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ideas en campaña con el candidato campañas en el DF
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campañas en el interior El voto y la pantalla
Gustavo Ogarrio
Las estrategias de campaña han modificado el trato político de los candidatos a la Presidencia con el interior del país. Asistimos a una transformación de la cultura política -que ahora pudiera verse como radical- al intentar restringir la participación del ciudadano únicamente al horizonte de las urnas y a la presunta fuerza e impacto de los medios electrónicos, y que postula una idea de actividad política que apuesta a la comunicación y alcance masivo de los medios en función del voto, delegando a un plano secundario el encuentro verbal abierto con la ciudadanía, espacio donde la sociedad amplía su movilidad ideológica y su capacidad de interlocución. Es difícil imaginar que los candidatos con mayores recursos económicos depositen su confianza a un contacto permanente en escenarios abiertos no sujetos al control de sus operadores. Por ejemplo, la campaña de Muñoz Ledo se desarrolla muchas veces a ras de calles y plazas públicas, donde el trato con la gente es impuesto por la falta de recursos y de una dirigida estrategia en medios. La misma hipótesis podría aplicarse a los partidos no consolidados institucionalmente. La construcción mediática de las campañas introduce percepciones distintas del país como escenario de proselitismo. La prioridad dada a la imagen televisiva es un reconocimiento absoluto al reacomodo de la relación candidato-sociedad; una campaña ya no es sostenida únicamente por el mitin. Quien ha sufrido los costos de esta nueva cultura política es el resto del país, pues todas las operaciones y estrategias de construcción de imagen y de captación de votos pasan también por el centralismo de los medios. Así, parte de la explicación de la crisis en la campaña presidencial del PRI, aceptada tácitamente por el mismo Francisco Labastida, radicaba en que su despliegue político en los distintos estados que visitaba privilegiaba los medios nacionales y las reuniones controladas y no permanentes con públicos amplios, dejando en segundo plano la estrategia con medios estatales o regionales, además de administrar la agenda política en función de actos que se alejaban del carácter masivo. La debilidad invocada por la imagen histórica del PRI podía ocultarse desde la pantalla, pero se volvía tangencialmente incontrolable desde el espacio público. En el caso de Cuauhtémoc Cárdenas, quien mayor atención ha concedido a los actos masivos y las altas concentraciones, el reforzamiento de su campaña en televisión es una muestra del camino inverso: arraigado en la percepción de la política como itinerario permanente de contacto y recreación discursiva de la plataforma, Cárdenas ha sufrido los estragos que causa el alejamiento de los medios de comunicación, los nuevos mediadores de la relación candidato-ciudadano, al haber privilegiado en su campaña el recorrido por el interior del país y desestimar el impacto de los mensajes electrónicos. Cárdenas se mueve con reserva en el horizonte de la comunicación en televisión y radio, mientras que el territorio del voto es visualizado por su estrategia desde la vivencia tradicional de la política, la del espacio público abierto y la concentración masiva como una forma de calistenia partidista y de constante renovación, política y simbólica, de la filiación ciudadana. Sin embargo, la campaña de Cárdenas no ajusta aún su reloj con los nuevos códigos de la comunicación política. Vicente Fox implementa como pivote proselitista la proyección de su imagen en los medios electrónicos articulado al acto masivo en el interior del país. Es un candidato que soporta los embates de sus propias contradicciones ideológicas al capitalizar los valores de cambio de una ciudadanía política pasiva y desterrada por los estrategas de una participación crítica y abierta en los contenidos políticos. La función del ciudadano reducida únicamente al plano electoral disminuye también su nivel de interlocución e injerencia en las estrategias y programas de campaña, la dictadura de las encuestas promete dejarnos en el futuro con campañas teledirigidas y sin público en las plazas, a riesgo siempre de que la beligerancia ciudadana encuentre posibilidades de movilización más allá del voto y la pantalla Gustavo Ogarrio es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. |
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