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el revés de la trama Paranoia e ignorancia
Edgardo Bermejo Mora
Advertencia a los lectores. Esta columna reinicia sus entregas luego de varias semanas de ausencia, y lo hace ahora desde un mirador no menos lejano que singular: Singapur, la ciudad-Estado del sudeste asiático donde el autor residirá los próximos meses como corresponsal de la Agencia Mexicana de Noticias (Notimex). Eventualmente esta columna regresará a sus temas habituales: la crítica de la vida pública en México, pero también aprovechará la oportunidad para ofrecer a sus lectores el otro revés de la trama, es decir, el de las sociedades asiáticas en los albores del siglo XXI. El subtítulo elegido para esta entrega podría ser engañoso, porque no alude a las estadísticas de la epidemia en Singapur, que en rigor no son para espantar a nadie (mil 80 contagiados en un país de casi cuatro millones de habitantes) sino a la forma como se discrimina y maltrata a los contagiados del Sida en este isla del Pacífico, 12 mil kilómetros distante de México, prácticamente la mitad de la circunferencia terrestre. Singapur es un ejemplo mundial de desarrollo acelerado y altos niveles de tecnología, la "isla inteligente" que constantemente aparece en los primeros sitios internacionales en cuanto a productividad y eficiencia. Pero la modernidad aquí tiene sus zonas restringidas, una de ellas se relaciona con el maltrato a las minorías, y de ellas, acaso la de las personas contagiadas con el virus del Sida sea la más preocupante. Una mezcla de racismo, paranoia e ignorancia permiten, por ejemplo, que Singapur sea uno de los pocos países que obligan a todo aquel que desee residir en esta isla a someterse a las pruebas de laboratorio que permiten saber si el solicitante de una visa de residencia o de un pase de empleo es portador del virus. En tal caso, naturalmente, la solicitud será rechazada de manera definitiva e inapelable. En otra palabras, por ley Singapur ha cerrado sus fronteras a todo aquel contagiado con el VIH, independientemente de su talento, su solvencia económica o su capacidad para hacer una vida profesional o social sanas. Pero eso es lo de menos, más patético resulta que nuevamente por ley se obligue a los familiares de una persona que falleció a consecuencia del Sida, a mantener el cadáver dentro de una bolsa y a cremarlo en las 24 horas posteriores a su deceso. Nadie lo puede tocar, nadie lo puede velar, el cuerpo pasa automáticamente del hospital a una bolsa y de la bolsa a un crematorio. Ya con las cenizas los deudos pueden hacer lo que quieran, pero antes, el cadáver será tratado en calidad de bulto infeccioso y amenazante. Lo más curioso es que esta medida se aplica desde principios de los 80, cuando nadie sabía a ciencia cierta las formas de transmisión y contagio del virus. Pero casi 20 años después, cuando la ciencia médica ha establecido con certeza las formas del contagio, las autoridades de la "isla inteligente" miran al cadáver con el desprecio y el miedo de un apestado medieval. No menos rudo lo tienen los inmigrantes que, por una reforma a las leyes migratorias a finales de 1999, deben someterse periódicamente a la prueba del Sida. El resultado es el mismo. Apenas la semana pasada el principal diario de este país informaba sin mayor muestra de alarma que en lo que va del 2000 se han expulsado a 19 mujeres con pases de residencia temporal, una vez que se les detectó el virus. Se trata en su totalidad de inmigrantes extranjeras de los países menos desarrollados que rodean a este emporio ultradesarrollado: filipinas, tailandesas, chinas, malayas, que de pronto se les comunicó que tenían 24 horas para abandonar el país. En todos los casos las mujeres decidieron dejar a sus hijos aquí, donde tienen mejores condiciones para crecer que sus lugares de origen, y el diario entonces se despliega en detalles, narrando cómo estas mujeres -aunque también hay hombres- viven la desgracia de comunicarse con sus hijos por teléfono, sin atreverse a confesarles que les queda poco tiempo de vida. Los expulsados se quejan también de que al volver a sus países de origen, aun consiguiendo un empleo, no les alcanza para sufragar los elevados costos del medicamento antiviral, que en toda la región cuesta mil dólares mensuales en promedio. Un mecánico de Malasia, por ejemplo, consiguió empleo al regresar a su país pero con un salario de 300 dólares mensuales, los cuales envía en su totalidad a su familia en Singapur, donde prácticamente no alcanzan para nada. De modo que este hombre ha renunciado a los medicamentos para apoyar a la manutención de su familia, y en menos de un año el virus ha destruido sus sistemas de defensa, y pasa ahora la mitad de su tiempo aquejado de bronquitis y pulmonía. Lo peor de todo es que aun quedándose en Singapur este hombre tiene perdida la batalla, porque si bien los sistemas de protección médica de Singapur son modernos y eficientes, en lo que llaman el paquete básico de medicamentos no se incluyen los antivirales, porque a decir del Ministerio de Salud no están programados en su presupuesto, y ello impide hasta el último centavo en subsidios. Tener Sida en Singapur además de resultar caro, pone al enfermo en un estado de total indefensión. Existe sólo un hospital para tratarse, y si en caso de emergencia el enfermo debe solicitar el auxilio de una ambulancia para trasladarse al hospital de marras, debe mentir a la operadora al momento de solicitar el servicio, pues ya sabe que en el caso de confesar su verdadero destino habrá toda clase de reparos para negarle el servicio. Una vez que ha mentido, a la mitad del recorrido confiesa a dónde deben dirigirse y sólo entonces los enfermeros se ven obligados a conducirle, pero con una condición: deberá pagar un costo adicional por el servicio, toda vez que por reglamento sanitario la ambulancia deberá quemar las sábanas y todo lo utilizado en el traslado. Hasta ahora, para las autoridades de Singapur han resultado más sencillas las políticas de choque que una campaña de prevención. Una encuesta de Gallup aplicada entre ciudadanos de Singapur demostró que la mayoría está enterada del Sida como una enfermedad de transmisión sexual, pero no supieron responder a la pregunta sobre otras posibles formas del contagio, es decir, no sabían a ciencia cierta si podían quedar infectados por el piquete de un mosquito, por un beso, un estrechón de manos, o por utilizar el retrete de un baño infectado. Ante esta realidad abrumadora es fácil comprender por qué a la gente de Singapur le parecen normales las políticas de su gobierno en materia de Sida Edgardo Bermejo Mora es escritor y periodista. |
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