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real politik Naufragio en Zimbabwe
María Cristina Rosas
Cuando Robert Mugabe ascendió al poder en Zimbabwe en 1980, no era precisamente un Nelson Mandela, pero gozaba de legitimidad como líder liberal y democrático, capaz de trabajar en favor de la reconciliación por el interés de las mayorías. Todavía hace tres años el país era considerado como una de las pocas historias exitosas en el continente africano, donde el crecimiento económico alcanzaba tasas de 8% y la inversión fluía continuamente. En ese entonces, el director del Banco Barclays de Zimbabwe, Isaac Takawira, aseguraba que el panorama económico de la nación era el más positivo y brillante de los pasados 20 años, con clientes que retomaban planes que colocaban en la repisa y con empresas que desarrollaban proyectos de expansión. Takawira también señalaba que con la cooperación entre el gobierno y el sector privado se podría disfrutar en el país de una muy buena situación macroeconómica y de un desarrollo sustentable. Pero las cosas han cambiado. Tras 20 años en el poder, diversas contradicciones se han acumulado y colocan al país en la peor de sus crisis. A Mugabe se le acusa de haber abandonado sus compromisos iniciales de gobierno, y de cambiar a una situación calificada por los expertos de tiránica y déspota. En el país privó el monopartidismo hasta 1995. El culto a la personalidad es otra de las características de su gobierno. La efigie de Mugabe está en todas partes: desde el Kentucky Fried Chicken hasta en los lugares donde se alquilan automóviles. Sin embargo, su gobierno también ha tenido logros que no han recibido suficiente reconocimiento, quizá porque muchos se relacionan con el apoyo a los más pobres. Por ejemplo, Zimbabwe ha destinado importantes recursos a la educación -la tasa de alfabetización es de 92%, una de las más altas de Africa-, a la salud y a la infraestructura. Pero algo que molesta a la comunidad empresarial y financiera internacional es el discurso de Mugabe en el que se culpa al imperialismo de los males que aquejan al país. Se dice, por ejemplo, que su régimen ha malversado recursos para favorecer a la élite política y que se ha recurrido a medidas inflacionarias como la emisión de circulante para incrementar los salarios que intentan comprar el descontento de la burocracia. Asimismo, se critica su involucramiento militar en el Congo, compromiso sumamente costoso, el cual distrae los escasos recursos que posee el país y deberían destinarse al bienestar social. Se dice que si Mugabe hubiese dejado el poder en 1995, hoy gozaría de una reputación y fama mundiales. Sin embargo, en un lustro los logros de su gobierno se han erosionado dramáticamente y su estatura como figura política alcanza proporciones microscópicas. Paradójicamente, una de las esferas donde Mugabe ganó buena parte de las simpatías en el mundo es la reforma agraria. La primera ley aprobada por el Congreso Nacional Africano (CNA) en 1994 fue para posibilitar que la gente privada de sus tierras durante el régimen del apartheid reclamara su propiedad, y una encuesta celebrada recientemente revela que una mayoría de los sudafricanos consideraba que los zimbabweños negros estaban en lo correcto al tomar las tierras. Desde que Zimbabwe se libró de un gobierno encabezado por la minoría blanca, el tema de la redistribución de las tierras había quedado indefinido. Este siempre fue un asunto político, aunque el aspecto racial nunca había llegado tan lejos. En un país donde la historia ha racializado la política y politizado la raza, es difícil imaginar que ocurriera de otra forma. Quienes poseen las mejores tierras son los blancos; los que las quieren son negros. Los blancos robaron las tierras a los negros con el poder que les daba la posesión de las armas; ahora los negros quieren que se les devuelva al menos una parte de esas tierras, y están preparados a obtenerla de la misma manera como les fue arrebatada. Contrario a lo que muchos agricultores blancos estarían facultados a aceptar, Zimbabwe no era un oasis de armonía racial antes de que Mugabe empezara a alimentar las tensiones. Los estados cuyas tierras están en manos de los blancos constituyen los mayores empleadores del país y pagan los salarios más bajos. Las trabajadoras domésticas ganan más que los trabajadores del campo y muchos agricultores blancos amenazan a sus empleados con consignas racistas que remiten a los viejos tiempos coloniales, cuando el país se llamaba Rhodesia. Los dueños de las tierras tienen mala reputación. Algunos trabajadores reportan situaciones de enojo de sus patrones, quienes utilizan perros para asustar a quienes están en desacuerdo con su paga y/o con las faenas laborales cotidianas. Cuando se producen desperfectos en los medios de producción, los granjeros culpan a los trabajadores y los sancionan quitándoles la electricidad en sus pequeñas viviendas. Así, la mayoría de los blancos quiere relacionarse con los negros estrictamente en términos laborales. Pero el conflicto racial en el país es sui géneris y tiene también otras aristas. En las ciudades, una clase media negra está progresando y creciendo. En provincia algunos agricultores blancos están convenciéndose de que sus trabajadores negros son seres humanos, y no bestias de carga. Los zimbabweños negros se pronuncian en favor de la reforma agraria no a manera de revanchismo contra los blancos, sino porque consideran que es algo justo y por lo que han luchado 20 años. Aun cuando Mugabe se ha autodenominado el campeón de los despojados de sus tierras en meses recientes, han sido los "sin tierra" quienes lo han obligado a tomar cartas en el asunto en los últimos años. Hace dos años, los invasores ocuparon tierras propiedad de los blancos, motivados por la frustración tras mucho tiempo de esperar que el gobierno atendiera el problema. La muerte de granjeros blancos tampoco es algo nuevo. Hace 18 meses, un granjero anciano fue asesinado y una pareja blanca fue asaltada. La estabilidad política en el país se ve amenazada por la urgente necesidad de las personas por obtener tierras fértiles. El panorama se perfila explosivo si los zimbabweños no logran una distribución equitativa de sus tierras. El problema es que el enfoque de Mugabe es más político y menos astuto social y económicamente hablando. No es la dimensión moral del problema lo que mueve a Mugabe sino más bien las elecciones en un entorno en el cual el partido al que pertenece cada vez tiene menos legitimidad. Mugabe se debate entre discursos contradictorios ante la crisis del país, y respuestas ambiguas. Y mientras el partido gobernante Zunu-PF se debilita, el Movimiento para el Cambio Democrático (MCD) está logrando incorporar a sus filas a todo mundo, desde los sindicatos negros hasta los granjeros blancos, quienes desean un cambio en el gobierno. De ahí que Mugabe haya caído en la desesperación, por lo que los analistas presagian días difíciles ante su inevitable naufragio, a menos que corrija el rumbo. Pero esa posibilidad parece cada vez más lejana María Cristina Rosas es profesora-investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. |
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