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Detectores de mentiras
Fedro Carlos Guillén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

alambique


Fedro Carlos Guillén

Foto: Cosmos

El peso de la Tierra

Existen cosas ociosas en el mundo, entre las que me parece más destacables se encuentran las discusiones sobre el significado del amor o las carreras de señores con una cuchara en la boca de la que pende un huevo. En la ciencia -que no puede ser una excepción- a veces ocurre lo mismo; recientemente un grupo de físicos estadounidenses se dio a la noble tarea de calcular el peso de la Tierra encontrando, para su alarma, que los cálculos anteriores eran equivocados.

Nuestros buenos amigos, utilizando técnicas para medir la fuerza de gravedad, concluyeron que el peso de nuestro noble planeta es de exactamente cinco mil 972 trillones de toneladas. Para representarse esa cifra (si es que le da el ocio), querido lector, imagine un cinco mil 972 seguido de 18 ceros. "Esto es una gran vergüenza para la física moderna. Creíamos que sabíamos todo muy bien y con un alto grado de precisión", dijo Jens Gundlach de la Universidad de Seattle, argumentando sobre la imprecisión previa. Lamento decir que lo que tanto le apena es probable que nos dé igual hasta que no se demuestre que las tortugas sobre las que descansa nuestro planeta se vencerán ante tan considerable masa.

 

Foto: FHM

Ostentosa ignorancia

Hay mucha gente bruta en el mundo, esto no es un hallazgo sino una descripción. La sorpresa es que un reciente estudio ha demostrado que los incompetentes normalmente creen que son menos ineptos de lo que piensan. El doctor David A. Dunning, profesor de psicología en Cornell, ha conducido un estudio para sondear sobre este penoso asunto. La explicación a este resultado se basa en la idea de que la misma falta de herramientas intelectuales para ser competente aplica para reconocer la competencia, lo que nos lleva a una especie de pleonasmo intelectual: la gente bruta es tan bruta que no se da cuenta que lo es.

La prueba fue elemental: se les presentó a un grupo de estudiantes graduados una serie de exámenes sobre lógica y gramática. Estos fueron evaluados y luego se les preguntó a todos acerca de su percepción sobre el desempeño que habían tenido. Invariablemente los que peor lo hicieron estaban ingenuamente convencidos de su éxito. En contrario, los que sí lo hicieron bien, subestimaron sus capacidades. Esta es la primera evidencia que tengo para explicar la conducta de mucha gente que conozco y seguro usted se imagina cuyo común denominador es ser los mejores pagados... de sí mismos.

 

¿De qué murió Napoleón?

Napoleón Bonaparte

El 5 de mayo de 1821, los mexicanos no sabíamos que casi 50 años después derrotaríamos a los franceses en la gloriosa gesta del general Zaragoza (que por cierto, sirvió de poco porque luego nos arrasaron); sin embargo, un suceso sacudió al mundo, cuando éste se enteró: el general Napoleón Bonaparte moría en la isla de Santa Elena, lugar en el que había sido exilado después de su propio Waterloo. Durante muchos años las causas de su muerte se han considerado un misterio, pues si bien el dictamen oficial habló de cáncer estomacal, siempre prevalecieron las dudas acerca de un posible asesinato con arsénico, suposición fortalecida por un análisis realizado por el FBI en 1995 que encontró restos de arsénico en algunos cabellos del gran corzo. Este debate podría ser resuelto con técnicas modernas pero ello requiere un pequeño arreglo logístico: exhumar al emperador de su tumba en París. El debate sobre el tema (¿debe o no realizarse una prueba de ADN en alguien tan sagrado?) se mantiene y nos ilustra sobre la paradoja de ser modernos en un mundo con tantos resabios de antigüedad

 

Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM y Fellow del Programa LEAD-México.

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