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bahías Para después del 2 de julio
Rafael Cordera Campos
Amenos de dos meses de que termine la contienda electoral, vale la pena insistir en que, gane quien gane, los problemas, los enormes problemas que aquejan a México, no se resolverán en automático. Por eso, precisamente, es importante anotar en la agenda del futuro gobierno, ese qué hacer de siempre pero, sobre todo, en relación con aquello que aparece ante nosotros como lo más evidente. Mientras las organizaciones políticas y sus candidatos no superen el nivel del debate logrado hasta ahora, aunque los medios ayuden o no a conseguir ese objetivo, se tiene todo el derecho de seguir pensando que lo más importante, el proyecto de futuro para la sociedad y el Estado -o, si se prefiere, el de la reforma del Estado- no está siendo presentado ante nadie. El horror del hambre y la pobreza, como lo ha subrayado Federico Reyes Heroles (en Memorial del mañana, Taurus) sigue y seguirá entre nosotros. Ni antes ni ahora se ha logrado que ese "horror" se reduzca significativamente. Ni en el pasado ni en el presente se ha concretado política social alguna que, a pesar de los logros "macro" de la economía, permita mirar el futuro cercano y lejano con un mínimo de optimismo. Esta es, pues, una problemática que seguirá entre nosotros y respecto de la cual poco se ha hablado hasta ahora. Mucho menos en términos de políticas sociales alternativas. El gran tema de la (in)seguridad está ahí y seguirá estando. No se deja de señalar, dentro y fuera de nuestras fronteras, que ése es un asunto que afecta sobremanera la vida social, económica y productiva, tanto de las personas y la sociedad, como también de las empresas y la economía. Ahí está, en todos lados, en el norte y en el sur, perjudicando a todos, pero todavía no se escucha algún planteamiento coherente y creíble que sea, además de atractivo, verdaderamente realista y esperanzador. Como si dicha problemática no afectara al Estado y tampoco fuera un asunto de seguridad nacional. Acerca de la educación no se ha sabido todavía nada que realmente se acerque por lo menos a reconocer que ese es un problema que puede explotar y convertirse en detonante de muchas cosas más. Solamente considerando el que se refiere a la educación media superior, es suficiente para decir que la demanda creciente lo será también regularmente insatisfecha si no se dice cómo va a crecer la infraestructura escolar para satisfacer los requerimientos que hoy están cuantificados. La situación se complica enormemente si a lo planteado incorporamos todo aquello que se refiere a los profesores que son necesarios y, peor aún, si se añade el requisito de la calidad, de la formación y las destrezas con que deben contar. No se necesita ser mago para saber qué le puede pasar al país si no se le presta mayor atención y apoyo a la educación superior pública, a la ciencia y a la cuestión tecnológica. Y todo esto para hablar de una parte mínima pero significativa. El asunto juvenil en general, y en toda su complejidad, no lo ha asumido nadie ni siquiera en las plataformas. Pensarlo como la cantera de los votos que darán el triunfo el 2 de julio y nada más, solamente da una idea de la incapacidad de miras para entender y asumir a cerca de 38% del electorado y del total de la población mexicana. Las excepciones programáticas existentes solamente confirman la regla. Los niños, los jóvenes, las mujeres, los derechos humanos y un abultado etcétera deberán esperar a ser considerados en la reflexión y el compromiso de candidatos y organizaciones una vez que se cuenten los votos y se califique lo que haya que calificar. El ambiente logrado hasta ahora, respecto de los principales actores, no ha dado para más. Hay que reconocer, sin embargo, que no todo ha sido así. En instituciones educativas, tanto públicas como privadas, se han realizado foros temáticos que promueven reflexiones a propósito de la educación superior y otras cuestiones. Lo mismo ha sucedido en otros ámbitos de la vida institucional. Ello, sin duda, dará lugar al ordenamiento de las demandas y exigencias a las que el próximo gobierno deberá responder con programas y acciones. De lo que no deberían dudar nuestros políticos más destacados es de ese asunto complejo y anunciado que habla de un malestar social que no va a justificar el retraso en el pensamiento, el compromiso y la acción. De todo aquello que no han logrado resolver ni reducir los éxitos macroeconómicos ni el desarrollo político conseguidos hasta ahora. De todo eso que no se ha sabido abordar desde el Poder Ejecutivo, Legislativo y demás, en los niveles federal, estatales y municipales, donde todos los actores principales de la política nacional tiene que ver. Existe toda una serie de cuestiones como las que apenas hemos señalado, que no pueden ocultarse ni reducirse. Puede ser que algunas estén trabajándose, de una u otra manera, en los subsuelos del desarrollo nacional y que no aguanten más allá del 2 de julio para estallar como ya lo han hecho otras. De eso no sabemos nada, salvo que están ahí y debieran ser motivo de preocupación seria y compartida, en primer lugar por los principales candidatos. Sin lugar a dudas, lo positivo que produjo el primer debate en términos de apuntes programáticos y diseños estratégicos, no se ha ido a la basura. Pero debe seguirse insistiendo en que ésa es una parte que, como se puede comprobar, no sustituye el lodazal en que anda metida la mayoría de los candidatos, pero es y va a ser significativa a la hora de gobernar, de proponer y promover horizontes creíbles, de imprimirle seguridad a los procesos sociales en curso. Todo esto y, por supuesto, lo que se refiere al asunto de la gobernabilidad para después de las elecciones. ¿O éste no será un problema de todos? Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM. |
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