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campañas en el DF La devoción de Creel
Carlos Bravo Regidor
Más allá de sus méritos académicos, la biografía del candidato panista a la jefatura de gobierno del Distrito Federal testimonia su devoción ciudadana. Y eso entiéndase aquí en su acepción más obtusa: aquella que insiste en imponerse al margen de favoritismos o intereses parciales, que se dice portadora de una aptitud de servicio que responde al bien colectivo, que frente a la lucha entre fuerzas plurales ofrece la uniformidad de una moral que está por encima de los particularismos. Que se define por oposición al partidismo. Casi todo su renombre se ha construido con un puritanismo laico cuya soberanía encarna en la ambigua figura de la sociedad civil. Pero acaso Creel ha sido uno de tantos ciudadanos magnánimos y de correctas intenciones que montados en el desprestigio de la política pretenden participar, dialogar, negociar, influir y presionar pero que no se consideran a sí mismos como animales de ralea política. Son, ante todo, ciudadanos que no se manchan las manos, a quienes el poder no les gusta ni los corrompe. Todo eso otorga una selfcleaning reputation que ya quisiera cualquiera, pero que padece los inconvenientes de la lealtad con una causa mayor y, sobre todo, más tangible que la de su conciencia; que vive condenado por su compromiso con una entidad institucionalizada y, para su desventura, responsable. El problema está en que semejante profesión, la de los actores ciudadanos, tiene sus límites. Y cuando la ambición se enfrenta a ello no queda de otra: para sobrevivir hay que renunciar a esa tan preciada virginidad política, optar por la membresía. Santiago Creel se dio por entendido hace apenas un año. Por eso se afilió a Acción Nacional aun y a costa de la independencia que tanto le rindió en el pasado. Pero su conciencia ciudadana en ocasiones lo traiciona. Y eso se nota en su candidatura. La suya es una oferta sin solidez, de ademanes postizos. Su imagen de político en campaña se ve fingida, sobreactuada. Para acabar pronto: no se la cree ni él. Da la impresión de que conforme se mete a la contienda renueva su arrepentimiento, de que cada vez añora más su antigua tribuna de civilidad y buenas maneras, de que aún no se ha decidido -o no se atreve- a sellar su pacto con el diablo. El PAN es una institución que desde hace tiempo padece una severa crisis de identidad similar a la de su ahora candidato a la regencia. Independientemente de las interpretaciones que dicen que en los últimos tres sexenios los presidentes en turno lo han despojado, sistemáticamente, de sus banderas, el partido no ha podido acostumbrarse completamente a sus nuevas responsabilidades dentro del espectro político nacional. Sigue denominándose -a pesar de la cantidad de gobiernos que ahora encabeza, de su presencia dentro del Poder Legislativo, y del innegable acercamiento que ha tenido con el PRI- como una fuerza opositora. Y aunque ello tenga una motivación primordialmente propagandística, no deja de corroborar cierto conflicto en cuanto a su disposición política. Un conflicto cuya manifestación más clara se observa en la disputa interna entre quienes pugnan por perpetuar la tradicional línea de intransigencia frente al poder y aquellos que ya le encontraron, como dice Soledad Loaeza, el gusto a la victoria. Santiago Creel parece reproducir semejante discordia: duda entre sus principios personales y el pragmatismo al que lo obligan las circunstancias. Le cuesta defender la posición de su partido, como le contraría asumirse como representante de un grupo específico, como le molesta estar pintado de azul. La inercia de su fervor ciudadano -imparcial y racionalista- sigue arrastrándolo e impidiendo que se arriesgue, apostando por su alternativa a la victoria. Metido en la política como a contrapelo, es un hombre de virtudes ordinarias. No exhibe esa vocación de la cual está compuesto hasta la médula el verdadero Político (así, con mayúscula): la pasión por el poder. Enseña, cuando mucho, una timidez detrás de la cual oculta su vergüenza por prestarse a una actividad en la que el bien es una cosa tan relativa. No deja de llamar la atención que el PAN vuelva a postular a un hombre de capacidad indudable, de extensos méritos, pero incapaz de mostrar la sensibilidad necesaria para hacerse del puesto por el que compite. Castillo Peraza era, y es, un hombre inteligentísimo, pero prefirió tener la razón antes que ganar. Santiago Creel, ahora, demuestra que le importa más quedar bien que no perder Carlos Bravo Regidor es miembro de la Conferencia Mariano Otero A.C. y estudiante de Relaciones Internacionales en El Colegio de México. |
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