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en la red
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el navegante Hay amores y amores en la red
Antulio Sánchez
Con un mensaje de amor empiezan en ocasiones las más locas aventuras eróticas y afectivas en la red; pero también las desgracias y los dolores de cabeza pueden estar relacionados con la palabra amor, como fue el caso de los recientes estragos que buena porción de usuarios sufrieron con el virus I love you. Por supuesto que éste no es ni el primero ni el último virus, pero ha servido para poner de nuevo el acento sobre la fragilidad de la red, del cuidado que deben tener los usuarios y empresas para evitar que cualquier orate ponga las manos en los teclados de cualquier computadora. La culpa del desarrollo de estos bichos no la tiene Von Neuman, quien escribió por primera vez sobre un programa capaz de reproducirse, o los mismos desarrolladores de la interesante inteligencia artificial, sino el ingenio de programadores fascinados por poner en jaque el funcionamiento de la red y alimentar su afán de reconocimiento, o los precarios esquemas de seguridad en la red y de una nueva era signada por las cuestiones comerciales basadas en bits. Desde el inicial virus, o bicho virtual que recibió por vez primera tal calificativo, en la segunda mitad de los años 80 han desfilado por la red millones de ellos, aunque pocos han alcanzado la gloria del temor global. Algunos de los más destacados han sido: Chernobyl, Melissa, Happy99, Michelangelo y Natas, entre otros. Existen varios tipos de virus y se clasifican por los estragos que causan. Pero el problema para distinguirlos es que la mayoría de ellos se han vuelto mestizos, mezclan sus características e incluso cambian de cara. De "I love you" se puede decir que es un "malware" (programa muy malo) con habilidades de gusano, pero que al dejar el código abierto ha ido cambiando su rostro y su efectos. A diferencia de Melissa, I love you no sólo se daba gusto propagándose con toda la gente de la libreta de direcciones, sino que además se llevaba entre las patas a todos los archivos con extensiones jpg y mp3. No se puede soslayar que el remedio a la larga sale más caro que la enfermedad. No por algo hay más de dos que opinan que las empresas de virus son iguales que los gobiernos occidentales: venden armamento que provocan guerras y luego mandan a los cascos azules como bateadores emergentes para apagar el incendio. Lo que es peor, algunos insisten que tienen su propia unidad de programación de virus, lo que explicaría por qué a veces consiguen el antídoto inmediatamente después del ataque viral. A quien beneficia este asunto de los virus es precisamente a las empresas de seguridad: entre más virus, más venden; entre más mutaciones por supuesto que mayores actualizaciones. Es difícil encontrar las pruebas, pero cuando en esta misma industria se habla insistentemente de esto, uno puede suponer que cuando el río suena es que algo trae. Sin embargo, tampoco se puede pasar por alto aquello que decía el desaparecido Andy Warhol: la gente en esta era moderna busca afanosamente sus 15 minutos de fama. Sí, a despecho de Marx no es sólo lo económico lo que guía las acciones de los humanos: el deseo de notoriedad, de demostrar sus habilidades personales, lleva a muchos a programar sofisticados virus. Pero tal vez el mayor problema sea la misma ignorancia de los usuarios, que no tienen la mínima precaución y cualquier archivo que llega a su buzón lo abren de inmediato. Gracias a los programas de Microsoft es que este virus del amor encontró una buena plataforma de propagación, fue a través del Outlook Express de Windows como se multiplicó. Esto ha puesto de nuevo el acento en temas como la fragilidad de los programas; tales problemas seguirán aconteciendo en la medida que se sigan usando programas propietarios y tan frágiles como los de Microsoft, que al pasar a ser un monopolio la calidad de sus productos se han vuelto débiles, potenciales focos de infección y con crasos errores de programación Antulio Sánchez es periodista, ha colaborado en diversas publicaciones. |
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