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con el candidato

El grito
Las ideas de Rincón Gallardo, desoídas por fantasmas

Marco Levario Turcott

Cuentan que el primer espantajo apareció rozando la una de la tarde, el viernes pasado en la Facultad de Filosofía. Dicen que era alguien de rostro duro, como tallado en piedra, un ser que no cree en la vida del otro más que como una invención de quién sabe quién y con quién sabe qué fines. Una sombra incrédula a quien le costó tanto creer en la existencia de Rolando Cordera, por eso le preguntó si de veras era él y si podía ser tocado. Yo soy yo, dijo sin dejarse tocar el sorprendido profesor. Y en esa disputa por la noción, accedió a firmarle un libro suyo.

Aquella sombra desapareció enseguida. Lo que ocurrió después fue tan imprevisto como una repentina ráfaga de viento. Fue presenciado por quien narra esta historia y no falta a la verdad, incluso él mismo acepta que salió manchado de pus por aquellos entes en que el fanatismo convierte al hombre: rumia frente al teclado el pesimismo que cuestiona si vale la pena intentar algo en la Universidad Nacional.

* * *

Al cinco para las dos de la tarde, el candidato camina rumbo al Aula Magna. Gilberto Rincón Gallardo quiere compartir sus juicios de reforma en la UNAM. Todo va bien. Docenas de muchachos lo saludan y otros más lo esperan ya, unos 250 en el auditorio y otros tantos en dos salas alternas. El silencio es el ruido de la expectación. Pero de pronto surge el primer grito: "¡Fuera, fascista, engendro de Gobernación!".

¿Cómo te llamas? -pregunta el cronista-. Gilberto Rincón Gallardo, responde ese hombre obeso de rostro ovalado y estatura mediana; luego corrige y asegura que él es la voz del pueblo. Luego dijo llamarse Fernando Canales Muñoz, ser universitario que ha leído sobre los orígenes del Partido Democracia Social. Luego dijo que no tenía bases para sostener sus insultos, que "hago algo por hacer algo". Luego dijo que no podía comprobar sus ataques, luego dijo... quién sabe qué dijo luego porque al voltear al auditorio vi su rostro difuminado en otros que eran como 100.

* * *

Las gargantas se desgarran. Hay gritos, muchos gritos en favor y en contra del candidato. Gallardo toma el micrófono Gilberto, comienza su discurso pero una y otra vez los del CGH lo interrumpen y lo insultan. El candidato se quita el saco y continúa. Algunos simpatizantes del Partido Democracia Social están asustados y otros preocupados. Callan. Sostiene Rincón entre arengas:

"Reitero también mi rechazo a todo sectarismo y a toda unilateralidad."

La frase tuvo el efecto de un aquelarre. Los sectarios lo rechazan con todo: "¡Cállate!"; "¡fascista!"; "¡huelga, cachún, cachún...". Es una turba agónica por la enfermedad de la histeria, turba de mano resentida que escribe en cartulinas "Tu mano izquierda es mi derecha" o "¿Qué tal la nómina de Gobernación?" y se burla de las desventajas físicas del candidato. Pero la solvencia de espíritu es mayor en Gilberto. Se oye entre la marejada:

"El pluralismo intelectual, el rigor intelectual, no puede ser sustituido por la militancia política... En la Universidad somos más que dos."

"¡Gilberto, Gilberto, Gilberto!"

"¡Fuera, fuera, fuera!"; "¡Führer, Führer, Führer!". Tienen el rostro desfigurado y espuma en la comisura de los labios, están resentidos, no creen en nada ni nadie. Son los hijos de la administración de la abundancia y de la desconfianza en la política. Se les mira el odio en la cara y se echa de menos el alma en la voz. Juzgan pero no comprenden. No oyen, pero cuando Gilberto concluye quieren ser escuchados. No, tampoco, sólo buscan dejar testimonio de su entereza para no prestarse al diálogo. Así se lo comentó a este cronista uno de ellos: "La misión está cumplida, porque no queríamos dejarlo hablar".

Habla el candidato pese a todo:

"Ese equilibrio entre la igualdad de oportunidades y la calidad de las oportunidades que merecen nuestros universitarios es algo muy difícil de lograr. Pero
si no se logra en la Universidad Nacional, ¿dónde se podrá lograr?"

Instantes después, concluye Rincón Gallardo. No hay preguntas, empero, sólo flamas que surcan el aire y hacen más sofocante el ambiente. Son dichos y
calumnias sustentadas en la desesperación y el dolor. "No tenemos nada que preguntarle al señor", dice uno de los participantes, "sólo quiero hacer unos comentarios, que para eso la Universidad es plural".

"Gilberto, escucha, Labastida está en tu lucha!", "¡Farsante!"

* * *

El candidato está de pie, su esposa lo mira tranquila, solidaria y cariñosa. Gilberto no se arredra y responde una a una las acusaciones. Levanta la voz y apela a la memoria, a su historia y a sus convicciones, a su lucha de toda la vida. Lo abuchean pero él sigue, rechaza que el PDS sea partido palero, critica a Fox y al gobierno. Calla luego para que los otros digan y dice también aunque los otros intenten callarlo. El sabe bien que cientos de universitarios lo escuchan a pesar de todo, aunque no sepan ni puedan recurrir al grito para defender su derecho.

"Tú defiendes un socialismo reformista asqueroso", dice un arlequín del habla. "Sí, mejor tómate tu viagra", aduce una joven que encarna la frustración en la mirada. "Que no conteste Gilberto, es puro rollo", arenga otro seguido de uno más y varios otros que le hacen eco; la demanda se convierte en grito. El candidato espera. Y luego afirma con energía:

"No puedo exigirte que sepas lo que no sabes."

"Pues vete", le gritan.

El candidato del PDS puntualiza en seguida el sentido de su apuesta, el de una izquierda distinta, fuerte, tolerante y propositiva; "¡jamás he estado en las filas del PRI!", sostiene. Se burlan.

Pero el que sólo grita tarde o temprano pierde la voz y desnuda la intención. Eso sucede ahora con un muchacho que repentinamente se quedó mudo. Está
desesperado. Gesticula y desorbita los ojos, arquea las cejas, mueve las manos y amenaza como una grosera marioneta movida por los hilos del rencor.

"No tienen la menor prueba para sostener sus acusaciones. Jorge Alcocer se fue, no está con nosotros, se pasó al lado del adversario". Lo interrumpen una vez más. "La verdad es la que tú tienes", comenta irónico Gilberto. Y luego sigue: "Estamos convencidos de que la violencia es un retraso para el país", le exigen que concluya para que ellos sigan con sus comentarios. Han pasado casi dos horas desde que terminó el discurso, aunque parece que el tiempo se detuvo porque las incriminaciones son las mismas. "De cada 100 niños que entran a la primaria sólo uno concluye sus estudios", habla Gilberto. Lo insultan y lo acusan de ser uno de los que han dañado a la Universidad. El acto termina.

"¡Fuera, fuera, fuera...!"

Se organiza una valla. Surcan varios trozos de papel arrugados, un par de botellas de plástico y dos huevos. El candidato sale ileso, tropieza pero lo alcanza a detener un simpatizante quien lo cubre con el cuerpo. Hay codazos y empujones. Vuela una botella de vidrio y luego otra; por fortuna sólo chocan en el piso. Los gritos no cesan. Gilberto aborda la camioneta y se va. Quedan algunos militantes del partido desperdigados, unos discutiendo todavía con aquellos y otros platicando entre sí. El reconocimiento es a la entereza del candidato, la buena ante la mala es que concluyó el acto y queda el valor de sus respuestas que fueron escuchadas por alrededor de 400 personas. Preocupa el trato de los medios y la razón se vería horas después en el titular de La Jornada: "Rincón Gallardo, lanzado de CU con insultos y huevazos". No fue así, el candidato salió al terminar el acto, pero los editores de ese periódico están con el ingeniero aun a costa de hacer pedazos el servicio que dicen ofrecer.

* * *

El cronista revisa La Jornada del 14 de septiembre de 1999. Hay una pequeña nota en la portada: "Seudoestudientes injurian a directivos y a un colaborador de La Jornada". Lee en interiores: "Unos 200 jóvenes (...) amagaron con quemar la puerta principal del Museo de la Ciudad de México, dañaron un vehículo y profirieron injurias contra Carmen Lira Saade, Carlos Payán Velver y Carlos Monsiváis". El editorial afirmó que eso era "un atentado a la libertad de expresión y al derecho a la información". Pero el 13 de mayo pasado, La Jornada tuvo un rasero distinto, les dijo estudiantes a aquel grupo de fanáticos, no publicó editorial sobre la provocación contra Rincón Gallardo y, además, distorsionó los hechos. Cuando los ataques son contra ellos se trata de calumnias, cuando no manejan la información a su antojo y según sus preferencias políticas

Marco Levario Turcott es subdirector de etcétera.
Correo: mlevario@etcetera.com.mx

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