y los engranes sobre los que se sostiene su tiempo: el de la ciudad que vino a conquistar con su palabra, el tiempo de la imagen comercial y de la imagen del cine; el alcance del poeta que usa en otro sentido la palabra, y él estableció un puente a través de sus versos entre las tierras bajas de Tabasco, el lugar de donde salió, y la metrópoli que se cruzó en su camino. El tiempo fue su verdadero martirio, un cómplice en su trabajo diario; lo tenía atrás como tradición en forma de lenguaje, vanguardia, y debía vencerlo para salir de sus propias cenizas. "Sigue la noche subiendo la noche", "Sí, nada quedó de aquello". Sus poemas nos llevan por el río de la muerte, a los amaneceres desangrados y desembocamos en la resurrección, en el final que es un nuevo comienzo, en el regreso. Creo que Becerra fue fiel a su expresión poética y también a su vida cotidiana. El tiempo que lo seguía al fin lo alcanzó ese mes de mayo, ese día 27, del año que venimos asediando. El, que amaba tanto las fechas, fue a morir a una edad prematura, que lo hizo rápidamente parte de una leyenda pero no del olvido. Muchas preguntas siguen latentes: ¿por qué murió de manera tan gratuita José Carlos? ¿Qué designios lo movieron para entregarse a la soledad de la carretera, en el camino de la vida, como diría Pessoa? La figura de su paisano Carlos Pellicer parece haberlo acompañado hasta el final; él lo había convencido de la necesidad del viaje a Italia, ver el Adriático y principalmente recorrer Grecia. A punto de llegar justamente a la otra orilla: a la de un mar que Pellicer le había recomendado conocer, amar, cayó para siempre. La caída, sin embargo, puede leerse como el inicio de su reconstrucción. Dijo con esa seguridad proverbial: "Volveré a surgir el día que rompa los vidrios de mi muerte"
Notas 1 Véase José Emilio Pacheco, "Prosa en recuerdo de José Carlos Becerra", en Proceso, núm. 185, mayo, 1980, pp. 50-51. 2 Es muy interesante el "Prólogo" de Agustín Bartra de La espiga amotinada, libro publicado en 1960, en el que fija la postura del "grupo" ante el arte y la vida, y define la estética que defienden. 3 En su Historia personal del boom, José Donoso dice que en sólo seis años, de 1962 y 1968, había leído más novelas de calidad que las que podía encontrar en la historia de la literatura de América Latina: La muerte de Artemio Cruz, La ciudad y los perros, La casa verde, El astillero, Paradiso, Rayuela, Cien años de soledad, entre otras. 4 Véase Stefan Zweig, La lucha contra el demonio, un estudio sobre Hölderlin, Kleist y Nietzsche, con esta dedicatoria: "Al Profesor Dr. Sigmund Freud, espíritu agudo y sugerente, dedico este triple acorde del espíritu creador".
Alvaro Ruiz Abreu, profesor-investigador de la UAM-Xochimilco, es autor de la biografía de José Carlos Becerra, La ceiba en llamas (Cal y arena). Texto leído en el homenaje a José Carlos Becerra organizado por el INBA en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el pasado domingo 28 de mayo. |
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