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difusiones Para documentar el pesimismo
Francisco Báez Rodríguez
Así como los ciudadanos elegirán Presidente y Congreso, también eligen qué programa de televisión ver. Y si no hay mucho qué escoger entre los partidos, tampoco entre los canales. Lo que es un hecho es que, a la hora del rating, predomina el mal gusto. La "escuelita" de Jorge Ortiz de Pinedo, ese improbabilísimo niño bigotón y alburero, lleva al menos dos meses colocada en el primer lugar a nivel nacional, por encima de los blancos furcios y de las seudoantologías de Derbez. La cosa está tan grave que ni las telenovelas le hacen sombra a Ortiz de Pinedo. Si eso no fuera preocupante de por sí, hay otros programas que vuelan como la espuma en audiencia. Todos corresponden al género del talk show, ya de por sí poco prestigioso. Y en todos se intenta degradar el género. El pionero en esta etapa de la televisión mexicana, repuesta ya de los morales regaños presidenciales, es Cosas de la vida, conducido en TV Azteca por Rocío Sánchez Azuara. Se guía con un tema base, que normalmente es una frase y presenta distintas familias que tienen ese problema. En todos los casos, los invitados están aleccionados de una manera tan obvia que quien hace de protagonista repite la frase que da título al programa en particular. "Traje hijos al mundo para que me mantengan", dice en su momento cada una de las madres castrantes invitadas. "Mamá me quita los novios", repiten en su oportunidad las chicas invitadas al programa dedicado a mamás coquetas y un poco lagartonas. A pesar de que su horario es A (a las 4 de la tarde), Cosas de la vida es el programa con mayor rating de la programación normal de Azteca, por encima de los inmoribles Simpson y, por supuesto, de su alicaída barra noticiosa. Laura de América fue la primera respuesta de Televisa. Un programa de chismes de comadres donde los invitados son pagados para ofenderse lo más que puedan. Pero esa importación-impostación no era suficiente. Llegó Carmen Salinas, conduciendo Hasta en las mejores familias, para competir en el mismo horario de Cosas de la vida con los mismos temas, sólo que en versión heavy. A unos pobres les pagan para actuar mal y hablar pésimo de sus amigos y familiares; a otros, para que de plano se insulten. En Hasta en las mejores familias les pagan para que se peguen... o, por lo menos, para que se den manotazos.
La parafernalia está montada con el mismo estilo que el exitoso (e igualmente vulgar) programa de Jerry Springer en Estados Unidos: dos portentosos guaruras atrás de los panelistas, manoteos a la hora de ir a comerciales, un agarrón físico hacia el final de la emisión. La diferencia sustancial está, por ahora, en los conductores. En los talk shows tradicionales, el conductor suele jugar de moderador tendencioso. Springer, en cambio, es un provocador que se divierte generando polémica y odios personales. Carmen Salinas no puede imitarlo: lo más que hace es utilizar su acento chilango popular y algunas frases "picadoras". El resultado es pobre en todos los sentidos. Todos estos programas ponen al televidente como mirón y metiche de los chismes ajenos. Mientras más fuerte sean la causa de la pelea y el pleito mismo entre familiares y vecinos, mayor será la efímera satisfacción del voyeur. Más grande, entonces, el comercio con las emociones baratas. Es, en términos estrictos, el paso preliminar hacia las versiones de "Gran Hermano" que tanto éxito tienen en la aburrida Europa. La cosa está tan grave que el menos malo de este tipo de programas, el de Cristina Saralegui, es el que menos rating tiene. Sí así como eligen programas de tele, los ciudadanos eligieran gobernantes, la cosa estaría que arde y la virgen se llamaría Juana Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica. |
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