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Detectores de mentiras
Fedro Carlos Guillén
El mentiroso más mentiroso que he conocido en mi vida no era un político sino un compañero de la preparatoria que juntaba a la gente en torno suyo para contar historias en las que era el protagonista de luchas con cocodrilos o cenas en el castillo de Windsor. No se necesitaba ser particularmente lúcido para advertir que el sujeto en cuestión padecía una forma benigna de retardo mental. Sin embargo, ¿qué se hace en el caso de que alguien sea menos conspicuo?, ¿cómo darse cuenta de que alguien nos miente sin la necesidad de pasarlo por un detector? La mentira es un componente indisoluble de la vida humana; algunos lo hacen por piedad, otros con total deliberación para tratar de ocultar que son humanos. De hecho, es difícil concebir un mundo sin mentiras. Sin embargo, no resulta poca la capacidad de identificarlas a tiempo y tratar de sobrevivir. ¿Cómo lo hacemos? -repito-. La respuesta está en las lesiones cerebrales. Uno de los efectos de estas lesiones se denomina afasia y ocurre cuando el lado izquierdo del cerebro se lesiona por un tumor o un ataque. La afasia implica que la gente que la sufre tenga dificultades para entender registros verbales, pero ello no es lo sorprendente, sino que los afásicos son extraordinarios para la detección de las mentiras. Las mentiras se pueden identificar por cambios en el tono de voz o la expresión facial, sin embargo, son invisibles para muchos de nosotros (yo nunca sospeché, por ejemplo, que Santa Claus era un mito creado por mis padres). Lo más probable es que el lenguaje sea una forma de enmascarar las mentiras por lo que al tener dificultades para comprenderlo se activan otras áreas del cerebro y potencian la receptividad según comenta la doctora Nancy Etcoff, quien ha desarrollado el estudio. Esta capacidad detectora al sufrir la afasia se identificó por primera vez en la década de los 20, de hecho, unos de los testimonios más sorprendentes fue documentado por el doctor Oliver Sacks en su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En este texto se presentaron varios casos de lesiones cerebrales que producían conductas por lo menos extravagantes (el hombre que da título al libro, efectivamente pensaba que su mujer era un sombrero y trataba de calársela en la cabeza. Cuando descubrió que la maniobra era suficientemente complicada, decidió ir al neurólogo). Otro caso consistía justamente en la descripción de un grupo de pacientes afásicos que veían entre carcajadas el discurso de un político sin que nadie entendiera la razón de su hilaridad. La explicación a su regocijo era simple: detectaban sus mentiras. El trabajo, publicado en la revista inglesa Nature, se basó en la filmación de voluntarios que mentían o decían la verdad sobre temas preseleccionados. Posteriormente, los videos se presentaron a cuatro grupos de personas: afásicos, medianamente afásicos, estudiantes de preparatoria y adultos normales. Los resultados tienen la contundencia de los hallazgos inequívocos; los afásicos detectaron correctamente una mentira en 73% de los casos, comparados con el resto de los grupos que lograron 50% de exactitud (la precisión de un modesto volado de merenguero). Los afásicos fueron particularmente atinados en la detección de cambios en la expresión y un poco menos en registrar los tonos de voz, de cualquier manera lo hicieron endemoniadamente bien. Los científicos no tienen una explicación concreta a este fenómeno y su búsqueda marca la ruta que seguirán para tratar de desentrañar los misterios del funcionamiento cerebral Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM y Fellow del Programa LEAD-México. |
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