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textos Perú y Venezuela
Ariel González Jiménez
Han quedado nuevamente al descubierto las limitaciones y torceduras que acompañan al proceso político latinoamericano. Desde hace al menos dos décadas que se viene anunciando el "regreso" de la democracia como para no sentir profunda decepción ante las constantes recaídas, especialmente en el Cono Sur. Estas no constituyen la regla -aseguran muchos analistas benévolos- pero admitamos que para ser "la excepción" están muy presentes y parecen ser la fórmula más socorrida para enfrentar el descontento social, las crisis de gobernabilidad o la mera tentativa de la alternancia. En ese penoso marco es donde los conflictos sociales se siguen atendiendo con tanques en la calle (Bolivia) y el fantasma del golpe de Estado hace su reaparición (Paraguay). Al mismo tiempo, la escena electoral se complica en Perú y Venezuela revelando fraudes y sospechas, respectivamente, en cuyo trasfondo se hallan incontrolados poderes unipersonales que juegan a experimentar con las más variadas presentaciones del caudillismo, populismo y autoritarismo que ha conocido el subcontinente. Todo sea por una reelección... En el caso de Perú, Alberto Fujimori decidió cruzar la barrera de la legitimidad al no aplazar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Consuma así lo que ya había intentado desde el 9 de abril pasado manipulando los resultados de la votación: pasar sin ningún trámite adicional a otro periodo de cinco años en el poder, con lo cual alcanzaría un total de 15, realizando una ambición que personajes como Carlos Menem, en Argentina, apenas consiguieron acariciar. En aquella ocasión Fujimori, cauteloso, se detuvo en el último momento, pese a que ya había desplegado el aparato político-electoral que le permitió rozar 50% de los votos. Acaso el político "pragmático, realista, objetivo y coherente" (como se definió a sí mismo en una reciente entrevista) se impuso y consideró que tal vez una segunda vuelta le daría mayor consistencia y legitimidad. No ha ocurrido así. El mismo domingo 28, tras computarse 26.9% de la votación, ya era patente el enorme vacío y aislamiento que va a rodear a Fujimori en las próximas semanas, meses o años. Tenía 50.1% de los sufragios y Alejandro Toledo -el líder opositor que rehusó participar de la segunda vuelta si ésta no se aplazaba- 16.5%; los votos en blanco o contra el fraude sumaban más de 30%. Fujimori obtuvo un triunfo que no es ni siquiera fraudulento en el sentido tradicional de la palabra: ha robado votos para sí, efectivamente, pero por lo visto ha tenido que darle también una parte "creíble" a su adversario. Todo ello sin observadores internacionales (los de la OEA se retiraron el jueves anterior "desolados", como lo dijo Eduardo Stein, el jefe de la misión) y en medio de un ambiente de protesta generalizado y graves disturbios. Quién sabe cuánto tiempo podrá mantenerse en el poder un Fujimori que va a enfrentar grandes obstáculos internos y externos. Sobre los primeros ya dieron cuenta los miles de manifestantes que durante estos días se han movilizado contra la reelección; de los segundos, el propio Bill Clinton se ha hecho cargo al señalar que la relación de su país con Perú "se verá afectada", pese a que su gobierno no ha anunciado medidas concretas. Se supone que todo esto hará imposible que Fujimori gobierne. No obstante, todas las presiones de dentro y fuera parecen pocas ante un presidente que disolvió en una ocasión el Parlamento y que frente a las protestas no ha dudado en reprimir y amordazar aún más a la prensa, para lo cual cuenta con un sofisticado aparato de seguridad a cargo de Vladimiro Montecinos, tenebroso personaje a quien se atribuye una extraordinaria influencia. De ahí nacen las dudas en torno del futuro de este tercer mandato consecutivo. Su final puede llegar en unos cuantos días o semanas, pero puede igualmente producirse hasta el 2005 (cuando tal vez vuelva a sorprender a los peruanos y al mundo con el lanzamiento dinástico de la candidatura de su hija Keiko, a quien algunos interesados han etiquetado como "la sucesora"). Contra lo que pudiera pensarse, quizá Fujimori -al igual que los dirigentes chinos, los verdaderamente chinos, digo- sea beneficiario político de la globalización económica, tan activamente impulsada por su gobierno. En ese caso no importará tanto el balance de su vida democrática como el balance de los intereses de muchos inversionistas y gobiernos extranjeros. Quien con toda seguridad no gozará de estas prerrogativas de la globalización es su homólogo Hugo Chávez, cuya imagen decididamente populista ha espantado a los capitales foráneos desde que llegó al poder en diciembre de 1998. Tiene, pues, 15 meses como Presidente de los venezolanos, pero éstos ya empiezan a temer que ni esos meses ni el nuevo mandato que seguramente ganará cuando se celebren las por ahora postergadas elecciones le serán suficientes para llevar a cabo la prometida reforma "revolucionaria y bolivariana". A diferencia de Perú, la historia de Venezuela en los últimos 40 años ha sido de transmisión pacífica del poder. De cualquier modo, sobresaltos e intentonas golpistas sí han tenido lugar en ese periodo, y eso lo sabe muy bien Hugo Chávez, pues él mismo protagonizó hace unos años un fallido golpe. Es esta mezcla de ex golpista y líder mesiánico la que hace de Chávez un personaje poco confiable, especialmente cuando queda claro que no hay "condiciones técnicas" adecuadas para poder realizar los comicios previstos para el 28 de mayo; 11 millones de venezolanos pierden así la certeza de lo que serán finalmente las elecciones que se preparan; el partido gobernante, Movimiento Quinta República, se niega a crear un nuevo Consejo Nacional Electoral, lo cual genera amplias sospechas de que se busca favorecer la reelección de Chávez. Entre tanto, la oposición que representa el candidato Francisco Arias Cárdenas (antiguo compañero de aventuras golpistas de Chávez) y la Comisión Legislativa, de corte oficialista, todavía no acuerdan la fecha de las elecciones. Venezuela tiene todavía la oportunidad de celebrar comicios limpios y alejarse del expediente peruano. Ojalá que el aplazamiento de estas elecciones sea, como se ha dicho, el mal que llegó por bien, y no el mal que anticipa más tiempos funestos Ariel González Jiménez es periodista. Actualmente radica en Argentina. |
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