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Para documentar
el pesimismo

Francisco Báez Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

primera plana

El efecto de los medios

Marco Levario Turcott

Foto: Jerónimo Arteaga

El ensayo de Frank Priess, que usted tiene oportunidad de leer en las páginas centrales de este semanario, sugiere algunas coordenadas de análisis que resultan muy familiares con la circunstancia mexicana.

El especialista en medios de comunicación tiene presente los desarrollos paralelos que hay entre uno y otro país en lo que respecta al binomio establecido entre el ejercicio de la política y la oferta e incidencia del periodismo. Pero a partir de eso, el autor también establece varios aspectos que forman parte de una tendencia mundial entre aquella dicotomía señalada. A esto último se refiere el autor de esta columna, por considerar que encuentra varios elementos indispensables para el diagnóstico de lo que ocurre con el proceso electoral que está en marcha en nuestro país, pues es útil, a menos como un boceto, al entendimiento de algunos fenómenos antaño impredecibles.

Cuando no hay ideología

En el principio de una campaña electoral está el reconocimiento de la ausencia de referentes ideológicos, por eso a menudo los partidos someten a la preferencia ciudadana a candidatos populares extrapartidarios que, con su denuncia de los métodos de la política adquieren un prestigio y una solidez que no pocas veces llega a resultar redituable en las preferencias ciudadanas.

Además de esos fenómenos, tengamos presente, junto a Priess, que los medios de comunicación se han convertido en la principal fuente de información política para sectores amplios de la población y que, en ese sentido, la televisión pasa a ocupar el lugar de privilegio. Tengamos presente una de las principales características de la pantalla chica que es la promoción de sensaciones en lugar de los argumentos y la exposición mesurada y analítica de las cosas. Y he aquí que, siendo la televisión un espacio formidable para la propaganda, la política no sólo es trastocada en sus lineamientos discursivos más elementales, sino que incluso en algún sentido deja de ser obra de los políticos para pasar la estafeta a los especialistas en el marketing que es la promoción de una imagen del mismo modo o casi como se intenta persuadir al consumidor de que un producto es mejor que otros. Dice el autor comentado:

"Los comicios se transforman cada vez más en luchas profesionales entre expertos, en tanto retrocede la importancia de los afiliados y de las estructuras partidarias."

Inmenso arsenal de mercancías

El asunto es aún más complejo cuando sobrepuestos los actores de la política y trastocados los lineamientos nodales de su discurso, el indicador de las preferencias medidas por sondeos o encuestas llega a ser más importante que la exposición de convicciones. Y entonces, "al cliente lo que pida" llega a convertirse en una divisa para lograr campañas electorales exitosas. Al cliente lo que pida, vemos en la circunstancia mexicana, aun cuando uno y otro posible comprador tenga intereses no sólo distintos sino en algunos casos incluso contrapuestos.

El autor de esta columna tiene para sí que el mismo fenómeno creado por la moda llega a cubrir con su manto a la promoción de un hombre que representa todas las características de un producto de venta exitosa. Ser o representar lo nuevo, el cambio, una cosa que simboliza la expectativa de muchos, que para cada uno tiene u ofrece ventajas distintas son algunas de las variadas formas en que se convierte un producto exitoso que, por antonomasia de la política y los partidos, es el brebaje o el ropaje con el cual los ciudadanos, al momento de elegirlo, pueden delegar sus principales preocupaciones sociales.

Al ritmo de la tele

Y como la televisión es el medio idóneo para una cobertura masiva, ésta impone el ritmo y el lenguaje requeridos para lograr mayor impacto, por eso no es casual en nuestra circunstancia que lleguen a tener cierto aire persuasivo una serie de adjetivos empleados por la cosa esa que se presenta como candidato cuando se refiere a los adversarios diciéndoles tepocatas, alacranes o víboras negras. No es culpa de la tele desde luego, lejos estamos de admoniciones morales, sino que esos sus requerimientos son leídos así por los asesores o expertos en imagen. Imagen sí, antes que ideas o en contra de ellas, en tanto aspiración para las adhesiones. Imagen sí, que proporciona el sentimiento de estar en directo con el lugar de los hechos, con los sucesos y con quienes son responsables de los mismos. Por eso, y más desde luego, como advierte el ensayista central de esta edición de etcétera, la televisión (y la Iglesia) gozan de una mayor credibilidad.

Y en busca de esa virtud surge otro fenómeno y es el hecho de que los hombres de la política quieran presentarse justamente como eso, hombres sin solemnidad, de carne y hueso y que, al ser parte del espectáculo mediático y aún a costa de trivializar los valores del oficio de la política, se presentan diciendo chistes, algunos una que otra palabrota y otros incluso bailando al ritmo de una sabrosa cumbia.

Pero no sólo son actores, esos "políticos", sino que también montan su propia escena y son productores y directores al mismo tiempo. Aunque como no deciden ellos si el espectáculo vale la pena, tratan de ser seductores para que su obra venda y bien en televisión. De ahí el sensacionalismo que llega a presentarse en forma de denuncia o de cualquier otro recurso empleado para lograr el interés de los editores de los medios informativos.

Con todos esos elementos, podemos explicarnos también que un hombre que diga hacer política llegue a tener peso por el impacto mediático antes que por su número de simpatizantes (aunque cabe señalar que esa dicotomía llega a operar al revés: a mayor presencia mediática más simpatías). Nos estamos refiriendo a que un candidato que, según las encuestas tenga un mínimo nivel de aceptación, puede sin embargo lograr una influencia mediante el empleo de denuncias o adhiriéndose a otro candidato; al hacerlo no le traslada sus votos solamente, sino que con la influencia mediática puede lograr un sentimiento social que opera en favor del abanderado por el cual se declina.

Estos son sólo algunos recursos que emplea el rejuego de la política, sobre todo en las contiendas electorales, orientado por la influencia que tienen los medios de comunicación. Pero éstos no empiezan ni se agotan ahí, seguramente veremos al paso de los días, haya o no un segundo debate televisado, que en la pantalla chica se encuentran buena parte de las expectativas de los actores de la vida pública del país. Jorge G. Castañeda, asesor de Vicente Fox Quesada, dijo hace unos días en el programa de Radio Fórmula, conducido por José Cárdenas, que el valor de una hipotética renuncia de Porfirio Muñoz Ledo en favor del candidato del PAN no estaba en los (poquísimos) puntos porcentuales que el candidato del PARM pudiera darle al político guanajuatense, sino en el impacto que tendría esa renuncia -aunado a la inteligencia y experiencia de Muñoz Ledo- en favor de Fox. Y ese impacto, naturalmente, estaría determinado por el manejo de la información que llegara a existir en la pantalla chica.

Y... ¿dónde está la reflexión?

Frente a todo esto y más (varios otros elementos los hemos visto recientemente en esta columna) Priess encuentra una ventaja en Argentina que no es del todo clara en México. Y es el hecho de que la prensa escrita tiene una influencia considerable para establecer canales de análisis y reflexión que van más allá de los efímeros sucesos ofrecidos en la tele. Los diarios operan no sólo como refugio de ciertas minorías ilustradas, sino que su impacto también modula los términos del debate público.

Escribimos que en nuestro país esto no es del todo claro (o al menos para quien esto escribe) en virtud de que en no pocas ocasiones los rotativos siguen la pauta o incluso se mimetizan con el formato de la pantalla. Llegan a ser la prolongación del escándalo, cualquiera que éste sea, promovido en la televisión (siempre se piensa en el rating y luego se verifica en las encuestas el grado de aceptación obtenido por "el mensaje"). Hay, pese a todo, ciertos reductos en la prensa escrita que permiten al ciudadano ver y comprender los hechos que acontecen, así sea incluso que en la variedad y heterogeneidad del tratamiento informativo se encuentre la riqueza que el lector ha de sintetizar para el sustento de la propia opinión. Es la ventaja de los diarios, si todo lo que de por sí ya no es sólido en el discurso imperante de la competencia electoral, en la televisión se desvanece en el aire, en cuadratines siempre queda el testimonio que dice al ciudadano que informarse significa un esfuerzo de lectura, de análisis y de contrastación de los hechos. Eso impele a los políticos a hablar de contenidos programáticos y de los cómo lograrlo. Sí claro, ya sabemos que en México eso ocurre pocas veces

Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera.
Correo: mlevario@etcetera.com.mx

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